23/10/09

Ni odio ni queja


Y dijo el Señor: "En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo. No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros."

Durante la época de Diocleciano, en el siglo III, los cristianos hispanos sufrieron horribles persecuciones, especialmente bajo el gobierno de Daciano. Una de sus numerosas víctimas fue el diácono Vicente.

Daciano lo sometió a toda suerte de interrogatorios y torturas, sin conseguir que el santo varón abjurara de su fe. Daciano llegó hasta a golpear a los verdugos, por creer que no le torturaban bastante. ¿Y por qué lo creía así? Porque cuando le desgarraban las carnes al Santo, éste no exhalaba una sola queja.

No sabiendo aquel monstruo de maldad cómo arrancar de Vicente un acto de sumisión, hizo que le colocasen sobre una hornilla de fuego y que una máquina de agudas puntas fuese pasando una y otra vez sobre el cuerpo desnudo y le arrancara lentamente pedazos de carne.

Vicente le dijo con toda suavidad:
- Daciano, antes se ha de cansar tu paciencia en hacerme sufrir, que mi constancia en no quejarme.

Fue así: poniendo el pensamiento en Dios y sin proferir un grito, San Vicente entregó su espíritu. Daciano arrojó su cuerpo al mar, las olas lo devolvieron a la playa y los valencianos lo enterraron piadosamente y en aquel mismo punto le erigieron un templo.

Dijo San Agustín: "De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo."

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