9/6/09

El virreinato de Nápoles del S. XVI

Como otros dominios de la monarquía, situados fuera de la península, eran regidos a nombre del rey, por virreyes o gobernadores, cuyo gobierno en general humano, afable y entendido, permitió conservar por mucho tiempo unidas a la corona, tan diferentes y remotas provincias.

Los Napolitanos participaban mas que sus vecinos, en las cargas de la monarquía. Los virreyes habían aprovechado las disensiones que dividían a la nobleza y a la clase media, para tener a ambas bajo su dependencia, lisonjeando a una y otra, alternativamente. Además, habían en gran parte sustraido al clero de la protección de la Santa Sede prohibiendo bajo graves penas la introducción de todo breve a que no precediese el exequatur, y aunque habían sido infructuosos los esfuerzos de Carlos I y Felipe II para introducir en aquel reino el tribunal de la Inquisición, podía decirse que en ninguno de los dominios españoles excepto Castilla, era como en él la autoridad de los monarcas, mas libremente ejercida y mas generalmente acatada, sirviendo sus naturales en todas ocasiones con cuantiosos donativos de hombres y dinero.

Subsistían aun las antiguas dignidades de gran juez, gran proto-notario y gran canciller, pero eran puramente honoríficas. Los seggi, que se juntaban en Nápoles y se componían de diputados de la nobleza, los eletti, elegidos por las ciudades para velar por el mantenimiento de las franquicias municipales, habían perdido todo su influjo desde que los virreyes se arrogaron el derecho de anular cuantos nombramientos no eran favorables a los designios que abrigaban.

El poder residía en el Consiglio di la Sommaria Della Camera al que correspondían los asuntos concernientes al patrimonio del monarca, y en el Consiglio Collaterale, compuesto de dos españoles y un napolitano que se juntaban todos los días en el palacio del virrey, formando su consejo privado. Este último consejo, presentaba listas de candidatos para todos los empleos vacantes, y el virrey elegía entre ellos, sin que la corte de Madrid, que dejaba a su representante en libertad ilimitada, se opusiera nunca a estos nombramientos. La mayor parte de empleos, se daban a españoles o a napolitanos oriundos de familia española.

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