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15/5/10

Las Baylías de la Corona de Aragón


En los estados de la Corona, la administración de cada uno de ellos corrió a cargo del procurador del rey, que era la mas alta autoridad política, y que se venía denominando gobernador general.

Valencia, Cataluña y Mallorca constituyen sendas baylías que están bajo el bayle general.

En Cataluña, los diferentes condados están divididos en vicariatos o "vegueríes". En Aragón, el territorio está dividido en "honores" y a los bayles se les denomina merinos. En el Reino de Valencia, se dividió en "justiciados", regidos por un justicia, con funciones predominantemente judiciales. pero también administrativas y militares. Corría el año de Nº Señor de 1449.

17/4/10

Cuando se prohibió el trinquet



Curioso, ocurrió el año 1391:

Se prohibió jugar a la pelota dentro de la ciudad de Valencia, no ya por el juego en sí mismo, pues es distracción propia de caballeros que a nadie incomoda, sino por lo mucho que se blasfema en el calor de la práctica.

Los jurados habían dado ya varias disposiciones para evitar estas ofensas a la Religión, pero no hubo modo de reducirlas porque era la pasión de la pugna la que despertaba las imprecaciones y juramentos. De manera que el "Consell" decidió la prohibición que se esperó no fuera definitiva sino pasajera, hasta que los jugadores recapacitaran y dejaran de ofender al Cielo.

En Valencia, como se sabe, había buenos trinquetes pero el mas conocido por la calidad y prestancia de sus jugadores era el llamado "de los Caballeros", situado muy cerca de San Juan del Hospital (perteneciente a la orden de los Hospitalarios o de Malta). Pero no obstante su dignidad y la cercanía del templo, también allí blasfemaban hasta que llegó el cierre.

16/11/09

La primera gran armada española


Barcelona, primer lugar en España en cuanto a Marina se trataba, en los siglos medios. Como dice Balmes, al leer las Memorias históricas sobre la marina, comercio y artes de la antigua ciudad de Barcelona del insigne Campmany, parece que uno se engríe de pertenecer a esa tierra catalana cuyos antepasados se lanzaban tan briosamente a todo linaje de empresas, no consintiendo que otras los aventajasen en la carrera de la civilización y cultura.

La de las Baleares, empresa llevada a cabo por Ramón Berenguer el Grande, su viaje a Italia, sus tratados con los estados italianos, la empresa contra Almería, dan clara idea del poder de la marina catalana llegado el S. XII. Comenzó a ser Barcelona un puerto abiero a todas las naciones conocidas, convirtiéndose en pocos años en uno de los principales emporios del Mediterráneo y suministrador del resto de España y Europa. Con Jaime I, eclipsó la fama de las florecientes repúblicas italianas. De ello son evidentes pruebas, el armamento hecho para la conquista de Mallorca y las campañas de África y Sicilia en el reinado del "valenciano" Pedro III el Grande; pero mas que todo el libro del Consulado del mar, famoso y digno monumento de la sabiduría de nuestros mayores.

Barcelona tenía entonces cónsules y factores mercantiles en todos los puertos importantes del Mediterráneo, norte de Europa, África y Oriente Próximo (Nápoles, Alejandría, Génova, Palermo, Alghero, Messina, Malta, Constantinopla, Niza, Roma, Málaga, Sevilla, Almería, Venecia, Trípoli, Chipre, Ischia, Túnez, Beirut, Siria, etc...).

Surcaban los catalanes con naves propias todos los mares entonces conocidos, para mayor gloria de la Corona de Aragón, y la importancia que adquirió su comercio hizo que la junta de prácticos, que tenía ya establecida para decidir los negocios mercantiles, se convirtiese a mediados del S. XIV en un tribunal que se llamó "consulado de mar", semejante al establecido en Valencia desde 1283, extendiéndose su jurisdicción a todas las causas marítimas y mercantiles. Se fundó también la Taula de cambi, banco instaurado en 1401, primer o segundo establecimiento de esta naturaleza en Europa.

Tiempos grandes sin duda e historia gloriosa, que hoy se ve ensombrecida, deshonrada, manipulada y falseada por toda la caterva de políticos que abona las tierras de España, y mas concretamente las de Catalunya.

¡Desperta ferro!
DPFR

30/6/09

Don Diego Hurtado de Mendoza, la espada y la pluma


Ocupa el primer lugar entre los historiadores particulares y ha merecido ser comparado a Salustio por su robusta concisión, por lo enérgico, preciso y sentencioso. Nació don Diego en Granada por los años de 1503, y luego de haber aprendido en aquella ciudad la gramática y algunas nociones de lengua arábiga, pasó a Salamanca a estudiar las lenguas latina y griega, la filosofía y ambos derechos.

Deseoso de adquirir nombre entre los guerreros de su tiempo, voló a Italia, donde militó muchos años bajo los ejércitos de Su Majestad imperial el rey Carlos; pero era tanta la afición que conservaba a las letras entre el estruendo y la inquietud de las armas, que aquel ocio que le permitían las temporadas de sus cuarteles de invierno, lo empleaba en visitar las mas célebres universidades de aquel país, oyendo y consultando los mayores sabios, que eran entonces su ornamento. Prendose el emperador de su vasta erudición y lo empleó en arduos negocios de estado en Venecia y Roma. Asistió al Concilio de Trento, y después de una ausencia de 30 años, muerto el emperador, volvió a España fijándose en Madrid con plaza en el consejo de Estado; pero incurrió pronto en la desgracia de Felipe II, y retirado a Granada volvió a darse por entero a sus estudios, enriqueciendo a España con los centenares de códices arábigos, que fue reuniendo. Vuelto a la corte y a la gracia del rey, murió en 1576.

La obra que le granjeó mas celebridad fue su Historia de la guerra contra los moriscos de Granada. Es Mendoza, el primer historiador español que supo hermanar la elocuencia con la política, es decir, supo juntar en una misma obra, el arte de escribir bien con el de pensar. Su expresión, que es nerviosa y concisa, forma un estilo grave tan lleno de cosas como de palabras, al cual da gran realce el uso oportuno de profundas sentencias y reflexiones. El corte de la frase es constantemente latino, unido no obstante a la grandiosidad castellana, pero si su elocución es noble, enérgica y grave, ha de confesarse que no es siempre fácil y natural en aquellos rasgos en que manifiesta su esmero en imitar la brevedad y rapidez de Salustio o de Tácito, si ya no era este rigor de laconismo, hijo de la severidad de su condición.

El padre Mariana, príncipe de los historiadores y siempre polémico



Fue el padre Juan de Mariana, jesuita, el primero en escribir en España, una historia general completa, que a la buena coordinación de los hechos reuniese la hermosura del lenguaje y que por su mérito particular se granjease general aprecio. Antes de él, no había que pedir gran crítica ni filosofía a los historiadores de aquel tiempo, siglo XVI, harto hacían con recoger datos esparcidos en monumentos y cronicones y ordenarlos del mejor modo posible; en la forma, no se arredraban ante el inconveniente de dar a sus obras una extensión desmedida; pertencientes a una época de erudición y de estudios concienzudos, se complacían en los mismo pormenores, en la misma pesadez que ahora nos cansa y abruma, y tomando por modelo a los autores de la antigüedad, gustaban, a imitación suya, de largas descripciones de sitios y batallas, y de las pomposas arengas.

Esteban de Garibay, autor del Compendio historial de las crónicas y universal historia de todos los reinos de España, al cual añadió algunos años después las Ilustraciones genealógicas de los católicos reyes de las Españas, mereciéndose por su trabajo ser premiado por Felipe II, tiene una obra excelente para consulta, desde los tiempos remotos a la toma de Granada, pero su estilo es poco agradable, aunque sencillo y natural. Sepúlveda, Sandoval y Pedro Mejía escribieron también historia, pero meras crónicas.

Volviendo al padre Mariana, fue su Historia General de España, que escribió en latín, la que hizo célebre su nombre, impresa por vez primera en Toledo en 1592. La celebidad que su obra obtuvo, obligole a completarla y a verterla en castellano. Limitose a reducir a forma histórica los infinitos materiales que andaban dispersos en los cronistas e historiadores que le precedieran: su intento, no fue escribir historia, sino poner en orden y estilo lo que otros habían recogido. El deseo de imitar a Tácito, la severidad de sus costumbres y la entereza de su carácter hicieron que el jesuita, que por nada se desviaba de lo que entendía ser justo y honesto, sazonara su historia con duras reflexiones, que por algunos han sido atribuidas a deseo de lastimar el crédito de la nación y el honor de sus reyes; pero mucho mas fundado que éste, es el cargo de haber hecho traición a la verdad, por no haber sabido distinguirla entre los errores de los monumentos, y haber admitido fábulas y consejos que arrancaron a él mismo aquellas palabras: plura transcribo quam credo. Estos defectos, empero, lo mismo que los vacíos que en su obra se observan, sobretodo respecto de la dominación árabe, se comprenden en su época y pueden ser mas o menos disculpados por la falta de buenos guías, no habiendo impedido que la Historia General, escrita con estilo grave, terso y grandioso, sin los lunares de la afectación ni de los vanos adornos, mereciese la preferencia entre todas las que hasta su tiempo vieron la luz pública y que diese a su autor el título de “príncipe de los historiadores de España”, a ninguno comparable y superior a todos.