1/6/09

El primer rey de Portugal


Se lo dedico a Irmao de Cá (Sagrada Hispania)

Los dos condes borgoñones
que llegaron desde Francia
a luchar contra los moros
y hacer fortuna en España,
don Ramón y don Enrique,
casaron con dos infantas,
dos hijas de Alfonso VI,
una Teresa, la otra Urraca,
Urraca, que era legítima,
Teresa, que era bastarda.
Dos condados les dio el rey,
que fuera dote magnánima:
a Enrique las tierras lusas
y a Ramón dio las galaicas.
No vivió mucho Ramón
y su viuda doña Urraca,
al morir el rey su padre,
fue en Castilla coronada.
Con Alfonso de Aragón,
que Batallador llamaban,
por conveniencia de Estado
quedó Urraca desposada.

En el Portugal a Enrique
le acomete la real gana
de abandonar la tutela
de la reina castellana,
declararse independiente
y hacer sus tierras mas anchas
ganando las del Algarve
a las tropas musulmanas.
Si ambicioso es don Enrique
mucho mas es la bastarda
y cuando se queda viuda
le planta cara a la hermana,
y entre guerras y entre paces,
por las buenas o las malas,
va haciendo de Portugal
una hermana separada.
No se conforma con ser
por hija de rey infanta,
que quiere llamarse reina
y como reina tratada,
ceñir corona en la frente
y estar en Trono sentada.
Sus catorce años de viuda
fueron una zarabanda
de rifirrafes, de pactos,
zafarranchos y batallas.
Toma parte en las intrigas
con astucias de taimada,
pelea con el sobrino
que Alfonso Raimúndez llaman,
reta al obispo Gelmírez,
se enfrenta incluso a su hermana,
invade tierras gallegas,
pugna a los condes de Traba,
toma en León fortalezas
y no hay treta ni campaña
donde no se halle Teresa
con su muy movida falda.

Tiene la condesa un hijo,
Alfonso Enríquez se llama,
Alfonso como su abuelo
y Enríquez por el de Francia,
Enríquez, hijo de Enrique,
si el sufijo no m engaña.
Años lo tuvo su madre
en una dulce ignorancia,
sin dejarle tocar bola
ni desenvainar la espada.
Bien es verdad que Teresa,
la viuda no resignada,
según cuentan cotilleos
de aquella época lejana,
andaba harto entretenida
y por supuesto colada
con un tal Fernando Pérez,
hijo del conde de Traba.
No sólo la mano, el pie,
más el cetro se tomaba
aquel apuesto galán,
el pichi de la bastarda;
mandaba en todo negocio
y estaba en todas las salsas.

Los hidalgos portugueses
hasta el mismo gorro estaban
de contemplar al intruso
mangonear a sus anchas.
Organizaron sus fuerzas
y levantáronse en armas.
Pusieron a Alfonso Enríquez
al frente de la asonada,
que de intervenir en algo
tenía ya el muchacho ganas.
En campos de San Mamed
Se riñó corta batalla
y la tropa de Teresa
quedó vencida y diezmada.
Huyó la reina Teresa
con su valido el de Traba,
y ni importa dónde fueron,
ni la Historia lo relata.
Animado por el triunfo
Alfonso Enríquez se lanza
a luchar contra moriscos
y conquistar tierras bajas.
En el paraje de Ourique,
sufren muy grave matanza
ejércitos sarracenos
ante tropas lusitanas,
y hasta cinco reyes moros
vieron vencidas sus armas.
Dicen las crónicas lusas
que en aquella gran batalla
hasta mujeres lucharon
para defender su patria,
así que cuerpos de moras,
esposas, hijas y hermanas,
quedaron sobre la tierra
como una siembra macabra.
Los portugueses, entonces,
en jubilosa algazara,
proclamaron como rey
de la tierra lusitana
al príncipe Alfonso Enríquez,
que tan gran victoria alcanza.

Empiezan en este punto
encuentros, pactos y trápalas:
Alfonso Enríquez, que quiere
una independencia clara,
y Alfonso el Emperador
que siempre quiere dar largas,
y reconoce a su primo
como rey, mas le avasalla,
que a ver cómo se concilian
situaciones tan lejanas.
¿Qué historiador, por el rabo,
a esta mosca me la atrapa?,
pues vasallo y rey al tiempo
ni se comprende ni casa.

En este pleito tan largo
y en esta pugna tan larga
por ser tierra independiente
Portugal, y soberana,
aun tienen que intervenir
varios obispos y papas
y de manera especial
el arzobispo de Braga.
Cinco fueron los pontífices
consultados en la causa
de los dos primos Alfonsos
hasta que el útimo falla.
Un Alejandro III
pone fin a la demanda
y concede que el Enríquez
rey se diga y rey se haga,
pues ya se sabe que Roma
decidía y sentenciaba,
no ya en asuntos divinos
y definición ex cátedra,
sino en pleitos de política
y en las querellas humanas.
Curas nos hacen cristianos,
nos casan y nos descasan,
nos hacen reyes o herejes,
nos condenan o nos salvan.
Pues conviene estar a bien
con la gente de sotana,
aunque ahora lleven vaqueros
y usen camisas tejanas.

Jaime Campmany (Romancero de la Historia de España)

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