22/4/11

Sufrimientos morales de Nuestro Señor Jesucristo durante Su Pasión




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El Cristo Sindónico de Córdoba, España.



Imágen realizada por el escultor sevillano Juan Manuel Miñarro,


basada en las marcas que se encuentran en la


Santa Sábana de Turín o Síndone



Cada uno de los episodios de la vida de Nuestro Señor y Sal­vador es de tan insondable profundidad que nos proporciona in­agotable materia de contemplación.



Todo lo que concierne y se re­fiere a Dios es infinito, y lo que percibimos primeramente es sólo lo superficial de aquello que tiene su comienzo y término en la eternidad. Sería presuntuoso para cualquiera, salvo para santos y Doctores, pretender comentar las palabras y los hechos del Salva­dor, a no ser en la forma de meditación. Sin embargo la medita­ción y la oración mental son de tal manera un deber para aquellos que desean alimentar su fe verdadera en Dios, que se nos per­mite amados hermanos míos en Jesucristo, y guiados por los san­tos que nos han precedido, discurrir y explayarnos en estos temas que de no ser así, beberíamos más adorar que escudriñar. Ciertas épocas del año, especialmente la de Pasión, nos induce a que consideremos cuidadosa y minuciosamente aquellos pasajes del Evangelio considerados como los más sagrados.



Preferiría que se me tildase de poco firme u oficioso en mis comentarios del Evangelio, antes que de ajeno a este tiempo de la Pasión. Ahora, pues, prosigo, aunque cualquier otro predicador individualmente pueda abstenerse de hacerlo, encauzando vuestros pensamientos hacia un tema, acerca del cual pocos de nosotros meditamos, y que es adecuadísimo para esta época; me refiero a los sufrimien­tos que padeció Nuestro Señor en su inmaculada e inocente alma.

Bien sabéis, hermanos míos en Jesucristo, que Nuestro Señor y Salvador, aunque era Dios, era también verdadero hombre; y por lo tanto poseía no solamente un cuerpo, sino también un alma como la nuestra, aunque, claro es, exenta de toda mácula. Je­sucristo no tomó el cuerpo sin alma. ¡Dios no lo permitiera! por­que entonces no hubiera sido verdadero hombre. Pues ¿cómo hu­biera podido santificar nuestra naturaleza, si tomaba otra que no fuera la nuestra?



El hombre sin alma es como las bestias de los campos; pero Nuestro Señor vino al mundo para salvar a la especie humana que es capaz de adorarlo y obedecerlo, poseído de inmortalidad, aunque ésta hubiera perdido su bendición pro­metida. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esa imagen está en su alma; luego cuando su Hacedor, por una condescendencia inefable, se revistió de nuestra naturaleza, tam­bién tornó un alma que estuviera de acuerdo con el cuerpo, alma que fuera el medio de su unión con el cuerpo; Tomó en primer lugar el alma y luego el cuerpo humano, ambos a la vez, pero en este orden: el alma y el cuerpo. Dios mismo creó el alma que había de tomar para sí, mientras que su cuerpo lo tomó de la carne de la Bendita Virgen María, su madre.



De este modo es como Dios se convirtió en hombre perfecto, con cuerpo y alma; y por eso se revistió de un cuerpo de carne y con nervios, y no sólo tomó un cuerpo de carne y nervios que admitiese las heridas y la muerte, y fuese capaz de sufrimientos, sino también un alma susceptible de estos sufrimientos, y aún más, susceptible de las penas y amar­guras propias del alma humana, por lo que, así como su cuerpo sufrió la Pasión expiatoria, así también la sufrió su alma.

Mientras estos solemnes días van transcurriendo, nos de­tendremos, especialmente, hermanos míos en Jesucristo, a consi­derar los sufrimientos corporales de la prisión de Jesús, su pere­grinación ante los jueces, sus golpes y heridas, sus azotes, la corona de espinas, los clavos, la Cruz. Todo esto está compen­diado en el Crucifijo que pende ante nuestra vista: todo esto está representado en su sacrosanta carne, pendiente de la Cruz, y al verlo se nos facilita la meditación.



Pero con los sufrimientos de su alma ocurre de modo muy distinto. Esos sufrimientos no podemos representarlos ni investigarlos debidamente: se hallan muy por encima de todo sentimiento y pensamiento; y sin em­bargo se anticiparon al sufrimiento de su cuerpo. La agonía, sufrimiento del alma, no del cuerpo, fue el primer paso de su tremendo sacrificio: “Mi alma siente angustia de muerte”, nos dijo Jesús. Es más, todo lo que padecía en su cuerpo también lo padecía en su alma; y de este modo es como el cuerpo no era más que el conducto por el cual se vertían todos sus sufrimientos al verdadero centro de su pasión, que era su alma. Piemos de insis­tir en este hecho: os afirmo que no era el cuerpo el que sufría, sino el alma en el cuerpo; era el alma y no el cuerpo el centro de los sufrimientos del Verbo Eterno.



Consideremos, entonces, que no existe pena en realidad, aunque haya un sufrimiento aparente, cuando se carece de sensibilidad interna o espiritual, ver­dadero centro o núcleo del sentir. Un árbol, por ejemplo, tiene vida, órgano, crece y decae, puede ser dañado e inutilizado; se seca y muere, pero no sufre, porque no tiene espíritu, ni prin­cipio sensitivo. Más donde existe este don del principio inmate­rial, es posible el dolor, siendo éste mayor en proporción a la cali­dad de dicho don. Si careciéramos de espíritu, sentiríamos lo que siente un árbol; si careciéramos de alma racional, no sentiríamos el dolor más de lo que lo siente el bruto, pero siendo hombres sen­timos el dolor como solamente lo sienten aquellos que poseen al­ma racional.

Por esto, afirmo que los seres vivientes sienten de acuerdo al espíritu que los anima; el bruto siente mucho menos que el hombre, al no poder reflexionar acerca de lo que siente y al carecer de conciencia directa de sus sufrimientos. Por ende, el dolor es una prueba tan penosa que no podemos apartar el pen­samiento de él, mientras nos acosa. Flota ante nosotros, se po­sesiona de nuestro espíritu, se adueña de nuestros pensamientos para fijarlos en sí. Si logramos distraer la mente, parece que el do­lor se amortigua; por eso los amigos tratan de entretenernos cuando el dolor nos atormenta, porque el entretenimiento es dis­tracción. Este método suele dar buen resultado, cuando nos aque­ja un dolor leve, llegando hasta la insensibilidad del dolor mismo aún cuando suframos. Sucede generalmente que durante ejerci­cios violentos, o en el trabajo, los hombres se golpean o hieren de consideración, atestiguando la profundidad de sus heridas el sufrimiento que deben haber sentido en el momento de produ­círselas, aun cuando nada recuerden de ello.



También en el fragor de la lucha los combatientes se infligen heridas que no se advier­ten por el dolor que les producen sino por la pérdida de sangre que experimentan.

Os demostraré muy pronto, hermanos en Jesucristo, cómo aplicaré lo que os acabo de exponer a los sufrimientos de Nues­tro Señor; pero primero quiero haceros otra observación: pode­mos soportar un instante de dolor, pero éste, si persiste, se torna intolerable. Tal vez llegaríais a exclamar que no podríais sopor­tar más; por eso los pacientes quisieran detener la mano del ci­rujano solamente porque éste les causa un sufrimiento continua­do; con esto digo que no es la intensidad lo que hace insoportable el dolor, sino su persistencia.



¿Acaso no son verdaderos filos de dolor el recuerdo de los momentos precedentes que actúan agu­damente sobre el doliente?



Si el tercer, cuarto o vigésimo instante de dolor pudiera olvidarse, no existiría más que el primer momen­to, llevadero por ende, salvo el choque producido por ese primer dolor; pero lo que lo torna en insufrible es precisamente que es el vigésimo; pues, el primero, segundo, tercer momento hasta llegar al decimonono instante de dolor se concentran en el vigésimo; por eso cada instante adicional tiene toda la fuerza, la creciente fuerza, de todos los que le han precedido. Esta es la causa por la que los brutos parecen sentir tan poco el dolor, por carecer de reflexión y de conciencia. Ignoran su existencia, no reflexionan acerca de sí mismos, no miran ni al pasado ni hacia el futuro, pues cada ins­tante a medida que va sucediendo comprende su todo; camina por la superficie de la tierra, viendo esto o aquello, sufriendo las pe­nas, gozando en las alegrías, tomando las cosas como son y aban­donándolas luego, como les acontece a los hombres cuando sueñan.



Tienen memoria, pero no memoria de ser racional. Reciben sensa­ciones particulares, pero no llegan a ejecutar nada por propia iniciativa, pues su capacidad no les permite reunir los elementos del que brotaría la consecuencia. Nada es para los animales ni reali­dad ni substancias, a no ser las sensaciones; aunque perciben suce­sivamente todas y cada una de sus impresiones. De esta manera es como, a semejanza de sus otros sentidos, el que percibe el dolor no es más que débil y oscuro, a pesar de su manifestación exterior. Lo que otorga especial poder y agudeza al dolor es la compresión intelectual del mismo, como difusión total a través de sucesivos momentos, y solamente el alma, que no posee el bruto, es capaz de aquella comprensión.

Ahora bien, apliquemos todo esto a los sufrimientos de Nues­tro Señor. ¿Recordáis cuando se le ofreció vino mezclado con mirra, en el instante de su crucifixión? No quiso beberlo. ¿Por qué? Porque tal bebida habría adormecido su mente, y Cristo es­taba decidido a sufrir el dolor en toda su amargura. Sacad en con­clusión de todo esto, amados hermanos míos, el carácter de aque­llos sufrimientos. Jesús gustosamente hubiera escapado de ellos si hubiese sido la voluntad de su padre: “Si es posible -dijo- aparta de mí este cáliz”, pero dado que no era posible, explica calmosamente y decididamente al Apóstol que quería salvarle de esos sufrimientos: “El cáliz que mi Padre me ha dado ¿no he de be­berlo?” Si tenía que sufrir, El mismo se entregaría al sufrimiento.



Cristo no vino a sufrir lo menos posible, ni a desviarse del sufrimiento, sino que lo enfrentó, y lo acometió, para que hasta la más pequeña porción de dolor cumpliera su cometido causán­dole la debida impresión. Y así como los hombres son superio­res a los animales y el dolor les afecta más que a éstos, ya que poseen inteligencia que les capacita para el dolor, lo que es imposible en el caso del bruto; así de la misma manera Nuestro Señor padeció el dolor corporal con tal observación y conciencia, y por ende con tan aguda intensidad, con tal unidad y percepción, que ninguno de nosotros puede ni rastrear ni mucho menos alcan­zarlo. Y esto era así porque su alma estaba absolutamente en su poder, y tan simplemente dueño de su atención, tan entregada al dolor y a la pena, tan absolutamente subordinada, tan sujeta al sufrimiento, que bien se puede decir que sufrió la totalidad de su pasión en cada instante de la misma.



Recordad que Nuestro Señor era en este aspecto diferente a nosotros, pues aunque hombre perfecto, sin embargo existía en El un poder superior a su alma y que la gobernaba, pues Cristo era Dios. El alma de los hombres mortales está sujeta a sus deseos, sentidos, impulsos, pasiones y perturbaciones; el alma de Cristo esta­ba sujeta únicamente a su Eterna y Divina Persona. Nada le acon­teció a su alma por azar o súbitamente; Nuestro Señor nunca fue sorprendido, nada le afectó sin haberlo El deseado antes, nunca padeció pesares, ni temores, ni deseos, ni regocijos de espíritu, sin que El no hubiese deseado estar apesadumbrado, o temeroso o de­seoso o regocijado. Cuando nosotros sufrimos, es a causa de agen­tes exteriores y emociones incontrolables de nuestro espíritu.



Cae­mos involuntariamente bajo el yugo del dolor, sufrimos más o menos agudamente ciertas circunstancias accidentales, y ve­mos nuestra paciencia puesta a prueba por el dolor de acuer­do al estado de nuestro espíritu, por lo que tratamos, en lo posible de aliviarlo y evitarlo. Nos es imposible anticipar la ex­tensión del dolor que hemos de padecer, y tampoco calcular la ca­pacidad que poseemos para soportarlo. Tampoco podremos de­cir después por qué lo liemos sentido, o por qué no lo hemos so­portado mejor. De modo muy distinto sucedió con Nuestro Señor. Su Persona Divina no estaba subordinada, ni podía ser expuesta al influjo de afectos y sentimientos humanos!, excepto cuando El lo consentía. Lo repito, cuando Cristo quería temer, temía, cuando quería acongojarse, El se acongojaba. No estaba su Corazón abier­to a las emociones, sino que voluntariamente daba cabida a los impulsos con los cuales El se enternecía. Por consiguiente, cuando se decidió a soportar los dolores de su Pasión, lo hizo, como afirma el Sabio formalmente, con todo su poder, no a medias; no apartó su mente del dolor, como solemos nosotros hacer (¿cómo podría hacerlo Jesús, que vino a sufrir, y que sufría por propia volun­tad?), no dijo que sí y luego se desdijo, sino que lo que Cristo dijo, Cristo lo cumplió. Y así nos dice en el Evangelio: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad, ¡oh Dios mío! Tú 410 quieres el sacrificio y la ofrenda que no sea el Cuerpo que Tú me has con­cedido”.



Cristo tomó cuerpo mortal para poder sufrir, se hizo hombre para poder sufrir como hombre; y cuando hubo llegado su hora -aquella hora de Satanás y de tinieblas, en la cual el pecado iba a derramar toda su malicia sobre El-, aconteció que se ofreció completamente en holocausto, y así como todo su Cuerpo pen­día de la Cruz, así también entregó a sus verdugos toda su Alma, dándose cuenta plenamente, con total conocimiento e inteligencia despiertísima, con cooperación viviente e intensidad absoluta, no como quien concede un permiso virtual o sumisión pusilánime. Todo esto fue lo que Cristo entregó a los que lo atormentaban.



Su Pasión no fue un mero estado pasivo, sino verdadera acción. Cristo vivió enérgica e intensamente, mientras languidecía, se des­mayaba y moría. No murió sino por un acto de su voluntad, pues al inclinar su cabeza, lo hizo tanto en señal de acatar una orden como en señal de resignación. Por eso dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cristo dio la orden: entregó su Al­ma, pero no la perdió.



Así vemos, amados hermanos míos, que si Nuestro Señor hu­biese sufrido solamente en su cuerpo, y aunque su sufrimiento no hubiese sido tan intenso como el que otros padecieron, sin embar­go, con relación al dolor, sería infinitamente mayor; pues el dolor se mide por el poder que se tiene para soportarlo y realizarlo. Dios era el que sufría, y sufría en su naturaleza humana. Los sufri­mientos pertenecían a Dios, y Cristo los bebió y apuró hasta el final del cáliz. No los probó o sorbió, como el hombre toma los medicamentos amargos que le ofrecen. Esto que os acabo de decir me sirve para refutar una objeción que voy a indicaros, y que tal vez ya bullía en la mente de muchos: algunos se olvidan la parte que el Alma de Nuestro Señor tuvo en la satisfacción por nuestros pecados.



Nuestro Señor nos dice al comienzo de su agonía: “Mi Alma siente angustias de muerte”. Todavía podéis haceros, hermanos míos, esta pregunta: ¿Es que acaso no poseía Cristo algún consuelo peculiar, desconocido para los demás, que disminuyera e impidiera la angustia de su Alma, y le hiciera sentir por lo tanto menos que a cualquier mortal? Por ejemplo, tríe diréis, Cristo poseía una seguridad y certeza de su inocencia cual ninguna otra víctima podía tener. Aun sus perseguidores, hasta el apóstol mendaz que lo traicionó, el juez que lo sentenció, y los soldados que llevaron a cabo su ejecución, atestiguaron su inocencia.



“He pecado, entregando la sangre de un inocente”, dijo Judas. “Yo soy inocente de la sangre de este Justo”, afirmó Pilatos. “En verdad que, este hombre era un justo”, clamó el Centurión.



Si aun todos esos, que eran pe­cadores, fueron testigos de su inocencia, ¡cuánto más lo habrá sen­tido su alma! Sabemos perfectamente que hasta en nuestro caso, siendo pecadores, gira principalmente acerca de la conciencia que tengamos de nuestra inocencia o de la culpa nuestro poder para soportar la oposición de nuestros enemigos y la calumnia: cuánto más, me diréis, habrá compensado esa certeza, en el caso de Nues­tro Señor. También podréis objetar que Cristo sabía que sus su­frimientos eran cortos, que su fin sería glorioso. Si se tiene en cuenta que la incertidumbre por el futuro es uno de los más agu­dos tormentos que angustian al hombre, Cristo no pasaba esa an­siedad, pues El no estaba en suspenso, ni sentía desaliento o deses­peración, ya que nunca, me diréis, fue abandonado. Para confir­mar todo esto podéis relatarme palabras de San Pablo, que expre­samente nos dice: “Gracias a la gloria que le aguardaba, Nuestro Señor despreció la vergüenza”. Ciertamente que en todo lo que Cristo hace se manifiesta maravillosa calma y dominio de sí mis­mo. Ejemplo de ello, sus consejos a los Apóstoles: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pron­to, más la carne es flaca”, o sus palabras a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” y “Judas, ¿con un beso vendes al Hijo del Hom­bre?” o a Pedro: “Todos los que tomaren espada, perecerán con la espada”, o al hombre que le abofeteó: “Si he hablado mal, mues­tra en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me hieres?”, o a su Ma­dre Bendita: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.

Todo esto es verdad, y mucho más se podría aducir de acuerdo, y para ilustrar lo que acabo de comentar. Hermanos míos amadísi­mos, únicamente habéis confirmado con estos ejemplos, y para emplear un lenguaje humano, que Cristo fue siempre el mismo. Su espíritu fue su centro, y ni por un instante perdió su equilibrio celestial y perfecto. Lo que Cristo sufrió, lo sufrió porque se colo­có a sí mismo, deliberada y tranquilamente, bajo el sufrimiento. Así como dijo al leproso: “Lo quiero: queda limpio”, y al paralíti­co: “Que, tus pecados te sean perdonados”, y al Centurión: “Yo iré y lo curaré”, y a Lázaro: “Levántate y anda”, y así dijo: “Aho­ra comenzaré a sufrir”, y comenzó su sufrimiento. Esto es la prue­ba de cómo gobernaba por completo su espíritu.



En el momento preciso, Cristo abrió las compuertas y el torrente se precipitó sobre El con todo ímpetu. Esto es lo que nos dice San Marcos, de quien se afirma que escribió su Evangelio oyéndolo de los propios labios de San Pedro, uno de los tres testigos presentes en ese momento: “En esto llegaron al huerto llamado Gethsemianí, y dijo a sus discí­pulos: “Sentaos aquí mientras Yo hago oración”. Y llevándose a Pedro a Santiago y a Juan comenzó a atemorizarse y angustiarse”.



Ved en esto cómo actuaba deliberadamente; El se aparta a un lugar próximo y allí lanza la palabra de mando, retira de su alma el apoyo de la Divinidad, y entonces la desesperación, el terror y la melancolía hacen presa de El. Cristo penetra en una agonía mental de acción tan definida, como lo serían para el cuerpo hu­mano, el fuego o el potro.



Dado este hecho, amados hermanos míos, no es justo decir que Cristo estaba sostenido durante su prueba por la certeza de su inocencia y la anticipación del triunfo, pues, casualmente, la prue­ba que padecía consistía precisamente en la falta absoluta de esa seguridad y anticipación. El único acto que admitió una sola an­gustia sobre su Alma, admitía todas las angustias simultáneamente.



No se trata de impulsos y puntos de vista antagónicos, provenientes del exterior sino de la acción de una resolución interior. Mucho más de lo que los hombres que poseen un dominio total sobre sí mismos y que pueden trasladar su pensamiento de uno a otro asun­to, según su deseo, hizo Jesús negándose el consuelo, y saciándose de sufrimientos. En ese momento su Alma no pensó en el futuro, sino solamente en la carga del presente, por la cual había venido al mundo a padecer.

Y ahora hermanos míos, ¿qué era eso que Cristo tenía que soportar, cuando así abrió su Alma al torrente de la pena ya predestinada? ¡Ay! Jesús tenía que soportar lo que es bien conocido de nosotros, lo que nos es familiar, pero que para El era pena inefable. Tenía que soportar aquello que es tan fácil para nosotros, tan na­tural, tan bienvenido, que no podemos pensar que se necesite tan­ta tolerancia para sufrirlo, pero que para El tenía el sabor de mor­tal veneno.



Cristo tenía, amados hermanos míos, que soportar el peso de nuestros pecados; tenía que soportar los pecados de la humanidad entera. El pecado es cosa fácil para nosotros; pensa­mos muy poco en él y no comprendemos cómo pudo preocupar tanto al Creador; no podemos forzar nuestra imaginación a creer que merece justo castigo, y aun cuando en el mundo reciba su merecido, lo justificamos o alejamos de nuestra mente. Mas, con­siderad lo que es el pecado en sí; es la rebelión contra Dios; es la acción de un traidor cuyo fin es el destronamiento y la muerte de su Soberano; es. si se me permite expresarme con rudeza, lo suficiente como para que el Conservador Divino del mundo cesará de serlo.



El pecado es el mortal enemigo del Altísimo. Esta es la razón por la que El y el pecado no pueden nunca convivir; y así como el Altísimo lo arroja de su presencia a las tinieblas, de la misma manera si Dios pudiera dejar de ser Dios, sería el pecado el que tendría el poder de hacerlo. Y aquí observad, amados hermanos míos, que una vez que el Amor Todopoderoso al tomar la carne, entró en este sistema de la creación y se sometió a Sí Mismo a sus leyes, entonces e inmediatamente este antagonista del bien y de la verdad, tomando ventaja de la ocasión, se arrojó sobre la carne que Cristo había tomado, y se afirmó en ésta, siendo cau­sante de su muerte. La envidia de los Fariseos, la traición de Judas, y la locura de las gentes, fueron los instrumentos o medios de expresión de la enemistad que sintió el pecado hacia la Eterna Pureza, no bien Dios, en su infinita misericordia hacia los hom­bres, púsose a Sí Mismo dentro de su alcance.



El pecado no podía tocar a su Divina Majestad; pero podía acometerlo del modo como El permitiera ser acometido, esto es, por medio de su Humanidad. Al final, en la muerte de Dios Encarnado, aprendemos, hermanos míos en Jesucristo, lo que es el pecado en sí mismo, y lo que era mientras caía, en aquella hora y con toda su fuerza, sobre su Hu­mana Naturaleza, para que Cristo se sintiera tan lleno de horror y consternación a la sola imaginación anticipada.

Entonces en aquella triste hora, arrodillóse el Salvador del mundo, desprendiéndose de las prerrogativas de su Divinidad, despidió a los Ángeles, que por millares estaban prontos a su solo llamado, y abrió sus brazos, desnudó su pecho, puro como era, al asalto de su enemigo -un enemigo cuyo aliento era pestilente, y cuyo abrazo era una agonía. Helo arrodillado, inmóvil y mudo mientras la vil y horrible fiera vestía su espíritu con el ropaje odio­so y atroz del crimen humano, que prendiéndose en su corazón, lle­nó su conciencia, y encontró la entrada para todos sus sentidos y hasta la ínfima partícula de su mente, extendiendo sobre Él una lepra moral, hasta que Cristo se sintió casi convertido en lo que El nunca podría ser y en lo que su enemigo gustosamente lo hubiera transformado. ¡Oh, qué horror cuando al mirarse no se conoció y se sintió cual impuro y aborrecible pecador, a través de la vivida percepción de aquella masa de corrupción que se derramaba sobre su cabeza y se esparcía hacia abajo hasta la orla de sus vestiduras! ¡Oh, qué confusión cuando encontró sus ojos, manos, pies, labios y corazón como si fueran miembros del Maligno y no de Dios!



¿Eran éstas sus manos antes inocentes, pero ahora tintas en sangre de diez mil acciones crueles? ¿Son éstos sus labios que ya no se abren para alabar, orar, bendecir, sino que están manchados con juramentos, blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Y sus ojos, pro­fanados por todas las visiones diabólicas y fascinaciones idólatras por las cuales los hombres han abandonado a su adorable Creador? ¡Y sus oídos! Vibra en ellos el sonido de las orgías y las disputas. Su corazón está yerto por la avaricia, la crueldad y la falta de fe; y su misma memoria hállase colmada con todos los pecados que han sido cometidos desde la caída del hombre, en todos los ámbitos de la tierra, plena del orgullo de los antiguos gigantes, y la lujuria de las cinco ciudades, y de la obcecación de Egipto, y la ambición de Babel, y de la ingratitud y ludibrio de Israel.



¿Quién no co­noce la miseria que trae un pensamiento que nos ronda continua­mente a pesar de que tratamos de rehuirlo y persiste en molestar­nos si no nos puede seducir? ¿O de una odiosa y enferma imagina­ción, no nuestra, pero que es introducida en nuestras mentes por fuerzas extrañas? ¿O de los conocimientos satánicos alcanzados con o día culpa del hombre, y por cuyo desprendimiento y olvido para siempre, daría el hombre un alto precio? Adversarios como éstos se reunieron a tu alrededor, Bendito Señor, en número de millones; vienen en tropeles más numerosos que las plagas de langostas o del gorgojo, que los azotes del granizo, o de las moscas o de las ranas, enviadas contra Faraón. Allí están pre­sentes todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los que se han perdido y de los que se han salvado, de tu pueblo y de los gentiles, de pecadores y de Santos. Tus más queridos, tus santos y tus elegidos, pasan sobre Ti.



Tus tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan también se hallan contigo pero no para consolarte, sino como acusado­res, como los amigos de Job, "arrojando tierra hacia el cielo", acumulando maldiciones sobre tu cabeza. Todos se encuentran ahí: sólo falta una persona; y no estaba porque Ella que no tuvo parte en el pecado, era la única que podía consolarte; por eso no estaba cerca de los pecadores. María estaría cerca de Ti en la Cruz, y lejos de Ti en el huerto. Ha sido tu compañera y tu confidente durante tu vida; intercambió contigo los puros pensamientos y san­tas meditaciones de treinta años; pero su oído virginal no puede percibir, ni su corazón inmaculado concebir, lo que ahora se te pre­senta cual visión delante de tu vista. Sólo Dios pudo soportar tal prueba; algunas veces has mostrado a tus Santos la imagen de un pecado, como aparecen a la luz de tu faz, o de pecados ve­niales, y no de mortales; y ellos nos han dicho que su vista les acarreó todos los horrores menos la muerte, y, los hubiera muerto si no hubieran sido instantáneamente retirados.



La Madre de Dios aun con toda su Santidad, ni aun en razón de ella, podría haber soportado ni una parte de aquella innumerable progenie de Sata­nás que ahora te cerca. Es la eterna historia del mundo, y Dios solamente puede soportar su peso. Las esperanzas marchitas, los juramentos quebrantados, las luces extinguidas, los consejos despreciados, las oportunidades perdidas, la inocencia traicionada, la juventud encallecida, los pecadores reincidentes, los justos ven­cidos, los ancianos malogrados, el sofisma del error, la terquedad de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía de la mala cos­tumbre, el cáncer del remordimiento, las fiebres extenuantes de la preocupación, la angustia de la vergüenza, los alfilerazos de la des­ilusión, la enfermedad de la desesperación, los espectáculos crueles y lastimosos, las escenas repugnantes, detestables y enloquecedo­ras : aún más, los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas arrebatadas, el ceño fruncido de los esclavos voluntarios del demonio, todos y todas estas maldades se hallan ahora delante de Cristo, pesan sobre El y en El.



Se encuentran en Cristo, en vez de aquella paz inefable que habitaba en su Alma desde el momento de su concepción. Se hallan ahora sobre Cristo, como si le perte­necieran. Jesús clama a su Padre cual si fuera el criminal, y no la víctima. Su agonía toma la forma de culpa y de arrepentimiento. Cristo hace penitencia, Cristo se confiesa, Cristo se ejercita en la contrición, con una realidad y virtud infinitamente mayores que la de todos los Santos y penitentes juntos, pues El es la única víctima, la única satisfacción, el verdadero penitente, y todo, menos el ver­dadero pecador.

Cristo se levanta lánguidamente de la tierra y se vuelve para enfrentarse con el traidor y sus secuaces que ya rápidamente se acercan en medio de sombras profundas. Cristo se vuelve, y, ¡mi­radle! Se ve sangre en sus ropas y en sus huellas. ¿De dónde pro­ceden estos frutos primeros de la Pasión del cordero? Todavía ningún soldado ha azotado su cuerpo, ni sus manos ni pies han sido taladrados por el verdugo. Hermanos míos, Cristo sangró an­tes de tiempo; Cristo derramó su sangre, pues su Alma agónica rompió su envoltura humana y fluyó en sangre al exterior. Su Pasión comenzó por su interior. Aquel atormentado corazón, centro de ternuras y de amor, comenzó a trabajar y golpear vehemente y más de lo que podía soportar según las leyes naturales; “los ci­mientos del abismo profundo se quebraron”; el rojo fluido vital circuló tan abundante y vigorosamente por todo su cuerpo, que desbordando las venas y aflorando por los poros, detúvose como copioso rocío sobre su sacrosanta piel, convirtiéndose luego en go­tas que rodaron henchidas y pesadas empapando la tierra.


Mi Corazón siente angustias de muerte”, dijo el Salvador. Así se ha definido aquella terrible peste que se cierne sobre todos y que llega con la muerte, queriéndose con esto afirmar que no tiene principio, que no hay posibilidad de esquivarla, que la esperanza ya no existe cuando llega, y que lo que parece ser su curso no es más que agonía de muerte y verdadera disolución. Así es como vuestro Sacrificio Reparador, ¡ Oh Jesús!, con un sentido mucho más elevado, comenzó en ti esta pasión de dolor, no llegando a morir porque obedeciendo vuestra orden omnipotente no se rom­pió tu Divino Corazón, ni el Alma se separó del Cuerpo, hasta que Vos mismo, padecisteis en la Cruz.


No; Cristo no había aún vaciado aquel cáliz rebosante hasta los bordes, y del cual al principio su débil naturaleza deseaba apar­tarse. La aprehensión en el Huerto, la bofetada del soldado, la prisión, el juicio, las mofas, la peregrinación de tribunal en tri­bunal, la corona de espinas, el lento camino hacia el Calvario y la Crucifixión todavía tenía que padecerlas Nuestro Salvador. Ha­bía de transcurrir una noche y un día completos, hora tras hora, tiempo terriblemente largo antes de que llegara su fin y de que satisficiera su misión.



Luego, cuando el momento señalado hubo llegado, y Cristo lo ordenó, así como su Pasión había comenzado en su Alma, en su Alma terminó. Cristo no murió de agotamiento o de dolor corporal. Cuando lo ordenó, su atormentado Corazón se quebró, y Jesús en­comendó su Espíritu al Padre.

“¡Oh, Corazón de Jesús, todo amor, te ofrezco estas humildes oraciones por mí y por todos aquellos que se unen a mí en espíritu para adorarte! ¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, muy amado!, deseo renovar y ofrecerte estos actos de adoración y oraciones por mí, miserable pecador, y por todos aquellos que se me unen para ado­rarte, durante todos los instantes, mientras me quede un soplo de vida hasta el final de mis días. Te pido, ¡Oh, mi buen Jesús!, pol­la Santa Iglesia, tu amada esposa, y nuestra verdadera Madre, por todas las almas de los justos y por todos los pobres pecadores, por los afligidos y por los moribundos, y en fin, por toda la hu­manidad. No has de permitir que tu Sangre sea derramada en va­no. Finalmente, dígnate aplicarla para aliviar las penas de las al­mas del purgatorio, y particularmente las de aquellos que en su vida practicaron esta santa devoción de adorarte en la Cruz”.

John Henry Cardenal Newman
, “Antología, selección de sus principales obras en prosa”, editorial Difusión, Buenos Aires 1946, págs. 181-192.

Stat Veritas

Santas Pascuas de Resurrección les desea Argentinidad.

Esteban Falcionelli

4/3/11

Caballerosidad ante todo




Francisco I, a quien ya se había unido "Musiú" de la Motte en el campo de prisioneros (tras la batalla de Pavía), le preguntaba a éste qué decían aquellos soldados que tanto murmuraban de él, y cuando éste le traducía las palabras, relativas al buen trato de que iba a ser objeto el monarca en manos de los españoles, el rey se echaba a reir.




En esto se acercó un arcabucero español, quien le dijo:


- Sepa, señor, que sabiendo ayer que se iba a dar esta batalla, hice para mi arcabuz seis balas de plata y una de oro; las de plata para seis "musiures" y la de oro para vos. La de oro vedla aquí, y agradecedme el deseo de haber querido daros una honrosa muerte, como a ningún otro príncipe se ha dado.




El rey tomó la bala y le dijo:


- Te agradezco tu buen deseo.

¿Quién venció?


Cuando el cardenal Cisneros determinó, con sus 70 años encima, conquistar la plaza de Orán, los soldados de Italia se echaron a reir y dijeron:
- Son cosas chocantes las que pasan en España: mientras un Prelado sale a guerrear contra los moros, el Gran Capitán se entretiene en rezar el Rosario.

Aquellos soldados no sabían que los dos paladines podían hacer ambas cosas a la vez. El caso es que el cardenal, que había llevado a sus soldados a las puertas de Orán, antes de ordenar el asalto les arengó virilmente, y que cuando sonó el grito de ¡Santiago y Cisneros!, las tropas se lanzaron con tal brío al asalto, Pedro Navarro a la cabeza, que en poco tiempo la plaza quedó ganada para España.

El cardenal no quiso entrar en ella hasta el día siguiente, y sus ojos saltaron de gozo cuando vió el pabellón de Cristo ondeando sobre el mas alto alminar. Las tropas españolas vieron a Cisneros a la entrada de Orán, y le dijeron:
- Vos, señor, sois quien ha vencido.

A lo que repuso el cardenal con el salmo de David:
- No a nosostros, Señor, sino a vuestro santo nombre se debe dar la gloria.

24/2/11

Causas de la perversidad del hombre (y de la sociedad)


El hombre no supo guardar largo tiempo la alta nobleza de su origen, la inefable dignidad de su ser, que solo a él había concedido Dios, según opinaba San Agustín y otros venerables Santos.

El hombre entregándose al error, su entendimiento se hizo impotente para engendrar pensamientos santos y elevados, y ya no representó a Dios Padre. Su razón, abusando de su luz contra el que se la había concedido, en lugar de complacerse en Dios se contrajo a complacerse y enorgullecerse en sí misma, y ya no representó al Dios Hijo. La voluntad, corrompida y degradada por la perversidad con que se dirigió al mal, no representó ya al Dios Espíritu Santo.

El hombre era fortaleza, sabiduría y amor, y se convirtió en debilidad, sirazón y egoísmo. La causa del caos de la civilización moderna: el abandono de la revelación y las tradiciones. Se ha menospreciado y ridiculizado hasta la saciedad la única moral que es la del Evangelio santo. No se ha invocado ya la poderosa Trinidad, en nombre de la cual solamente todo comienza bien, todo se mantiene, todo se afirma, todo prospera, todo tiene consistencia y duración, todo es luz.

Hoy predomina la paradoja, es decir, la máxima de que nosotros (los abanderados del Progreso y la Modernidad) a todos conozcamos y a nosotros nadie nos conozca (ni nuestros medios, ni mucho menos nuestros fines); admitir los principios y negar las consecuencias naturales y lógicas, que era la máxima de Epicuro y demás paganos de la antigüedad.

Ya no se entiende hoy la verdadera condición del alma humana, de estar unida al cuerpo, ni de las relaciones de Dios con el hombre, ni del mismo hombre en sociedad, ni menos del destino final del hombre; así es que éstos, nunca tienen mañana. El orden perfecto no admite diferencias sin gradaciones; el orden resulta del escalafón de los seres, colocados de manera que el punto menos perfecto del ser que precede, toque el punto mas perfecto del que le sigue. Ésta es la ley inmutable del orden, y su falta de observancia la causa del caos que hoy reina.

El alma humana, aun dependiente del cuerpo para sentir, no depende de él para comprender; comprende por sí misma. Dios la ha creado en sí misma y por sí misma. Tiene una subsistencia que le es propia. El cuerpo es el instrumento de esta operación, pero no es la causa, y es menos todavía causa de la subsistencia del alma según Sto. Tomás. Para conocer bien al hombre es necesario considerarle en sus relaciones con el todo. Todas las sustancias intelectuales e inteligibles no subsisten sino como emanaciones de la bondad divina. Así el ser material está sometido al ser intelectual, porque se acerca todo lo posible a la naturaleza de Dios. La gracia es el reflejo de la naturaleza increada sobre la naturaleza creada, es la vestidura celestial con que Dios se digna revestir a la criatura racional, y que la ennoblece.

Hoy todo es racionalismo (los arrianos de nuestros días), que provoca el desorden en las creencias y esto genera la duda, y el desorden en las costumbres genera remordimientos, así como el desorden en la política genera anarquía. La duda destroza el corazón, y la anarquía destroza la sociedad aunque venga disfrazada de falsa democracia (pues la verdadera solo se ha dado en tiempos de Pericles).

No olvidemos nunca qué somos y quiénes somos. La tierra es nuestro lugar del combate; el cielo, el lugar del triunfo. La tierra, el lugar del trabajo; el cielo, el lugar del descanso. La tierra, el lugar de los merecimientos; pero el cielo, el lugar de las recompensas. La tierra, es el lugar del destierro: el cielo es nuestra verdadera y eterna patria. Habitemos, pues, en el cielo por la fe, la esperanza y el deseo, con el fin de que un día tengamos la dicha de habitar en él por nuestras personas.

16/2/11

Un carlista en la corte de la Reina Victoria




Discurso de O'Clery en la Cámara de los Comunes, con objeto de obtener del gobierno británico el reconocimiento, como beligerante, del gobierno carlista (10 de junio de 1875):


(…) la gigantesca lucha a que asistimos llenos de emoción, comenzó tres años hace, durante el nefasto reinado de Amadeo de Saboya. Fue inaugurada por un puñado de valientes en Vizcaya y Cataluña. Hoy día el ejército real cuenta mas de 75.000 bayonetas, tropas aguerridas, ejércitos disciplinados al igual que cualquier otro ejército europeo y los generales de Carlos VII ocupan, no solo en el interior de las provincias vascas, mas también Aragón, Cataluña, Valencia y gran extensión del litoral cantábrico, con numerosos puertos de mar, ocupación que los relaciona politicamente con todas las potencias marítimas, y da una importancia mayor a su reconocimiento(...)

(...)no es asunto de una insurreción pasajera. Carlos VII en las provincias vascas y demás, es rey tan de hecho, como don Alfonso en Madrid y en el mediodía (…). Puede decirse, que los carlistas han creado una nueva potencia en Europa.

(…) ¿Han establecido los carlistas su derecho a un reconocimiento oficial? Yo contesto rotundamente ¡Sí!, y de varias maneras. En el momento actual el gobierno de Carlos VII goza del derecho de antigüedad en España. Su pabellón es el primero que ha sido desplegado en la lucha actual (…) Cuando, por vez primera, desplegó a los vientos de los Pirineos los pliegues de su bandera real, fuerte en su fe, en su derecho, en el amor de su pueblo, hollaba un extranjero el suelo de España y Amadeo de Saboya entronizábase en Madrid por gracia de la revolución oficial (…). La monarquía restaurada de don Alfonso, apoyada sobre la influencia prusiana, sobre el liberalismo cosmopolita y sobre la conspiración de los pretorianos de Valencia y Madrid.

(…) a esos gobiernos que brotan en una noche y mueren al día siguiente, se les reconoce, mientras que se rehusa un simple reconocimiento de beligerancia a los carlistas.

(…) el Rey ha concedido sus antiguos fueros al pueblo vasco, que le presta con júbilo el concurso de sus brazos para la reivindicación de sus derechos (…) Quiérase o no se quiera, existe, de hecho, un gobierno carlista, poseedor de un ejército fiel, disciplinado, aguerrido y victorioso, y si eso no constituye una potencia beligerante, ignoro la insignificación del vocablo.

(…) No he querido hacer ver aquí mas que un simple relato de los hechos. Nada he exagerado, nada suprimido. Soy realista y carlista, es verdad y de ello me envanezco; pero mis simpatías hacia el rey Carlos VII, en nada pueden afectar a la importancia de la cuestión (…) por creer yo firmemente, que en el advenimiento de un rey caballero al trono de sus mayores, reside la última esperanza de la reconstrucción y de la estabilidad del reino de España.

(…) Termino pidiendo a la Cámara, que exprese a S. M. la Reina su dictamen de que ha llegado el momento en que es justo y útil reconocer, como beligerante, al ejército y a las poblaciones que pelean bajo el pabellón de S. M. el rey Carlos VII."





20/1/11

The Counter-revolutionary



The counter-revolutionary is that person who, in face of the modern changes in the Church, wants to destroy the very source of these changes. He sees the changes as being the goal of a bad current – Progressivism – which is the heir of another bad current – Modernism – which was the heir of Liberalism. In its turn, Liberalism was linked to a whole ensemble of other currents that were inspired and supported by groups and associations that always worked and fought against the Catholic Church and Christendom. This movement is the Revolution (Revolution has always wished to subvert the Reign of Christ, Christendom, that was established in Western Europe in the Middle Ages).




The agents of the Revolution are generically the forces that serve the Devil, with a particular emphasis upon two of them that have a special hatred for the Church: Judaism, understood as a religion and not as a race, and Freemasonry.

The Counter-Revolution is a reaction against Revolution. A reaction to every aspect of the Revolution. To its very essence, as well as to its sources, goals, strategies, methods, means and agents.


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El contrarrevolucionario es aquél que, frente a los cambios modernos en la Iglesia, quiere destruir la fuente misma de esos cambios. Ve los cambios como el interés de un mal actual - El Progresismo - que es el heredero de otro mal actual - Modernismo - que era el heredero del Liberalismo. A su vez, el Liberalismo estaba vinculado a todo un conjunto de corrientes inspiradas y apoyadas por grupos y asociaciones que siempre trabajaron y lucharon contra la Iglesia católica y la Cristiandad. Este movimiento es la Revolución (Siempre deseosa de subvertir el reinado social de Cristo, la Cristiandad, establecida en la Europa occidental durante la Edad Espléndida o Media).

Los agentes de la Revolución son generalmete las fuerzas que sirven al diablo, con un énfasis particular sobre dos de ellas que tienen un odio especial por la Iglesia: el Judaísmo-Sionismo, entendido como religión y no como raza, y la Francmasonería.




La Contrarrevolución es una reacción contra la Revolución. Una reacción a todos los aspectos de la Revolución. A su esencia misma, así como a sus fuentes, objetivos, estrategias, métodos, medios y agentes.



(Source: Tradition in action)

3/1/11

No remorse


"In the hand of God is the destiny of princes. He alone giveth empire"

The Moors finally lost their last battle to the Catholic Kings, and after eight centuries of rule the last stronghold of Granada fell. Throughout the old nazarí kingdom was repeated the same crying: Ay de mi, Alhama!, the key which gave Granada on January 2 of the year of Our Lord 1492.

...and always we'll remind when Islam was defeated.

26/12/10

Don José Mª Arrizabalaga Arcocha

Hoy, lunes, 27 de diciembre se cumplen 32 años del asesinato de nuestro querido correligionario José Mari Arrizabalaga Arcocha. Requeté. Caballero Legionario Paracaidista. Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita. Vilmente asesinado por Dios y por España. “JAUN GOIKO AREN AURREAN EZ ZERA DESESAGUNA ISANGO”. (Ante Dios no serás héroe anónimo) ZU BETI GURE BIHOTZEAN !!!

24/12/10

¡Feliz Natividad del Señor!


"Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz." (Isaías 9:6)

15/11/10

Vascongadas noble y montaraz


En el hondón del Golfo de Vizcaya, de esa bolsa que hace el Océano entre España y Francia y entre los pliegues de los montes Pirineos, hay un retraído rincón de esta casa que llamamos España, rincón que contempló añorante e inspirado el bardo Iparraguirre desde Hendaya: "Ara nun diran, menda maiteak/Ara nun diran zolaiak/ Baserri eder, zuri zuriak / Iturre eta ibaiak / Endayan nago zoraturikan / Zabal zabalik begiak : Ara España. . . lur oberikan /ez da Europa guzian". ("He aquí los campos y montes queridos, los hermosos caseríos, las fuentes y los ríos. Estoy loco de contento en Hendaya, con los ojos muy abiertos: Ahí está España, mejor tierra no la hay en Europa entera"). Es el archivo de nuestra raza, donde se guardan los documentos de nuestro solar y linaje, las memorias que hablan de nuestros abuelos, de los comienzos y entronques de nuestra casa solariega. No son viejos cartapacios, hojas mugrientas, amarillos pergaminos. El archivo éste es cosa viva. El alma de la raza vive aquí vida tan verde, fresca y jugosa, como sentiréis de húmedo el aire en cuanto lleguéis de la seca y polvorienta Castilla, como veréis de verdor y lozanía vestidas las montañas y valles, de castaños y manzanales arriba, abajo de maizales, remolacha y praderías.

Lo que aquí se oye es un hablar suave y canturreado, pero cerrado y oscuro, que llaman vascuence. Y lo que aquí se ve nada tiene al parecer de viejo, antes diríase muy moderno: gran ajetreo, mucho trabajar y trajinar, cuidadoso esmero y limpieza en personas, casas, calles, carreteras y campos. Aquí no hay mas que lo castizo. Entre el verde de los sembrados, junto a las arboledas del río, por entre los castañares de las cuestas que suben, brillan por su blancura los caseríos, consu abierto zaguán de ancha arcada, su corredor encima voladizo. Entrad y conoceréis a la andrea o ama de la casa y veréis con qué cariño os acoge chapurreando el castellano y os ofrece borona y talo, que está sacando del horno, amarillo y bienoliente, amasado de harina de maiz.

¿No oís ese chirrido agudo y largo que viene de aquella ladera? Es una carreta de macizas ruedas, que arrea el robusto y colorado guizón o el viejo o el niño por los caminos que suben y bajan. Chirria adrede para no encontrarse con otra, oyéndose desde lejos los que las llevan. Son estrechos los caminos y se entrecruzan por todas esas montañas. En la costa notaréis al amanecer el tejemaneje de los pescadores, sus barcas y sus redes, y al caer la tarde os regocijará divisar a lo lejos docenas de velas, como blancas palomillas que quieren arribar. Y ¿qué es ver las quillas repletas de peces que relumbran al sol poniente, cuando descargan, como montonera de cosas de plata, y a las mujeres descalzas y haldas en cinta que lo llevan canturreando en anchas banastas sobre la cabeza?.

El continuo trajinar al aire ¿no creéis que criará cuerpos robustos y almas honradas, tranquilas, hacendosas?. La tierra puede que no sea pródiga como la de otras vegas españolas, pero con el trabajo y las aguas del cielo, que la riegan sin necesidad de acequias, da de sí para vivir honradamente. Las entrañas de esos montes regalan sus ricos mineros del hierro mejor y mas abundante del mundo. El pescado de la costa, batido por el bravo oleaje del Cantábrico, es el mas fino que comemos en España. Sus pescadores, que se lanzaban a la pesca de altura, dieron a la patria los mas diestros y arriesgados marinos, y en el siglo XIV descubrieron las Canarias y Terranova.

Su manera tradicional de gobernarse fue modelo para el resto de España, que mas tarde abandonó ese modelo vascongado (que es el tradicional español), para tomar el camino de la centralización francesa. Y estamos en el archivo de la raza. No fue la picardía y ociosidad, española de casta, pues no son íberos y vascongados amigos de la picardía ni de la ociosidad. Ésas son lacras que los malos tiempos y gobiernos, contrarios a la tradición española, trajeron de fuera.

Hay otro documento en este archivo de la raza. Es el vascuence o euskara, la peregrina lengua que oís hablar sin poderla entender. La mas antigua de la vieja Cristiandad, la hermana de las lenguas iberas y aquitanas. En toda ella se conservan nombres de regiones y pueblos que son ibéricos y vascongados. Ese venerado idioma es hermosísimo y de él y del latín nació nuestra lengua castellana y española.

Nuestra historia no solo consistió en la reconquista de la tierra española durante ocho siglos, sacándola de las garras mahometanas, ni en el derramarse después vascos y resto de españoles por Europa y América imponiendo en todas partes su espíritu. No, no es solo eso. Hay algo mas íntimo, que es la historia del alma misma española: ES LA LUCHA EN TODOS LOS ÓRDENES CON LO EXTRANJERO, QUE VIENE DE FUERA Y PRETENDE DESPOJARLA DE LO SUYO PROPIO Y TRADICIONAL. Somos los españoles tenaces y tozudos, sonlo mas los aragoneses; pero ninguno como el vascongado, que hasta pasa de la raya a veces, cerrando los ojos a cuantas razones en contrario se le traigan.

La nefasta Constitución que tanto se celebra, la de 1812, quiso hacer tabla rasa para igualar toda la nación, al estilo francés, pero los vascongados no lo permitieron y tristemente esa actitud no fue imitada por el resto. Defendieron su estilo de vida tradicional y cristiano en las guerras civiles que asolaron España en el S. XIX, y dieron su vida por Carlos VII, lo cual, fue menester someterlos hasta acabar la última guerra civil, quedando abolidos los fueros en las Cortes de 1876.

Admirable ejemplo de tesón haber tenido que guerrear durante todo un siglo con ejércitos de todo el resto de España y extranjeros, quedando solamente sometidos a viva fuerza. Fue la lucha del alma española, idependiente y libre. Es el alma de la raza que, enriscada en estas asperezas, lucha contra lo extraño y defiende sus instituciones políticas tradicionales.

Habrá quien suponga que los vascongados han sido poco o nada artistas. Errado suponer, porque siempre fue un pueblo poeta. Tiene sus cantares hermosísimos y tal facilidad para poetizar, que en todo festejo público y aun privado, se presentan varios versolaris que se desafían a improvisar poesías en vascuence, con regocijo de sus oyentes. Su música y baile ¿qué cosa mas original que el zorcico? No hay región donde tanto se cultive la música y donde se tenga mejor oído. Los mejores organistas, cantores y compositores españoles son vascongados. Danzas guerreras, costumbre que dura en los bailes y cantares de rueda de toda España, fueron en su origen las danzas de espadas y palotaedos españoles, que en este rincón son ejecutados por los espatadanzaris. En pintura, no cultivada aquí hasta poco ha, sobresalen los modernos, recios y robustos Zuloaga, Zubiaurre o Zamacois. Aun en siglos anteriores, los calígrafos famosos de España, vascongados fueron, como Iturzaeta, y por buena letra y honradez nuestros reyes tuvieron siempre secretarios vascongados.

"Erregutu diogun Jaungoiko jaunari/ pakea emateko orain eta beti,/ bai eta indarra ere zerorren lurrari,/ eta bendizioa Euskalerriari." (Pidamos a Dios nuestro Señor que nos conceda paz ahora y siempre, y que dé también fuerza a tu tierra y su bendición al pueblo vasco.")

4/11/10

Ladrillos molidos


Siena (Toscana) estaba bajo la protección del Emperador. Pero mal aconsejados los vecinos por las tropas francesas, se levantaron en armas contra los españoles. Tres de ellos tuvieron que encerrase en una pequeña torre de la puerta romana.

Fue inaudito lo que hicieron los sieneses para reducir a aquellos tres españoles, pues incluso llegaron a prender fuego a la puerta de la torre. Como pasaban los días y aquellos tres hombres no se rendían, se acercaron a la torre dos caballeros franceses y les gritaron:
- Españoles, no queremos vuestra muerte, queremos solo que os rindáis, y si deseáis servir al rey de Francia, os daremos pagas dobles.

Un español asomó la cabeza y les respondió:
- Si el rey de Francia es tan bueno, no le faltarán soldados; nosotros antes queremos perder las vidas que dejar de servir a nuestro Rey.

Viendo los franceses tal obstinación, les replicaron:
- Pero así no podéis vivir, supuesto que no tenéis qué comer.

A lo que los de dentro volvieron a contestar:
- Sabed que tenemos abundancia de ladrillos, y que los españoles, cuando nos falta pan, con éstos molidos nos mantenemos.

Al oir la contestación de aquellos tres héroes, admirados los sitiadores de tanta valentía, les abrieron las puertas y los dejaron marchar. Poco después don Juan Manrique de Lara logró apaciguar a los de Siena.

El hombre y su Creador


Nuestro espíritu infatigable en su curiosidad, procura siempre de un hecho en otro subir hasta el primero que ha sido causa de las impresiones que recibió: nuestras afecciones, por nuestro corazón inagotable en sus deseos, quiere necesariamente el bien, y aun su mayor bien; nuestros juicios, en fin, pues nuestro entendimiento se eleva por su tendencia natural a las ideas generales, y en nada halla lo bueno y lo bello, sino en las ideas de orden, de justicia o de verdad.

La Divinidad es el Dios oculto, como se llama asimismo, Deus absconditus, oculto en el mundo intelectual bajo el nombre verdad; oculto en el mundo físico bajo el nombre de causa; oculto también en el fondo de nuestros corazones, en la inmensidad de nuestros deseos, y en lo interminable de nuestras esperanzas. En Él vivimos, pues Él es el Padre de la vida; en Él nos movemos, pues es el primer Autor del movimiento; y en Él somos, pues es el manantial del ser, Supremo Hacedor de todo lo criado.

El pueblo, que ve a Dios en todo, y su acción mas inmediata y local hasta en las mas pequeñas cosas, asigna una causa general, sin intermedio alguno, a efectos particulares; y los materialistas, que ven en todo la materia hasta en la creación del mundo físico, asignan una causa particular a efectos generales, esto es...todo al revés.

La verdad exacta en física y verdadera al mismo tiempo en moral, asigna causas particulares a efectos particulares, y una causa universal a un efecto universal/Universo. La causa general no puede hallarse en una particular. Cuando la causa primera, quiso hacerse conocer de los hombres, se nombró a sí misma YO SOY EL QUE SOY: esto dijo Jesucristo. En cuya locución extraordinaria se eleva ella misma por esta multiplicación de su ser a la mas alta potencia, en lo cual la metafísica puede recibir, prestada de la geometría una locución de ser, que traduce, con tanta verdad como precisión, todo su pensamiento.

Cuando se nombra, la causa y los efectos, con solo esto se atestigua la existencia necesaria en independiente de Dios, y la existencia accidental y subordinada de todo lo que no es Dios. Los hechos generales y particulares constituyen el orden físico, la metafísica es la región de las verdades, en ella se buscan, y en la física hechos; LA CAUSA PRIMERA ES UNA VERDAD, Y NO UN HECHO.

Los hombres en sociedad serían felices, si en cuanto emprendiesen conociesen con tal precisión hasta donde alcanzaban sus facultades físicas y morales, y no dejasen de llegar a este punto, ni pasasen de él. Todas sus faltas y desgracias les vienen de esta ignorancia, lo cual les hace emprender lo que no pueden ejecutar, o desesperar de lo que no pueden hacer, fluctuando así entre el desaliento y la presunción de la razón.

EL ESPÍRITU DEL HOMBRE ES FINITO EN CIENCIA MORAL, PORQUE LLEGANDO A DIOS, NO PUEDE IR MAS ALLÁ; y será siempre imperfecto en ciencia física, porque, a par de lo que adelanta, va retirándose al término de sus indagaciones.

No hay que buscar en otra parte sino en nosotros mismos la razón de la inconsecuencia de nuestros juicios. Nosotros juzgamos de la física con nuestra razón y de la moral con nuestras pasiones. LA CAUSA DE LAS CREENCIAS EN LA FÍSICA ES PORQUE EL ESPÍRITU BUSCA MOTIVOS PARA CREER, Y LA CAUSA DE LA INCREDULIDAD EN LAS VERDADES MORALES, ES PORQUE EL CORAZÓN, SIN ADVERTIRLO, LOS BUSCA PARA NO CREER. He aquí la causa por qué las innovaciones y novedades hacen tantos entusiastas.

No es posible admitir relaciones entre los medios y los fines, sin creer en una inteligencia que, obrando con intención, creó las facultades y las ordenó para ciertas funciones y dispuso los medios para conducir a ciertos fines.

El hombre fue hecho con intención y por una INTELIGENCIA SUPREMA, cuando él con intención y por su inteligencia hace todas sus obras. El hombre inteligente nada puede hacer que no sea a su imagen, como él mismo fue hecho a imagen de Dios. El hombre es superior al Universo, como lo es el pensamiento al cuerpo; y el espíritu del hombre es mas grande que el Universo, porque puede pensar, nombrar y calcular un universo infinitamente mas grande que el que habitamos.

5/10/10

Fuego purificador


El duque de Borbón era francés, pero había servido junto a las armas españolas contra sus propios paisanos: era pues, un traidor a su patria y por eso no lo veían bien, no solo los franceses sino algunos nobles españoles.

El caso es que dicho duque pasó por Toledo, donde tuvo que pernoctar. El emperador Carlos V se comunicó con el conde de Benavente, Alonso de Pimentel, y le mandó que diese hospedaje aquella noche al duque.
- ¿En mi casa, señor?...- preguntó el conde.
- En tu palacio, que es el mas hermoso de Toledo - le contestó el emperador.

El conde de Benavente bajó la cabeza y se retiró. Aquella noche llegó al palacio el duque de Borbón. Lo recibió con gran cortesía el de Benavente; quiso el duque conocer las maravillas y riquezas que el palacio contenía, y todas se las mostró el caballero castellano. El de Borbón se retiró luego a sus aposentos, durmió aquella noche, y a la mañana siguiente continuó su viaje.

Poco después de abandonar el palacio, el conde de Benavente le pegó fuego al edificio: ardió todo, muebles, tapices, lienzos, hasta los magníficos aleros ornamentales.

Cuando algunos nobles le preguntaron al conde por qué había reducido a cenizas tan suntuoso palacio, repuso:
- Yo hospedé en él al duque porque así me lo ordenó mi Emperador y señor; pero donde un traidor ha vivido, no puede permanecer un hombre de honor.

22/9/10

La forja de un gran reino


(De Borafull)












Pedro, que de católico el renombre



Mereció: en Roma ungido,



Y el perdón de la Iglesia recibido,



De San Jorge de Alfama



Él orden funda; y estender su fama



Logra en la venturosa



Batalla de las Navas de Tolosa.



Jaime, el conquistador, su hijo le sigue,



Que a los moros persigue.



Quitáles a Mallorca



Murcia, Valencia, Ibiza y a Menorca:



En treinta lides los venció, y deshizo:



Sus tributarios a los reyes hizo



De Tremecén, de Túnez y Granada.



El cielo su ventura hace colmada,



Pues descendiendo a Barcelona dones,



Que tales no hizo a las demás naciones,



En sueños le aparece la gloriosa



De dilección hermosa



Madre, y del Verbo redentor del mundo,



Al tiempo que a Nolasco y a Raimundo;



Y a los tres, que reciben los favores,



De su orden fundan el de Redentores,



Con la cruz del Cabildo esclarecido,



Y barras de Wifredo distinguido.



Pedro tercero el Grande proclamado



Fue e el paterno reino y el condado.



Derrota los franceses,



Muerto entre el rechinar de los arneses



Filipo su monarca,



Ausiliadora de Narciso el Arca,



Que de moscas lanzó campo volante,



Cuando Gerona le creyó triunfante.



Ni de Neptuno calla



Ronca bocina la naval batalla,



En que después de su combate fiero,



El francés almirante prisionero,



Toma con unos hechos singulares



Posesión Cataluña de los mares.



El de Levante son soberbia armada,



Siendo terror del África su espada,



Surca Pedro; en Sicilia se corona;



Malta, Calabria, su esplendor pregona.



En Isabel de su consorcio fruto,



A la virtud dolcísimo tributo,



Patricia da de Barcelona al suelo,



Y Reina a Portugal, y Santa al cielo.



Nuevos países grande Rey adquiere,



Y gran soldado en la campaña muere.



De lid sangrienta vencedor, los daños



Tercero Alfonso, su hijo, en breves años,



Y días de honor llenos



Sentir hizo a franceses y agarenos.






En Sicilia reinaba



Jaime segundo cuando Alfonso acaba.



Sube al fraterno trono,



sirviéndole de abono



El justo y verdadero



Título, que alcanzó, de Justiciero.



Cuando en victorias su valor empeña,



a Córcega conquista y a Cerdeña.



Vencedor del murciano y granadino,



No solo es ya el Monarca tunecino,



Según el hado en sus reveses vario,



Sino el Imperio griego tributario.



Agregando a su patria



Los ducados de Atenas y Neopatria,



El catalán y aragonés valientes



A sus pies subyugando nuevas gentes,



Le dan el mando en Libia, Macedonia,



Tracia, Tesalia, Acaya y Licaonia,



Donde hacen que moneda el cuño forje,



Y en ella el busto del patrón san Jorge.



El estudio de Lérida erigido,



Y el orden de Montesa instituido.











Del quinto Alfonso celebró la gloria.



Se llamó Rey de Hungría, de Croacia,



Jerusalén, Sicilia, y de Dalmacia.



La Corona de Nápoles ceñida



En lid con los franceses adquirida,



Güelves recuperada,



Córcega con Cerceña asegurada,



De Marsella, además, dueño absoluto;



Y Génova en tributo,



En Italia y en África triunfante,



fue de la fama empleo el mas brillante.







Idiosincrasia del ser español








El español, ser caballeroso, de sentimientos nobles y modales corteses y galantes. De ello hacían votos los caballeros de la Banda. Llevaron nuestros soldados a Italia la cortesanía caballeresca; es notable la diferencia que había entre ellos y los soldados franceses, que dondequiera que entraban se entregaban al saqueo, como en Cápua el año 1501; en el mismo saco de Roma, en los desórdenes y abusos de Milán, en medio de los horrores de la guerra, no se complacían los nuestros en la lujuria ni en el escándalo, no se entregaban, como los franceses y alemanes al vino ni a comprar el favor de la mujer, muy al contrario, la conquistaban.


Fueron atrevidos, aventureros, batalladores, altivos; pero nobles, caballeros y generosos. Copiaron los italianos nuestras fórmulas sociales, nuestros saludos, y así dice Cantú que “las costumbres en la época del Galateo eran groseras, aunque ya comenzaban a modificarlas la etiqueta y las ceremonias españolas”. Y Boccalini añade: “En la forma, en lo exterior, todo es en los españoles gentileza, todo se resuelve en cumplidos”, y compara las palaras de los hispanos, por su finura, con las de una princesa.


Nuestros grandes capitanes trataban a sus soldados de “señores soldados” o de “amigos”. Gonzalo Fdez. De Córdoba tenía abierta la puerta hasta al último soldado y a la plebe italiana, cuando los barones napolitanos no se dignaban contestar a sus palabras ni a sus saludos. Era la cortesía caballeresca española, muy bien casada con la llaneza democrática (no confundir con la Democracia revolucionaria), propia de nuestra raza. Decía nuestro adversario Julio II que los españoles “eran mas pobres y mas soberbios que los franceses, pero mas valerosos, mas justos y mas ilustrados”.


Los españoles, guerreros todos, son iguales por la sangre y nacimiento. Nueva nobleza y distinción de clases nació, pero el amor por la independencia los unía a todos y la guerra los igualaba. Por eso ni en Francia ni en Italia hubo epopeya popular, porque ni en una ni en otra hubo verdadero pueblo, o sea, el conjunto de todas las clases sociales animadas de un solo espíritu nacional, formando una sola nación, y por eso en España no hubo Feudalismo propiamente dicho, a diferencia de Francia en la que trajo la división de clases sociales, apartando a los señores y a los vasallos sin libertad y manejados despoticamente. No hubo una guerra nacional como la de España, que libertase a los esclavos e hiciese iguales a todos. En Italia, los municipios a la romana se fueron convirtiendo en repúblicas independientes, a las cuales tampoco unió nunca guerra ni empresa nacional, siempre divididas entre sí y a merced de invasores extranjeros.


Así nació el pueblo español, formado de todas las clases sociales y gobernado por un solo señor, el rey, elegido por el pueblo, sometido a las leyes comunes y a las cortes formadas por todas las clases sociales. Por la Reconquista nació este pueblo, verdadero pueblo libre y unido por un solo espíritu nacional, al menos eso canta la epopeya o romancero.

10/9/10

Juicio crítico de la filosofía








La filosofía ya no significa la sabiduría y la ciencia de las cosas morales y generales, sino toda manera generalizada de considerar los objetos, sean los que fueren. Hoy la filosofía es el arte de pasarse sin religión, y si del todo no pueden prescindir de ella, la quieren como la quería Maquiavelo, esto es, para poder dominar al pueblo con su feroz despotismo. Siempre que un filósofo cree sentar una base mas profunda que la de sus predecesores, sobreviene al momento otro pensador que ahonda algo mas, y mueve una duda sobre aquella base. Kant es uno de los destructores de la filosofía, o sea, de la metafísica (y quienes le precedieron en Alemania).


Platón y Aristóteles se preguntaban: ¿Qué es conocer?, nosotros, al cabo de tantos siglos, después de tantas observaciones y experiencias, tantos sistemas y disputas, orgullosos de los progresos de la razón, aun preguntamos lo mismo; y nosotros que buscamos aun la ciencia y la sabiduría, fuera de toda Verdad, no hemos encontrado mas que el caos, el desorden y la anarquía.


Nunca ha habido sistema de filosofía que haya podido reunir todos los espíritus en una doctrina común. Con el panteísmo y el racionalismo se van alargando mas las distancias, puesto que todo se convierte en materia y en egoísmo interesado. El hombre es juguete de sus propias ilusiones. ¿Queréis, dice Fenelon, que yo crea alguna proposición en materia de filosofía? dejad a un lado los grandes nombres; vengamos a las pruebas, dadme ideas claras, y no citas de autores que se han podido engañar, y, lo que es peor, ser juguete de sus pasiones a la vez que esclavos de todos los vicios, que no porque sea voluntaria deja de ser por esto esclavitud.


La filosofía de Epicuro para sus enemigos, corrompió el ánimo y valor de los romanos e hizo mas mal a Roma que todos sus enemigos juntos. Como ya hizo en la Ilustración, y como hará siempre que adquiera algún predominio, QUE ES CUANDO EL HOMBRE ESTÁ DEGRADADO.


UN PUEBLO DE FILÓSOFOS SERÍA UN PUEBLO DE “INDAGADORES”, MEJOR DICHO, UN PUEBLO DE LOCOS Y DE ILUSOS; Y UN PUEBLO, SO PENA DE PERECER, DEBE SABER Y NO INDAGAR: POR ESTO PERECIERON GRECIA Y ROMA, Y PERECERÁ LA CIVILIZACIÓN MODERNA, PORQUE QUIERE INDAGAR Y DEBE SABER, Y NO SABE.


Los Anglosajones...esos sí que saben, son los menos filósofos de todos, porque son los que mas comercian y una nación mercantil se acalora poco acerca de cuestiones filosóficas, como buenos especuladores. ¡Alabado sea su dios!: el dólar y la libra.


Cuando se cree sin razón legítima, aparece el fanatismo: les sucede a los admiradores del panteísmo krausista y hegeliano. La triste influencia de estas ilusiones se extendió en Alemania (¡¡Ay si los viejos emperadores del Sacro Imperio levantaran cabeza!!) a la moral, a la política, a la jurisprudencia, etc...hasta los mismos gobiernos participaron de ella. Un estado tal, respecto de un pueblo, es el delirio de la caducidad. En Francia ese delirio y ese filosofismo condujo a la guillotina.


La filosofía ha de ser siempre materia de escándalo y un signo de contradicción; aun cuando un escritor pudiese llevar hasta la evidencia la demostración de sus opiniones, SOLO LA APROBACIÓN GENERAL PODRÍA DARLE AUTORIDAD.


Todos los hechos son verdades, mas no todas las verdades son hechos (como las fábulas vendidas como reales). El mundo moral no fue entregado a nuestras disputas como el mundo físico, porque las disputas lo trastornan y aniquilan, y hoy no hacemos mas que discutir. Cicerón dijo una vez: nada hay tan absurdo que no haya sido enseñado por algún filósofo.


En los principios morales no conviene decir: YO DUDO, porque entonces será menester dudar de todo, hasta de la lengua que sirva para expresar la duda; lo cual sería una ilusión del espíritu, y tal vez una impostura. Al contrario, es conforme a razón, y aun necesario, y en gran manera filosófico (pero no falso filosofismo) empezar por decir: YO CREO. Es necesario comenzar por creer alguna cosa, si se quiere saber alguna cosa; PORQUE EN LAS COSAS FÍSICAS SABER ES VER Y TOCAR; SABER EN MORAL ES CREER LO QUE NO SE PUEDE COMPRENDER POR RELACIÓN DE LOS SENTIDOS.


A buen entendedor...

¿Qué es el Modernismo?



De: Argentinidad


Herejía o mejor, compendio de herejías surgido en el seno de la Iglesia a comienzos del vigésimo siglo XX bajo el influjo de la filosofía y de la crítica moderna, con la pretensión de elevar y de salvar la religión y la Iglesia Católica a través de una renovación radical.

Autores principales: en Francia Leroy y Loisy, en Inglaterra Tyrrel, en Alemania Schell, en Italia los autores (anónimos) del “Programa de los Modernistas”, que no tienen originalidad, pero repiten ideas de otros; obstinado seguidor y defensor del Modernismo fue E. Bonaiuti.

El Papa San Pío X sancionó dos documentos contra el Modernismo: el Decreto del Santo Oficio “Lamentabili” (3 de julio de 1907, DB, 2001 ss.) y la Encíclica “Pascendi” (8 de septiembre de 1907). El primero consiste en una serie de 65 Proposiciones condenadas, la Encíclica es un lúcido y profundo análisis de las teorías modernistas en contraste con la sana filosofía y con el patrimonio de toda la doctrina cristiana. Para hacerse una idea exacta del Modernismo basta leer este documento pontificio, que, no obstante las protestas de los Modernistas, con el pasar de los años, se ha demostrado siempre más objetivo y eficaz.

El Modernismo es una híbrida amalgama de catolicismo verbal con un real racionalismo naturalista, en base a tres falsos sistemas filosóficos:

1) Agnosticismo (del Kantismo), que pone juntos subjetivismo, fenomenismo y relativismo, desvalorizando el conocimiento racional.

2) Inmanentismo, por el cual la conciencia humana lleva en sí virtualmente toda verdad, también aquella verdad divina, que se desarrolla bajo es estímulo del sentido religioso (de la doctrina de Kant y de Schleiermacher).

3) Evolucionismo radical, por el cual la verdadera realidad no es el ser, sino el devenir dentro y fuera del hombre (de Hegel y más todavía de Bergson).

Consecuencias de índole religiosa:

a) Imposibilidad de demostrar un Dios personal, distinto del mundo.

b) La religión y la revelación son un producto natural de nuestro subconsciente y el dogma es la expresión provisoria, sujeta a una perenne evolución.

c) La Biblia no es un libro divinamente inspirado, sino que debe ser estudiado críticamente como libro humano, sujeto a errores.

d) La ciencia no tiene nada que hacer con la Fe: el crítico como tal puede negar aquello que admite como creyente.

e) La divinidad de Cristo no es producto de los Evangelios, sino que es fruto de la conciencia cristiana.

f) El valor expiatorio y redentor de la muerte de Cristo es una opinión de San Pablo.

g) Cristo no ha instituido la Iglesia ni el primado de Pedro, pasado luego a los Romanos Pontífices: la actual organización eclesiástica es la resultante de humanas contingencias y puede cambiarse continuamente.

h) Los Sacramentos fueron instituidos de los Apóstoles, que creían así interpretar las instrucciones del Maestro. Estos Sacramentos sirven solamente a mantener vivo en los hombres el pensamiento de la presencia del Creador siempre benéfica.

i) El dogmatismo rígido de la Iglesia Romana es inconciliable con la verdadera ciencia, que está ligada a la evolución universal y sigue su suerte.

San Pío X concluye justamente que el Modernismo, en razón de estos principios deletéreos, conduce a la abolición de toda religión y, por tanto, al Ateísmo.

Pietro Parente, Antonio Piolanti, en “Diccionario de Teología Dogmática”, 1943.

El Refugio: Lo contrario de una revolución.

Nota de Argentinidad: La foto del cura modernista de mierdas me la mandó un amigo, y espero no causar ofensa alguna al amigo de El Refugio, nó así a quienes son los traidores de siempre. Sea el hereje de la foto, como todos sus boludos que lo siguen en su rebaño anti católico. Y que se pierda la gutarra en el culo, pero en astillas, así, sus hemorroides le duren y ardan, hasta que se arrepienta. Si se arrepiente...



Esteban Falcionelli

7/9/10

Triste aniversario en las Dos Sicilias


El día en que el masonazo criminal de Garibaldi puso fin a 730 años de historia (que comenzaron en 1130 con el normando Roger I de Hauteville).

14/8/10

El ocaso de esta Era



Las virtudes que engrandecieron Roma:



Responsabilidad ciudadana (auctoritas), Autoestima (dignitas), Tenacidad (firmitas), Austeridad (frugalitas), Laboriosidad (industria), Buena educación (comitas), Discreción (prudentia) y la Honestidad (pudicitia).



Contó Marcelino, que la decadencia del Imperio se debió a la indolencia, degradación y afán de placer de los romanos, apartados de las virtudes que antaño habían hecho grandes a sus ancestros, aquellas virtudes tan ferreamente perseguidas por Octavio Augusto.



"Los imperios decaen por dos circunstancias: LA INEPTITUD Y CORRUPCIÓN A NIVEL HUMANO Y MORAL DE SUS LÍDERES, Y EL DESPILFARRO Y LA FALTA DE AUSTERIDAD EN SUS SOCIEDADES, CORROMPIDAS CON EL SUSTENTO FÁCIL QUE PROPORCIONAN SUS DIRIGENTES. LA COMBINACIÓN DE 'PAN Y CIRCO' (sustitúyase circo por fútbol) HA SIDO MAS NEFASTA PARA LOS IMPERIOS QUE LAS HORDAS BÁRBARAS ENCABEZADAS POR EL PROPIO ATILA. EVIDENTEMENTE, UNA ACTITUD VIGILANTE CONTRA ESTOS VICIOS DE LA SOCIEDAD ES MISIÓN IMPOSIBLE DADO EL CARÁCTER HUMANO DE LAS MISMAS QUE, MAS PENDIENTE DEL 'BIEN VIVIR' QUE DE OTRAS PREOCUPACIONES DE MAYOR ALTURA MORAL, PREFIERE RELAJARSE HASTA LA EXTINCIÓN, ANTES DE AFRONTAR EL ESFUERZO QUE SUPONE SUPERARSE".



Nuestra época, toca a su fin (la civilización occidental o la antigua Cristiandad, lo que hoy falsamente llamamos el Estado del bienestar; todo ello gracias a la aquiescencia de los dirigentes del "mundo libre"). Quizá no lleguemos a verlo, pero también es cierto que la Historia es cíclica y los que hoy están arriba llegará el día en que estén abajo.


Pero no tenemos miedo: "ESTARÉ CON VOSOTROS HASTA EL FIN DE LOS TIEMPOS" (Jesús de Nazareth)


5/8/10

Impíos revolucionarios


Ya lo decía Mirabeau: "Para sembrar la Revolución en Francia, es necesario descatolizarla". Diderot decía: "La Revolución consiste en ahorcar al último Rey con las entrañas del último sacerdote". Mazzini, en su célebre carta-programa del mes de octubre de 1846, decía: "El gran fin de la Revolución muy pocos deben de conocerlo, , porque muy pocos podrían soportar lo que se debía de adular a los reyes para perder a los sacerdotes y a los sacerdotes para perder a los reyes, para que sembrando la discordia entre las potestades eclesiástica y civil, se logre la completa ruina del antiguo edificio social".

Garibaldi, al comité romano, como él le lama en su carta, dice: "Que si el Papa tiene 500.000 sacerdotes que oren por él, la Revolución posee 500.000 asesinos que hundan sus puñales en el corazón del Papa y en el de todos los sacerdotes". Proudhon dice: "Dios es el mal, el gobierno de la Providencia deprava al mundo y todo revolucionario debe trabajar constantemente para reemplazar a la fe con el ateísmo en el mundo". Robespierre decía: "Osadía, osadía es necesario para que la Revolución pueda triunfar". Maquiavelo decía: "Calumniad, calumniad, que de la calumnia siempre queda algo". El demócrata Pianelli en su proclama de Italia cuando las anexiones decía: "LA PIEDAD, ES UN CRIMEN".

Ahí estuvo el gran mal, que no se limitó a tratar a Jesucristo como a un extraño, sino como a un rival. Toda autoridad que el hombre ve cerca de la suya, le importuna y le causa tentaciones de envidiarla; y esta envidia llega a ser tanto mas grande cuanto mas superior aparece esa autoridad. He aquí porque se dijo a partir de entonces a Jesucristo: "Toma tu cetro y vete; puesto que tienes un cielo, ve a reinar en tu cielo, y déjanos solos, reinar en nuestros dominios".

Nunca hicieron los revolucionarios libres a los hombres, les ataron con las cadenas mas gruesas de la esclavitud...cadenas que perduran hasta hoy día.

2/8/10

La educación legítima, esto es, la católica


La perfección de la voluntad es lo que mas honra al hombre y mas autenticamente denota su virilidad, por ser la voluntad, expresión de todo valor humano y de toda pujanza social. Y lo que perfecciona la voluntad del hombre es la obediencia del niño; en toda educación bien ordenada hay que practicar constante y generosamente esta fórmula: APRENDER Y OBEDECER.

La Obediencia, ley imperiosa de toda vida humana. Ésta, comunica a nuestra voluntad tres cosas de que nacen su grandeza y pujanza, a saber: LIBERTAD SOBERANA, RECTITUD INFLEXIBLE Y FUERZA FECUNDA, con la cual se predispone el hombre a grandes creaciones y victorias decisivas. Es la obediencia, escuela de fortaleza y aprendizaje de poderío, y engendra hombres fuertes porque no se impone brutalmente a la infancia, siendo de suyo libre y soberana.

Aprender a creer, para que se desarrolle la inteligencia; aprender a amar, para que se desarrolle el corazón, y aprender a obedecer, para que se desarrolle la voluntad; tales son los tres elementos primarios de toda educación legítima: esto es, LA CATÓLICA. POR EL CONTRARIO, LA ANTICATÓLICA, EMPIEZA A ENSEÑAR LA DUDA PARA QUE SE DESARROLLE LA INDIFERENCIA Y LA FANTASÍA DE LA DÉBIL CABEZA DEL HOMBRE, DE SU EFÍMERA INTELIGENCIA, Y SE PIERDA HASTA EL SENTIDO COMÚN, es decir, para que se desarrolle la voluntad de toda rebeldía contra toda clase de leyes y autoridades: la anarquía es su legítimo resultado. Ésta es la causa de la enseñanza atea, aunque disfrazada con la careta de la libertad de enseñanza, así como en nombre también de la ciencia, de la ilustración, cultura, progreso indefinido y civilización moderna ¡JA!. He aquí porque los revolucionarios, tratan por excelencia de APODERARSE DE TODA ENSEÑANZA: he aquí lo que conllevará: la muerte de la sociedad con todo lo existente.

El gran misterio de la educación legítima (la católica) es inculcar en los niños profundo acatamiento a aquella apacible majestad, donde tan confundidos andan respeto y amor. La escuela católica es la mayor escuela, la mas digna y sublime que existe en el mundo: ES LA ESCUELA DEL RESPETO, ES LA ESCUELA DE LA VERDAD. Cuando llega el desprecio a la educación cristiana y católica, entonces hiere al respeto en su raiz primordial, sube, por decirlo así, a matarle en el seno de Dios; después de este atentado, en razón directa de la altura a que ha tenido que elevarse, derrúmbase luego por la sociedad, echando por tierra todo cuanto en ella sobresale. NADA OBTIENE YA ENTONCES RESPETO LEGÍTIMO, NADA; NI LA MONARQUÍA, NI LA PATERNIDAD, NI LAS LEYES, NI LAS INSTITUCIONES, NI LOS HOMBRES, NI LAS COSAS.

El carácter distintivo de la falsa educación, es la degradación de la sociedad, el ultraje a la dignidad, el menosprecio a toda la altura que puede alcanzar en la tierra; el desprecio al hombre y del hombre a sí mismo; el desprecio al mismo Dios como prueba del gran vértigo del orgullo del hombre, de su soberbia, de su egoísmo, de su ingratitud.

LA NATURALEZA ES LA LEY DE NUESTRA EDUCACIÓN, PORQUE ES NECESARIA A NUESTRA VIDA; EL AMOR ES LA LEY DE LA EDUCACIÓN PORQUE NECESITAMOS AMAR; EL RESPETO ES LA LEY DE LA EDUCACIÓN, PORQUE NECESITAMOS RESPETAR. Sea pues la católica, la educación que mas eleva al hombre y su espíritu.

20/7/10

Encuentro de los titanes de la Fe


Aquél fue uno de aquellos encuentros que mereció la pena inmortalizar: San Francisco de Asís junto a Santo Domingo de Guzmán; sobran las palabras, la intensidad y el contenido de la imagen lo dicen todo.

“Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo” (Sto. Domingo)

"Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es, o poco, lo que hasta ahora hemos adelantado" (San Francisco)