28/10/09

Justicia contra caciques


Un infanzón gallego, de nombre don García, se consideraba poco menos que rey de su comarca. No había mas justicia que su voluntad y cometía toda suerte de desafueros. En cierta ocasión le arrebató a un pobre labriego, las tierras que tenía.
- Señor, -le suplicaba el mísero labrantín- mire que no tengo otra riqueza que esas pobres tierras que trabajo con muchos sudores.

El infanzón no le hizo el menor caso, antes bien le despidió con muy ásperas palabras. Entonces el labriego emprendió el camino a pie y llegó nada menos que hasta Toledo, donde estaba Alfonso VII el Emperador. Pudo llegar hasta su persona (¿alguien se imagina a un pobre parado de hoy, siendo recibido en audiencia por "Su Magnánima y accesible Majestad" don Juan Carlos, llamado el I?...te viene la carcajada), se arrojó a los pies del trono y, derramando lágrimas muy amargas, le dió cuenta del despojo de que había sido víctima.

El Emperador le dijo:
- Vete tranquilo que se te hará justicia.

Volvióse el labrantín a su pueblo, y don Alfonso le escribió una Carta-orden al Merino de la comarca para que después de bien informado del asunto, le diera la razón al que la tuviera.

El Merino, que estaba bien enterrado de todo lo ocurrido, llamó a don García, le mostró la Carta-orden del monarca y le ordenó que inmediatamente le devolviera las tierras al labriego. Pero ¿qué hizo el infanzón? contestó que el Emperador estaba muy lejos, que él mandaba allí y que se reía y pasaba por el arco del triunfo las órdenes de Alfonso. El Merino mandó un propio a Toledo informando al Emperador de las burlas del cacique García.

Cuando el Emperador se enteró de lo sucedido, fingió quedarse enfermo en cama y una noche salió en secreto del Alcázar y en media docena de galopadas (como quien dice) se plantó en Galicia. Llegó al pueblo acompañado del Merino, mandó levantar una horca en la puerta de la casa del infanzón y seguidamente le llamó:
- ¿Quién soy yo? -le preguntó.

Inmediatamente le reconoció don García, quien pálido y tembloroso trató de besarle la mano. Alfonso VII la retiró añadiendo:
- Como véis, el Emperador no está lejos, sino a la misma puerta de vuestra casa. He ahí (señalando la horca) la justicia que vuestras burlas y desacato merecen. ¡Cúmplase!.

El infanzón fue ahorcado, recobró el labriego sus tierras y Alfonso VII regresó a Toledo.

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