26/6/09

La poesía sagrada


La Poesía Sagrada, cultivada durante nuestro Siglo de Oro, aunque ya sea por el carácter humilde y la excesiva modestia de sus autores, ya por la incuria de los que las publicaban sin reunirlas en colecciones, ya por el espíritu poco religioso que dominó generalmente en la literatura del último siglo, son harto escasas las riqueza poéticas que de este género nos quedan, y pocos los poestas religiosos que se han salvado del olvido. Entre ellos brilla en primera línea fray Luis de León, quien conócese haber nacido para esta clase de composiciones. Siempre que pulsa la lira para objetos sagrados, dice Gil de Zárate, un dulce éxtasis le eleva a los campos de la contemplación y prorrumpe en exclamaciones que salen del fondo de su alma, o bien pinta la mansión celeste descrbiéndola con expresiones místicas que, unidas a la suavidad de la versificación, producen un encanto inexplicable, no pareciendo sino que se escucha, la dulce armonía de los ángeles.

San Juan de la Cruz, fray Pedro Malón de Chaide, el Padre José de Sigüenza y otros autores profanos como Lope de Vega, Calderón, Jáuregui, Montalván, Vélez de Guevara, Rojas, Francisco Ballester, etc…dedicáronse con mas o menos ahínco a esta poesía, y a fines del S. XVI publicose ya una colección de romances místicos, con el título de Avisos para la muerte, compuestos a competencia por varios ingenios de aquel tiempo y aumentada después por otros del siguiente. En muchas de sus composiciones se advierte ya la sutileza mas que la verdadera efusión que ellas respiran, está ya muy distante de las sublimes inspiraciones de León y de San Juan de la Cruz.

En este género, no podía menos de encontrar ancho campo el alma ardiente y apasionada de Santa Teresa; bajo su pluma, la poesía religiosa toma los acentos de fogoso arrebato, de encendido amor, de florida armonía que la ditinguen en los países meridionales; y menos sujeta Teresa que otros autores a la imitación de los libros sagrados, muéstrase mas original, mas tierna, mas risueña. Sus mejores poesías, son los versos al amor de Dios, y un soneto a Cristo crucificado, que dice así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por esto de ofenderte.
Tú me mueves, mi Dios; muéveme al verte
Clavado en esa cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muévenme las angustias de tu muerte.
Muévenme, en fin, tu amor de tal manera,
Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera:
Porque si cuanto espero no esperara
Lo mismo que te quiero te quisiera.

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