31/5/09

El mito de Almanzor

Sin que sirva de precedente, por no ser algo habitual hablar en esta bitácora de infieles y herejes, voy a hacerlo de Almanzor, caudillo y guerrero andalusí de esa España que nos robaron durante casi 8 siglos, los de la secta mahometana. Lejos de mi intención hacer proselitismo de su figura, pero de justicia y de caballeros es, recordar a aquéllos que lucharon con bravura y honor en el otro bando que, aunque equivocados en su motivación y en sus fines, no por ello les fue cerrada la puerta que abre paso a la leyenda.

Cuentan las crónicas arábigas:

“El hagib Almanzor, gobernó el estado con mucha gloria y ventajas para el Islam durante veinticinco años (…) cuando la infausta nueva de su muerte se supo en Córdoba fue un día de luto y general desconsuelo, así en esta ciudad como en las demás del reino, y en mucho tiempo no pudieron consolarse de tan grave pérdida.”

Ése fue Almanzor, figura histórica colosal, político profundo, ministro sabio, guerrero insigne, el Alejandro, el Aníbal, el César de los musulmanes españoles. Incierto como un cometa errante, terrible como el trueno, rápido como el rayo, no se sabe nunca dónde irá a descargar el siniestro influjo de este astro de muerte, si al norte, si al este, si al oeste de la España cristiana. Todo lo recorre el valeroso musulmán, y allí se deja caer como una lluvia de fuego donde menos se le espera. Los cristianos siempre hemos peleado con valor, pero ¿quién resiste a la impetuosidad del mahometano?. Cada estación señala un triunfo para el guerrero árabe y sus victorias se cuentan por el número de sus campañas. ¡Calamitosos tiempos aquéllos para nosotros, infelices cristianos de España, que nos vemos reducidos a la cuna de nuestra independencia como en los días de la conquista!.

Flora, religiosa de León, cautiva con tres compañeras cuando la toma de aquella ciudad, lamentó con estas palabras las tribulaciones de aquella época aciaga: “nuestros pecados atrajeron la gente sarracena sobre toda la región occidental para devorar la tierra, pasar a todos al filo de sus aceros o llevar cautivos a los que quedaron con vida. Nuestra constante acechadora, la antigua serpiente, les dio la victoria: destruyeron las ciudades, desmantelaron sus muros y lo conculcaron todo: los pueblos quedaron convertidos en solares, las cabezas de los hombres cayeron tronchadas por el alfanje enemigo, y no hubo ciudad, aldea, ni castillo que se librara de la universal devastación”.

Árabes y cristianos, inventamos leyendas sobre su fallecimiento, como sucede con los grandes hombres y sucesos. Gran general y admirador de las letras, se hizo acompañar en sus estancias en Córdoba, de poetas, sabios y literatos. Su palacio era una academia abierta a los sabios de todos los paises, y a ella concurrían así de África, de Egipto, de Siria y de Persia, como de las tierras de Afranc y de Galicia.

En los últimos tiempos, Almanzor, que por su aspecto físico bien pudiera haber pasado por caudillo cristiano (cuentan algunas crónicas que su cabello era rojizo como el sol al apagarse y sus ojos azules y profundos como el océano), al crecer en años, suavizase como Augusto y ejerció el poder con moderación luego que pudo ejercerlo sin obstáculo y hubo derribado o reducido al silencio a todos sus rivales. Entre los sabios y poetas que con mas intimidad le trataban, hallábase uno llamado Schallah, quien haciendo presente al regente que sus vigilias se prolongaban demasiado y que el cuerpo necesitaba de reposo, recibió de Almanzor la siguiente contestación: “¡Schallah! el príncipe no debe dormir cuando los súbditos duermen. Yo te prometo que si durmiera cuando tengo gana no quedaría en esta gran ciudad un ojo que pudiera cerrarse”.

¿Qué habría pasado de ser contemporáneo del Campeador? Entonces España habría temblado de Norte a Sur y de Este a Oeste.

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