5/3/14
Fuerza moral
La fuerza moral es la virtud, que capacita al hombre para llenar sus deberes; la dignidad, que produce amor a la milicia; la gratitud, que purifica el alma; la abnegación, que sacrifica juventud y riqueza. La fuerza moral del hombre es el ESPÍRITU DE HONOR, la EXPRESIÓN DE LA DIGNIDAD, el SANTUARIO DE LA CABALLEROSIDAD, el REFLEJO DEL CARIÑO y el INCENSARIO donde la patria vierte sus glorias para perfumar el corazón de sus hijos.
La fuerza moral es la victoria, porque en ella, mas que la voluntad puede el corazón, mas que la disciplina el sentimiento patrio, mas que la obediencia el cariño, mas que el mando la intensidad del afecto, mas que la esperanza del agradecimiento el contento del terruño, y mas que las satisfacciones del presente los elogios del porvenir.
¿Qué otra cosa sino fe es esa fuerza moral, que sujeta misteriosamente opuestas cualidades? ¿No es fe la fuerza moral que levanta al pusilánime, refrena al arrojadizo, ayuda al débil y rebaja al orgulloso? Sin la fe, la fuerza moral titubearía, rodaría arrastrando los prestigios legados por el pasado y las esperanzas puestas en el porvenir. La fuerza moral basada en la fe, trae consigo la exaltación de los nobles corazones. La fuerza moral independiente de la fe, conduce al aniquilamiento de toda civilización y a la muerte de toda sociedad.
20/4/13
La tiranía del Estado laicista y el odio contra la Religión
La tiranía laicista, que pretende imponer por el rigor de las leyes aun su propia concepción individualista de la Religión, contra lo que ésta es en sí misma y tal y como es profesada por los creyentes, aspira todavía a confinarla a lo íntimo de las conciencias, al santuario de la familia y al sagrado de los templos, a fin de poder constreñirla mas en sus modos de influencia personal y colectiva (porque no nos engañemos, de eso se trata), hacer arduo el proselitismo cristiano especialmente en la juventud, y dar mas fácil acceso al ateísmo social, que es la fórmula imperativa del nuevo cesarismo espiritual del Estado ERIGIDO EN DIRECTOR DE LAS CONCIENCIAS Y SOBERANO ABSOLUTO DE LA CULTURA PÚBLICA.
Solo con odiosa tiranía, puede el Estado poner limitaciones a la función docente de la Iglesia, cuyo origen radica en una ley divino-positiva, y a su expansión cultural que constituye una exigencia ineludible de su esencial carácter educativo sin el cual se desvirtuarían su naturaleza y personalidad propias.
Por su realidad de sociedad perfecta y absolutamente suprema en su esfera propia, LA IGLESIA ES INDEPENDIENTE DE TODA POTESTAD TERRENA TANTO EN EL ORIGEN COMO EN EL EJERCICIO DE SU MISIÓN EDUCADORA. POR EL OBJETO DIRECTO DE SU MISIÓN DOCENTE (PROPAGACIÓN DE FE Y FORMACIÓN DE COSTUMBRES), COMO PARTÍCIPE QUE ES LA IGLESIA DEL MAGISTERIO DIVINO, LLEVA EN SÍ MISMA ARRAIGADO EL DERECHO INVIOLABLE A LA LIBERTAD DE ENSEÑANZA (derecho recogido asimismo en este esperpento de Constitución, el cual debe estar garantizado por el Estado).
Por los graves deberes que la profesión de cristiano impone a los padres de familia en orden a la educación religiosa y moral de sus hijos, cuyo ejercicio constituye un elemento esencial de la libertad de las conciencias, así como es la dirección y salvaguardia de los mismos por parte de la Iglesia uno de los mas incontrastables derechos confesionales, tienen los padres de familia, y con mayor razón la Iglesia, la facultad y el derecho ante el Estado, de reclamar y asegurarse de que en las escuelas así públicas como privadas no se dará a lo menos nunguna enseñanza contra las convicciones y creencias de los católicos.
Ellos mismos, los civilizados incivilizados pretenden asumir el papel de aquéllos que se adelantaron a nuestros tiempos en la instauración de métodos y organizaciones ejemplares, y de generosas empresas encaminadas a la perfección cultural y a la democratización de la enseñanza. A la fecunda actividad docente de las Órdenes Religiosas, debe Europa (otrora la Cristiandad) uno de los principales fundamentos de su actual civilización. Pero el ser humano nunca cambia y así como el ángel de luz se rebeló contra Dios, el hombre se rebela contra el hombre.
NO, no nos equivoquemos, HOY, NO SE TRATA UNICAMENTE DE UN COMBATE ENCARNIZADO DEL LAICISMO CONTRA LA IGLESIA Y SUS INSTITUCIONES. NEGADA LA LIBERTAD DOCENTE DE LA IGLESIA (COMO PRETENDEN LOS TIRANOS Y SUS CÓMPLICES POR ACCIÓN U OMISIÓN), RECIBE UN GOLPE CERTERO Y DECISIVO EL DERECHO NATURAL DE LOS PADRES DE FAMILIA A REGIR LA EDUCACIÓN E INSTRUCCIÓN DE SUS HIJOS.
El producto de ese odio, es que los católicos, a un mismo tiempo y en un mismo ataque, ven vulnerados los derechos sagrados de su Religión y los de su personalidad civil como padres de familia.
A todos ellos, les recordamos por tanto estas palabras, en el desaliento y en la apatía, en la aflicción y en la desesperanza, con que León XIII y Pío XI les amonestaron: “LOS PADRES TIENEN DE LA MISMA NATURALEZA EL DERECHO DE EDUCAR A SUS HIJOS, PERO TIENEN ADEMÁS EL DEBER DE PONER SU INSTRUCCIÓN Y EDUCACIÓN DE ACUERDO PERFECTO CON EL FIN PARA EL CUAL HAN RECIBIDO SU PROLE CON BENEPLÁCITO DE DIOS. LOS PADRES DEBEN, PUES, EMPLEAR TODAS SUS FUERZAS Y UNA PERSEVERANTE ENERGíA EN RECHAZAR TODA SUERTE DE INJUSTICIAS EN ESTE ORDEN DE COSAS, EN HACER RECONOCER, POR MODO ABSOLUTO, SU DERECHO A EDUCAR A SUS HIJOS CRISTIANAMENTE, SEGÚN ES SU DEBER, Y SOBRE TODO EN APARTARLOS DE LAS ESCUELAS, EN QUE CORREN EL PELIGRO DE RECIBIR EL VENENO DE LA IMPIEDAD.”
6/8/12
¡Viva la Religión!
“Los voluntarios demostraron aquí como en otras partes que eran soldados bien aguerridos y perfectamente disciplinados, que se batían con entusiasmo y sabiendo por qué se batían contra los liberales: ¡Viva la Religión! ¡Viva el Rey! Era ordinariamente el grito que lanzaban al cargar contra el enemigo.
Durante el combate, un soldado de los cazadores de Doña Blanca, anciano de mas de 60 años, situóse en mitad de la carretera, y extendiendo delante su manta de abrigo, sobre ella colocó su porción de cartuchos, e impávido disparaba sobre el enemigo que venía en avance.
- ¡Retírese Vd. de ahí! –le decían algunos- ¡a lugar mas cubierto! ¡no sea loco!
- ¡No! –contestaba él- yo soy viejo y no puedo correr hacia atrás ni hacia delante; aquí les aguardaré quemando mis cartuchos y matando a cuantos pueda.
Otro soldado, que herido en una pierna se retiraba cojeando, al sentir que nuevamente se recrudecía el ataque, dio doble derecha, exclamando:
- Voy a ver si me pegan en la otra pierna.
Un corneta de los guipuzcoanos, gravemente herido, murmuraba en la camilla en que le conducían, casi moribundo, hacia Andoain:
- Viva Carlos VII, viva Carlos VII…¡zaldiskoari, zaldiskoari! (¡al del caballo, al del caballo!; el oficial de a caballo era Loma, quien se había dirijido a sus tropas liberales con estas palabras: “soldados, todos los carlistas que ahí están no llegan a 3.000 hombres, es una vergüenza que con 12.000 hombres no podamos contra ellos”)."
Juan Nepomuceno de Orbe y Mariaca, IVº Marqués de Valdespina
"Así se luchaba por la Religión y por el Rey…Sí, ¡Viva la Religión!: la Religión alumbrando las conciencias, constituyendo las familias, inspirando las leyes, esclareciendo la ciencia, y sancionando la monarquía. Sí, ¡Viva el Rey!: el Rey que reina y gobierna, que estudia, corrige y comparte las penalidades de la Patria; que sostiene y aplica las leyes fundamentales; que pide y escucha al docto y experimentado dictamen de los Concejos; que congrega a las fuerzas vivas de la Patria en consulta sobre los hechos arduos y para que los tributos, como sudor de la patria, se derramen con la aquiescencia general y sean como benéfico rocío que fecundice los campos, reanime las calderas de la industria, pueble los mares, propague la cultura, arme las fronteras, castigue al malo, premie al bueno y, faro de seguro puerto y de eterna salvación, brille en las luces de los altares, en los cánticos del presbiterio y sobre los capiteles de nuestras torres en los amantes y redentores brazos de la Cruz."
16/5/12
La caridad y la propiedad
Para la Iglesia, si bien la propiedad es legítima, ha de cumplir por supuesto una "función social", por lo cual tal derecho no debe solo satisfacer las necesidades del propietario sino que ha de usarse de él, en forma que resulte útil al bien común. Pero, si el propietario no usa de su propiedad para el bien común, si no cumple con su función social, ¿es lícito, según la Iglesia, privarle de su derecho, o al menos obligarle a que cumpla con tal función? LA RESPUESTA ES NEGATIVA: LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PROPIEDAD ES UN DEBER DE CARIDAD Y NO DE JUSTICIA, Y POR TANTO NO ES COERCIBLE (Cfr. Cardenal Verdier, ob. cit., pags. 107 y ss.).
La Iglesia distingue, en efecto, entre justicia y caridad. LA JUSTICIA, según ella, es la virtud moral que hace que se le dé a cada uno lo que le es debido, e implica el respeto al derecho del otro. La violación de un deber de justicia haría posible que se exigiese coactivamente la restitución. LA CARIDAD, en cambio, es la virtud teologal que hace amar, ayudar y socorrer a los otros porque Dios lo quiere y como medio de probar así el amor hacia Dios; pero la omisión de un acto de caridad constituye una violación de la ley divina o natural, de la que el hombre no puede pedir cuentas, solo Dios. Así SS San Pío X afirmaba que "para apaciguar los conflictos entre los ricos y los proletarios es necesario distinguir la justicia de la caridad. No hay derecho a reivindicación sino cuando la justicia ha sido vulnerada".
En la práctica de tal virtud de la caridad han visto los Papas, a partir de RERUM NOVARUM, la única forma segura de solucionar la "cuestión social" y establecer unas relaciones entre los hombres fundadas en un "ordo amoris" que sustituya a la lucha de clases.
De acuerdo a la función social de la propiedad, SS León XIII nos dice que "una vez satisfechas la necesidad y la conveniencia, es un deber socorrer a los necesitados con lo superfluo". Claro está que resulta muy difícil apreciar qué es lo superfluo, pero Monseñor Guerry nos tranquiliza afirmando que "LO QUE IMPORTA ES UNA INQUIETUD DEL ALMA SOBRE ESTE PUNTO, UNA ADVERTENCIA, UNA BÚSQUEDA DE LA CONCIENCIA ALERTADA POR UNA REGLA MORAL Y QUE SE SABE INTERPELADA POR EL ESPÍRITU SANTO CUYA LEY DE AMOR MARCA EL RÉGIMEN NUEVO INSTAURADO POR CRISTO." E incluso para hacerles aun mas fácil la práctica de la caridad (a esos ricos), la mas bella de las virtudes, major autem horum caritas, se les advierte que la forma de utilizar lo superfluo no ha de ser necesariamente donaciones y limosnas, pues puede incluso revestir la forma de "inversiones para la creación y desarrollo de una empresa"; y el Padre Bayart ha llegado a demostrar que "el jefe de empresa, mediante una sabia política de inversiones, puede tener el medio de practicar esta virtud de la magnificencia de la que, después de Santo Tomás de Aquino, hablaba SS Pío XI en el pasaje de Quadragesimo Anno, sobre los ingresos disponibles". (La propriété capitaliste et la doctrine sociale de l'Eglise).
Cuando San Pablo escribía: "la caridad es paciente, es benigna; no busca su provecho; todo lo sufre; todo lo sobrelleva." (1 Cor., 13, 4-7), estaba muy lejos de sospechar que con el tiempo llegaría a convertirse en la virtud propia de los managers y empresarios.
Los explotados, en cambio, si no les es posible ejercer la virtud de la caridad, sí están en capacidad de ejercer la de la paciencia.
22/4/11
Sufrimientos morales de Nuestro Señor Jesucristo durante Su Pasión

http://argentinidad.org.ar/sufrimientos-morales-de-nuestro-senor-jesucristo-durante-su-pasion
El Cristo Sindónico de Córdoba, España.
Cada uno de los episodios de la vida de Nuestro Señor y Salvador es de tan insondable profundidad que nos proporciona inagotable materia de contemplación.
Todo lo que concierne y se refiere a Dios es infinito, y lo que percibimos primeramente es sólo lo superficial de aquello que tiene su comienzo y término en la eternidad. Sería presuntuoso para cualquiera, salvo para santos y Doctores, pretender comentar las palabras y los hechos del Salvador, a no ser en la forma de meditación. Sin embargo la meditación y la oración mental son de tal manera un deber para aquellos que desean alimentar su fe verdadera en Dios, que se nos permite amados hermanos míos en Jesucristo, y guiados por los santos que nos han precedido, discurrir y explayarnos en estos temas que de no ser así, beberíamos más adorar que escudriñar. Ciertas épocas del año, especialmente la de Pasión, nos induce a que consideremos cuidadosa y minuciosamente aquellos pasajes del Evangelio considerados como los más sagrados.
Preferiría que se me tildase de poco firme u oficioso en mis comentarios del Evangelio, antes que de ajeno a este tiempo de la Pasión. Ahora, pues, prosigo, aunque cualquier otro predicador individualmente pueda abstenerse de hacerlo, encauzando vuestros pensamientos hacia un tema, acerca del cual pocos de nosotros meditamos, y que es adecuadísimo para esta época; me refiero a los sufrimientos que padeció Nuestro Señor en su inmaculada e inocente alma.
Bien sabéis, hermanos míos en Jesucristo, que Nuestro Señor y Salvador, aunque era Dios, era también verdadero hombre; y por lo tanto poseía no solamente un cuerpo, sino también un alma como la nuestra, aunque, claro es, exenta de toda mácula. Jesucristo no tomó el cuerpo sin alma. ¡Dios no lo permitiera! porque entonces no hubiera sido verdadero hombre. Pues ¿cómo hubiera podido santificar nuestra naturaleza, si tomaba otra que no fuera la nuestra?
El hombre sin alma es como las bestias de los campos; pero Nuestro Señor vino al mundo para salvar a la especie humana que es capaz de adorarlo y obedecerlo, poseído de inmortalidad, aunque ésta hubiera perdido su bendición prometida. El hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, y esa imagen está en su alma; luego cuando su Hacedor, por una condescendencia inefable, se revistió de nuestra naturaleza, también tornó un alma que estuviera de acuerdo con el cuerpo, alma que fuera el medio de su unión con el cuerpo; Tomó en primer lugar el alma y luego el cuerpo humano, ambos a la vez, pero en este orden: el alma y el cuerpo. Dios mismo creó el alma que había de tomar para sí, mientras que su cuerpo lo tomó de la carne de la Bendita Virgen María, su madre.
De este modo es como Dios se convirtió en hombre perfecto, con cuerpo y alma; y por eso se revistió de un cuerpo de carne y con nervios, y no sólo tomó un cuerpo de carne y nervios que admitiese las heridas y la muerte, y fuese capaz de sufrimientos, sino también un alma susceptible de estos sufrimientos, y aún más, susceptible de las penas y amarguras propias del alma humana, por lo que, así como su cuerpo sufrió la Pasión expiatoria, así también la sufrió su alma.
Mientras estos solemnes días van transcurriendo, nos detendremos, especialmente, hermanos míos en Jesucristo, a considerar los sufrimientos corporales de la prisión de Jesús, su peregrinación ante los jueces, sus golpes y heridas, sus azotes, la corona de espinas, los clavos, la Cruz. Todo esto está compendiado en el Crucifijo que pende ante nuestra vista: todo esto está representado en su sacrosanta carne, pendiente de la Cruz, y al verlo se nos facilita la meditación.
Pero con los sufrimientos de su alma ocurre de modo muy distinto. Esos sufrimientos no podemos representarlos ni investigarlos debidamente: se hallan muy por encima de todo sentimiento y pensamiento; y sin embargo se anticiparon al sufrimiento de su cuerpo. La agonía, sufrimiento del alma, no del cuerpo, fue el primer paso de su tremendo sacrificio: “Mi alma siente angustia de muerte”, nos dijo Jesús. Es más, todo lo que padecía en su cuerpo también lo padecía en su alma; y de este modo es como el cuerpo no era más que el conducto por el cual se vertían todos sus sufrimientos al verdadero centro de su pasión, que era su alma. Piemos de insistir en este hecho: os afirmo que no era el cuerpo el que sufría, sino el alma en el cuerpo; era el alma y no el cuerpo el centro de los sufrimientos del Verbo Eterno.
Consideremos, entonces, que no existe pena en realidad, aunque haya un sufrimiento aparente, cuando se carece de sensibilidad interna o espiritual, verdadero centro o núcleo del sentir. Un árbol, por ejemplo, tiene vida, órgano, crece y decae, puede ser dañado e inutilizado; se seca y muere, pero no sufre, porque no tiene espíritu, ni principio sensitivo. Más donde existe este don del principio inmaterial, es posible el dolor, siendo éste mayor en proporción a la calidad de dicho don. Si careciéramos de espíritu, sentiríamos lo que siente un árbol; si careciéramos de alma racional, no sentiríamos el dolor más de lo que lo siente el bruto, pero siendo hombres sentimos el dolor como solamente lo sienten aquellos que poseen alma racional.
Por esto, afirmo que los seres vivientes sienten de acuerdo al espíritu que los anima; el bruto siente mucho menos que el hombre, al no poder reflexionar acerca de lo que siente y al carecer de conciencia directa de sus sufrimientos. Por ende, el dolor es una prueba tan penosa que no podemos apartar el pensamiento de él, mientras nos acosa. Flota ante nosotros, se posesiona de nuestro espíritu, se adueña de nuestros pensamientos para fijarlos en sí. Si logramos distraer la mente, parece que el dolor se amortigua; por eso los amigos tratan de entretenernos cuando el dolor nos atormenta, porque el entretenimiento es distracción. Este método suele dar buen resultado, cuando nos aqueja un dolor leve, llegando hasta la insensibilidad del dolor mismo aún cuando suframos. Sucede generalmente que durante ejercicios violentos, o en el trabajo, los hombres se golpean o hieren de consideración, atestiguando la profundidad de sus heridas el sufrimiento que deben haber sentido en el momento de producírselas, aun cuando nada recuerden de ello.
También en el fragor de la lucha los combatientes se infligen heridas que no se advierten por el dolor que les producen sino por la pérdida de sangre que experimentan.
Os demostraré muy pronto, hermanos en Jesucristo, cómo aplicaré lo que os acabo de exponer a los sufrimientos de Nuestro Señor; pero primero quiero haceros otra observación: podemos soportar un instante de dolor, pero éste, si persiste, se torna intolerable. Tal vez llegaríais a exclamar que no podríais soportar más; por eso los pacientes quisieran detener la mano del cirujano solamente porque éste les causa un sufrimiento continuado; con esto digo que no es la intensidad lo que hace insoportable el dolor, sino su persistencia.
¿Acaso no son verdaderos filos de dolor el recuerdo de los momentos precedentes que actúan agudamente sobre el doliente?
Si el tercer, cuarto o vigésimo instante de dolor pudiera olvidarse, no existiría más que el primer momento, llevadero por ende, salvo el choque producido por ese primer dolor; pero lo que lo torna en insufrible es precisamente que es el vigésimo; pues, el primero, segundo, tercer momento hasta llegar al decimonono instante de dolor se concentran en el vigésimo; por eso cada instante adicional tiene toda la fuerza, la creciente fuerza, de todos los que le han precedido. Esta es la causa por la que los brutos parecen sentir tan poco el dolor, por carecer de reflexión y de conciencia. Ignoran su existencia, no reflexionan acerca de sí mismos, no miran ni al pasado ni hacia el futuro, pues cada instante a medida que va sucediendo comprende su todo; camina por la superficie de la tierra, viendo esto o aquello, sufriendo las penas, gozando en las alegrías, tomando las cosas como son y abandonándolas luego, como les acontece a los hombres cuando sueñan.
Tienen memoria, pero no memoria de ser racional. Reciben sensaciones particulares, pero no llegan a ejecutar nada por propia iniciativa, pues su capacidad no les permite reunir los elementos del que brotaría la consecuencia. Nada es para los animales ni realidad ni substancias, a no ser las sensaciones; aunque perciben sucesivamente todas y cada una de sus impresiones. De esta manera es como, a semejanza de sus otros sentidos, el que percibe el dolor no es más que débil y oscuro, a pesar de su manifestación exterior. Lo que otorga especial poder y agudeza al dolor es la compresión intelectual del mismo, como difusión total a través de sucesivos momentos, y solamente el alma, que no posee el bruto, es capaz de aquella comprensión.
Ahora bien, apliquemos todo esto a los sufrimientos de Nuestro Señor. ¿Recordáis cuando se le ofreció vino mezclado con mirra, en el instante de su crucifixión? No quiso beberlo. ¿Por qué? Porque tal bebida habría adormecido su mente, y Cristo estaba decidido a sufrir el dolor en toda su amargura. Sacad en conclusión de todo esto, amados hermanos míos, el carácter de aquellos sufrimientos. Jesús gustosamente hubiera escapado de ellos si hubiese sido la voluntad de su padre: “Si es posible -dijo- aparta de mí este cáliz”, pero dado que no era posible, explica calmosamente y decididamente al Apóstol que quería salvarle de esos sufrimientos: “El cáliz que mi Padre me ha dado ¿no he de beberlo?” Si tenía que sufrir, El mismo se entregaría al sufrimiento.
Cristo no vino a sufrir lo menos posible, ni a desviarse del sufrimiento, sino que lo enfrentó, y lo acometió, para que hasta la más pequeña porción de dolor cumpliera su cometido causándole la debida impresión. Y así como los hombres son superiores a los animales y el dolor les afecta más que a éstos, ya que poseen inteligencia que les capacita para el dolor, lo que es imposible en el caso del bruto; así de la misma manera Nuestro Señor padeció el dolor corporal con tal observación y conciencia, y por ende con tan aguda intensidad, con tal unidad y percepción, que ninguno de nosotros puede ni rastrear ni mucho menos alcanzarlo. Y esto era así porque su alma estaba absolutamente en su poder, y tan simplemente dueño de su atención, tan entregada al dolor y a la pena, tan absolutamente subordinada, tan sujeta al sufrimiento, que bien se puede decir que sufrió la totalidad de su pasión en cada instante de la misma.
Recordad que Nuestro Señor era en este aspecto diferente a nosotros, pues aunque hombre perfecto, sin embargo existía en El un poder superior a su alma y que la gobernaba, pues Cristo era Dios. El alma de los hombres mortales está sujeta a sus deseos, sentidos, impulsos, pasiones y perturbaciones; el alma de Cristo estaba sujeta únicamente a su Eterna y Divina Persona. Nada le aconteció a su alma por azar o súbitamente; Nuestro Señor nunca fue sorprendido, nada le afectó sin haberlo El deseado antes, nunca padeció pesares, ni temores, ni deseos, ni regocijos de espíritu, sin que El no hubiese deseado estar apesadumbrado, o temeroso o deseoso o regocijado. Cuando nosotros sufrimos, es a causa de agentes exteriores y emociones incontrolables de nuestro espíritu.
Caemos involuntariamente bajo el yugo del dolor, sufrimos más o menos agudamente ciertas circunstancias accidentales, y vemos nuestra paciencia puesta a prueba por el dolor de acuerdo al estado de nuestro espíritu, por lo que tratamos, en lo posible de aliviarlo y evitarlo. Nos es imposible anticipar la extensión del dolor que hemos de padecer, y tampoco calcular la capacidad que poseemos para soportarlo. Tampoco podremos decir después por qué lo liemos sentido, o por qué no lo hemos soportado mejor. De modo muy distinto sucedió con Nuestro Señor. Su Persona Divina no estaba subordinada, ni podía ser expuesta al influjo de afectos y sentimientos humanos!, excepto cuando El lo consentía. Lo repito, cuando Cristo quería temer, temía, cuando quería acongojarse, El se acongojaba. No estaba su Corazón abierto a las emociones, sino que voluntariamente daba cabida a los impulsos con los cuales El se enternecía. Por consiguiente, cuando se decidió a soportar los dolores de su Pasión, lo hizo, como afirma el Sabio formalmente, con todo su poder, no a medias; no apartó su mente del dolor, como solemos nosotros hacer (¿cómo podría hacerlo Jesús, que vino a sufrir, y que sufría por propia voluntad?), no dijo que sí y luego se desdijo, sino que lo que Cristo dijo, Cristo lo cumplió. Y así nos dice en el Evangelio: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad, ¡oh Dios mío! Tú 410 quieres el sacrificio y la ofrenda que no sea el Cuerpo que Tú me has concedido”.
Cristo tomó cuerpo mortal para poder sufrir, se hizo hombre para poder sufrir como hombre; y cuando hubo llegado su hora -aquella hora de Satanás y de tinieblas, en la cual el pecado iba a derramar toda su malicia sobre El-, aconteció que se ofreció completamente en holocausto, y así como todo su Cuerpo pendía de la Cruz, así también entregó a sus verdugos toda su Alma, dándose cuenta plenamente, con total conocimiento e inteligencia despiertísima, con cooperación viviente e intensidad absoluta, no como quien concede un permiso virtual o sumisión pusilánime. Todo esto fue lo que Cristo entregó a los que lo atormentaban.
Su Pasión no fue un mero estado pasivo, sino verdadera acción. Cristo vivió enérgica e intensamente, mientras languidecía, se desmayaba y moría. No murió sino por un acto de su voluntad, pues al inclinar su cabeza, lo hizo tanto en señal de acatar una orden como en señal de resignación. Por eso dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Cristo dio la orden: entregó su Alma, pero no la perdió.
Así vemos, amados hermanos míos, que si Nuestro Señor hubiese sufrido solamente en su cuerpo, y aunque su sufrimiento no hubiese sido tan intenso como el que otros padecieron, sin embargo, con relación al dolor, sería infinitamente mayor; pues el dolor se mide por el poder que se tiene para soportarlo y realizarlo. Dios era el que sufría, y sufría en su naturaleza humana. Los sufrimientos pertenecían a Dios, y Cristo los bebió y apuró hasta el final del cáliz. No los probó o sorbió, como el hombre toma los medicamentos amargos que le ofrecen. Esto que os acabo de decir me sirve para refutar una objeción que voy a indicaros, y que tal vez ya bullía en la mente de muchos: algunos se olvidan la parte que el Alma de Nuestro Señor tuvo en la satisfacción por nuestros pecados.
Nuestro Señor nos dice al comienzo de su agonía: “Mi Alma siente angustias de muerte”. Todavía podéis haceros, hermanos míos, esta pregunta: ¿Es que acaso no poseía Cristo algún consuelo peculiar, desconocido para los demás, que disminuyera e impidiera la angustia de su Alma, y le hiciera sentir por lo tanto menos que a cualquier mortal? Por ejemplo, tríe diréis, Cristo poseía una seguridad y certeza de su inocencia cual ninguna otra víctima podía tener. Aun sus perseguidores, hasta el apóstol mendaz que lo traicionó, el juez que lo sentenció, y los soldados que llevaron a cabo su ejecución, atestiguaron su inocencia.
“He pecado, entregando la sangre de un inocente”, dijo Judas. “Yo soy inocente de la sangre de este Justo”, afirmó Pilatos. “En verdad que, este hombre era un justo”, clamó el Centurión.
Si aun todos esos, que eran pecadores, fueron testigos de su inocencia, ¡cuánto más lo habrá sentido su alma! Sabemos perfectamente que hasta en nuestro caso, siendo pecadores, gira principalmente acerca de la conciencia que tengamos de nuestra inocencia o de la culpa nuestro poder para soportar la oposición de nuestros enemigos y la calumnia: cuánto más, me diréis, habrá compensado esa certeza, en el caso de Nuestro Señor. También podréis objetar que Cristo sabía que sus sufrimientos eran cortos, que su fin sería glorioso. Si se tiene en cuenta que la incertidumbre por el futuro es uno de los más agudos tormentos que angustian al hombre, Cristo no pasaba esa ansiedad, pues El no estaba en suspenso, ni sentía desaliento o desesperación, ya que nunca, me diréis, fue abandonado. Para confirmar todo esto podéis relatarme palabras de San Pablo, que expresamente nos dice: “Gracias a la gloria que le aguardaba, Nuestro Señor despreció la vergüenza”. Ciertamente que en todo lo que Cristo hace se manifiesta maravillosa calma y dominio de sí mismo. Ejemplo de ello, sus consejos a los Apóstoles: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto, más la carne es flaca”, o sus palabras a Judas: “Amigo, ¿a qué has venido?” y “Judas, ¿con un beso vendes al Hijo del Hombre?” o a Pedro: “Todos los que tomaren espada, perecerán con la espada”, o al hombre que le abofeteó: “Si he hablado mal, muestra en qué está el mal, y si bien, ¿por qué me hieres?”, o a su Madre Bendita: “Mujer, he ahí a tu Hijo”.
Todo esto es verdad, y mucho más se podría aducir de acuerdo, y para ilustrar lo que acabo de comentar. Hermanos míos amadísimos, únicamente habéis confirmado con estos ejemplos, y para emplear un lenguaje humano, que Cristo fue siempre el mismo. Su espíritu fue su centro, y ni por un instante perdió su equilibrio celestial y perfecto. Lo que Cristo sufrió, lo sufrió porque se colocó a sí mismo, deliberada y tranquilamente, bajo el sufrimiento. Así como dijo al leproso: “Lo quiero: queda limpio”, y al paralítico: “Que, tus pecados te sean perdonados”, y al Centurión: “Yo iré y lo curaré”, y a Lázaro: “Levántate y anda”, y así dijo: “Ahora comenzaré a sufrir”, y comenzó su sufrimiento. Esto es la prueba de cómo gobernaba por completo su espíritu.
En el momento preciso, Cristo abrió las compuertas y el torrente se precipitó sobre El con todo ímpetu. Esto es lo que nos dice San Marcos, de quien se afirma que escribió su Evangelio oyéndolo de los propios labios de San Pedro, uno de los tres testigos presentes en ese momento: “En esto llegaron al huerto llamado Gethsemianí, y dijo a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras Yo hago oración”. Y llevándose a Pedro a Santiago y a Juan comenzó a atemorizarse y angustiarse”.
Ved en esto cómo actuaba deliberadamente; El se aparta a un lugar próximo y allí lanza la palabra de mando, retira de su alma el apoyo de la Divinidad, y entonces la desesperación, el terror y la melancolía hacen presa de El. Cristo penetra en una agonía mental de acción tan definida, como lo serían para el cuerpo humano, el fuego o el potro.
Dado este hecho, amados hermanos míos, no es justo decir que Cristo estaba sostenido durante su prueba por la certeza de su inocencia y la anticipación del triunfo, pues, casualmente, la prueba que padecía consistía precisamente en la falta absoluta de esa seguridad y anticipación. El único acto que admitió una sola angustia sobre su Alma, admitía todas las angustias simultáneamente.
No se trata de impulsos y puntos de vista antagónicos, provenientes del exterior sino de la acción de una resolución interior. Mucho más de lo que los hombres que poseen un dominio total sobre sí mismos y que pueden trasladar su pensamiento de uno a otro asunto, según su deseo, hizo Jesús negándose el consuelo, y saciándose de sufrimientos. En ese momento su Alma no pensó en el futuro, sino solamente en la carga del presente, por la cual había venido al mundo a padecer.
Y ahora hermanos míos, ¿qué era eso que Cristo tenía que soportar, cuando así abrió su Alma al torrente de la pena ya predestinada? ¡Ay! Jesús tenía que soportar lo que es bien conocido de nosotros, lo que nos es familiar, pero que para El era pena inefable. Tenía que soportar aquello que es tan fácil para nosotros, tan natural, tan bienvenido, que no podemos pensar que se necesite tanta tolerancia para sufrirlo, pero que para El tenía el sabor de mortal veneno.
Cristo tenía, amados hermanos míos, que soportar el peso de nuestros pecados; tenía que soportar los pecados de la humanidad entera. El pecado es cosa fácil para nosotros; pensamos muy poco en él y no comprendemos cómo pudo preocupar tanto al Creador; no podemos forzar nuestra imaginación a creer que merece justo castigo, y aun cuando en el mundo reciba su merecido, lo justificamos o alejamos de nuestra mente. Mas, considerad lo que es el pecado en sí; es la rebelión contra Dios; es la acción de un traidor cuyo fin es el destronamiento y la muerte de su Soberano; es. si se me permite expresarme con rudeza, lo suficiente como para que el Conservador Divino del mundo cesará de serlo.
El pecado es el mortal enemigo del Altísimo. Esta es la razón por la que El y el pecado no pueden nunca convivir; y así como el Altísimo lo arroja de su presencia a las tinieblas, de la misma manera si Dios pudiera dejar de ser Dios, sería el pecado el que tendría el poder de hacerlo. Y aquí observad, amados hermanos míos, que una vez que el Amor Todopoderoso al tomar la carne, entró en este sistema de la creación y se sometió a Sí Mismo a sus leyes, entonces e inmediatamente este antagonista del bien y de la verdad, tomando ventaja de la ocasión, se arrojó sobre la carne que Cristo había tomado, y se afirmó en ésta, siendo causante de su muerte. La envidia de los Fariseos, la traición de Judas, y la locura de las gentes, fueron los instrumentos o medios de expresión de la enemistad que sintió el pecado hacia la Eterna Pureza, no bien Dios, en su infinita misericordia hacia los hombres, púsose a Sí Mismo dentro de su alcance.
El pecado no podía tocar a su Divina Majestad; pero podía acometerlo del modo como El permitiera ser acometido, esto es, por medio de su Humanidad. Al final, en la muerte de Dios Encarnado, aprendemos, hermanos míos en Jesucristo, lo que es el pecado en sí mismo, y lo que era mientras caía, en aquella hora y con toda su fuerza, sobre su Humana Naturaleza, para que Cristo se sintiera tan lleno de horror y consternación a la sola imaginación anticipada.
Entonces en aquella triste hora, arrodillóse el Salvador del mundo, desprendiéndose de las prerrogativas de su Divinidad, despidió a los Ángeles, que por millares estaban prontos a su solo llamado, y abrió sus brazos, desnudó su pecho, puro como era, al asalto de su enemigo -un enemigo cuyo aliento era pestilente, y cuyo abrazo era una agonía. Helo arrodillado, inmóvil y mudo mientras la vil y horrible fiera vestía su espíritu con el ropaje odioso y atroz del crimen humano, que prendiéndose en su corazón, llenó su conciencia, y encontró la entrada para todos sus sentidos y hasta la ínfima partícula de su mente, extendiendo sobre Él una lepra moral, hasta que Cristo se sintió casi convertido en lo que El nunca podría ser y en lo que su enemigo gustosamente lo hubiera transformado. ¡Oh, qué horror cuando al mirarse no se conoció y se sintió cual impuro y aborrecible pecador, a través de la vivida percepción de aquella masa de corrupción que se derramaba sobre su cabeza y se esparcía hacia abajo hasta la orla de sus vestiduras! ¡Oh, qué confusión cuando encontró sus ojos, manos, pies, labios y corazón como si fueran miembros del Maligno y no de Dios!
¿Eran éstas sus manos antes inocentes, pero ahora tintas en sangre de diez mil acciones crueles? ¿Son éstos sus labios que ya no se abren para alabar, orar, bendecir, sino que están manchados con juramentos, blasfemias y doctrinas demoníacas? ¿Y sus ojos, profanados por todas las visiones diabólicas y fascinaciones idólatras por las cuales los hombres han abandonado a su adorable Creador? ¡Y sus oídos! Vibra en ellos el sonido de las orgías y las disputas. Su corazón está yerto por la avaricia, la crueldad y la falta de fe; y su misma memoria hállase colmada con todos los pecados que han sido cometidos desde la caída del hombre, en todos los ámbitos de la tierra, plena del orgullo de los antiguos gigantes, y la lujuria de las cinco ciudades, y de la obcecación de Egipto, y la ambición de Babel, y de la ingratitud y ludibrio de Israel.
¿Quién no conoce la miseria que trae un pensamiento que nos ronda continuamente a pesar de que tratamos de rehuirlo y persiste en molestarnos si no nos puede seducir? ¿O de una odiosa y enferma imaginación, no nuestra, pero que es introducida en nuestras mentes por fuerzas extrañas? ¿O de los conocimientos satánicos alcanzados con o día culpa del hombre, y por cuyo desprendimiento y olvido para siempre, daría el hombre un alto precio? Adversarios como éstos se reunieron a tu alrededor, Bendito Señor, en número de millones; vienen en tropeles más numerosos que las plagas de langostas o del gorgojo, que los azotes del granizo, o de las moscas o de las ranas, enviadas contra Faraón. Allí están presentes todos los pecados de los vivos y de los muertos, de los que aún no han nacido, de los que se han perdido y de los que se han salvado, de tu pueblo y de los gentiles, de pecadores y de Santos. Tus más queridos, tus santos y tus elegidos, pasan sobre Ti.
Tus tres Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan también se hallan contigo pero no para consolarte, sino como acusadores, como los amigos de Job, "arrojando tierra hacia el cielo", acumulando maldiciones sobre tu cabeza. Todos se encuentran ahí: sólo falta una persona; y no estaba porque Ella que no tuvo parte en el pecado, era la única que podía consolarte; por eso no estaba cerca de los pecadores. María estaría cerca de Ti en la Cruz, y lejos de Ti en el huerto. Ha sido tu compañera y tu confidente durante tu vida; intercambió contigo los puros pensamientos y santas meditaciones de treinta años; pero su oído virginal no puede percibir, ni su corazón inmaculado concebir, lo que ahora se te presenta cual visión delante de tu vista. Sólo Dios pudo soportar tal prueba; algunas veces has mostrado a tus Santos la imagen de un pecado, como aparecen a la luz de tu faz, o de pecados veniales, y no de mortales; y ellos nos han dicho que su vista les acarreó todos los horrores menos la muerte, y, los hubiera muerto si no hubieran sido instantáneamente retirados.
La Madre de Dios aun con toda su Santidad, ni aun en razón de ella, podría haber soportado ni una parte de aquella innumerable progenie de Satanás que ahora te cerca. Es la eterna historia del mundo, y Dios solamente puede soportar su peso. Las esperanzas marchitas, los juramentos quebrantados, las luces extinguidas, los consejos despreciados, las oportunidades perdidas, la inocencia traicionada, la juventud encallecida, los pecadores reincidentes, los justos vencidos, los ancianos malogrados, el sofisma del error, la terquedad de la pasión, la obstinación del orgullo, la tiranía de la mala costumbre, el cáncer del remordimiento, las fiebres extenuantes de la preocupación, la angustia de la vergüenza, los alfilerazos de la desilusión, la enfermedad de la desesperación, los espectáculos crueles y lastimosos, las escenas repugnantes, detestables y enloquecedoras : aún más, los rostros macilentos, los labios convulsos, las mejillas arrebatadas, el ceño fruncido de los esclavos voluntarios del demonio, todos y todas estas maldades se hallan ahora delante de Cristo, pesan sobre El y en El.
Se encuentran en Cristo, en vez de aquella paz inefable que habitaba en su Alma desde el momento de su concepción. Se hallan ahora sobre Cristo, como si le pertenecieran. Jesús clama a su Padre cual si fuera el criminal, y no la víctima. Su agonía toma la forma de culpa y de arrepentimiento. Cristo hace penitencia, Cristo se confiesa, Cristo se ejercita en la contrición, con una realidad y virtud infinitamente mayores que la de todos los Santos y penitentes juntos, pues El es la única víctima, la única satisfacción, el verdadero penitente, y todo, menos el verdadero pecador.
Cristo se levanta lánguidamente de la tierra y se vuelve para enfrentarse con el traidor y sus secuaces que ya rápidamente se acercan en medio de sombras profundas. Cristo se vuelve, y, ¡miradle! Se ve sangre en sus ropas y en sus huellas. ¿De dónde proceden estos frutos primeros de la Pasión del cordero? Todavía ningún soldado ha azotado su cuerpo, ni sus manos ni pies han sido taladrados por el verdugo. Hermanos míos, Cristo sangró antes de tiempo; Cristo derramó su sangre, pues su Alma agónica rompió su envoltura humana y fluyó en sangre al exterior. Su Pasión comenzó por su interior. Aquel atormentado corazón, centro de ternuras y de amor, comenzó a trabajar y golpear vehemente y más de lo que podía soportar según las leyes naturales; “los cimientos del abismo profundo se quebraron”; el rojo fluido vital circuló tan abundante y vigorosamente por todo su cuerpo, que desbordando las venas y aflorando por los poros, detúvose como copioso rocío sobre su sacrosanta piel, convirtiéndose luego en gotas que rodaron henchidas y pesadas empapando la tierra.
“Mi Corazón siente angustias de muerte”, dijo el Salvador. Así se ha definido aquella terrible peste que se cierne sobre todos y que llega con la muerte, queriéndose con esto afirmar que no tiene principio, que no hay posibilidad de esquivarla, que la esperanza ya no existe cuando llega, y que lo que parece ser su curso no es más que agonía de muerte y verdadera disolución. Así es como vuestro Sacrificio Reparador, ¡ Oh Jesús!, con un sentido mucho más elevado, comenzó en ti esta pasión de dolor, no llegando a morir porque obedeciendo vuestra orden omnipotente no se rompió tu Divino Corazón, ni el Alma se separó del Cuerpo, hasta que Vos mismo, padecisteis en la Cruz.
No; Cristo no había aún vaciado aquel cáliz rebosante hasta los bordes, y del cual al principio su débil naturaleza deseaba apartarse. La aprehensión en el Huerto, la bofetada del soldado, la prisión, el juicio, las mofas, la peregrinación de tribunal en tribunal, la corona de espinas, el lento camino hacia el Calvario y la Crucifixión todavía tenía que padecerlas Nuestro Salvador. Había de transcurrir una noche y un día completos, hora tras hora, tiempo terriblemente largo antes de que llegara su fin y de que satisficiera su misión.
Luego, cuando el momento señalado hubo llegado, y Cristo lo ordenó, así como su Pasión había comenzado en su Alma, en su Alma terminó. Cristo no murió de agotamiento o de dolor corporal. Cuando lo ordenó, su atormentado Corazón se quebró, y Jesús encomendó su Espíritu al Padre.
“¡Oh, Corazón de Jesús, todo amor, te ofrezco estas humildes oraciones por mí y por todos aquellos que se unen a mí en espíritu para adorarte! ¡Oh, Sagrado Corazón de Jesús, muy amado!, deseo renovar y ofrecerte estos actos de adoración y oraciones por mí, miserable pecador, y por todos aquellos que se me unen para adorarte, durante todos los instantes, mientras me quede un soplo de vida hasta el final de mis días. Te pido, ¡Oh, mi buen Jesús!, polla Santa Iglesia, tu amada esposa, y nuestra verdadera Madre, por todas las almas de los justos y por todos los pobres pecadores, por los afligidos y por los moribundos, y en fin, por toda la humanidad. No has de permitir que tu Sangre sea derramada en vano. Finalmente, dígnate aplicarla para aliviar las penas de las almas del purgatorio, y particularmente las de aquellos que en su vida practicaron esta santa devoción de adorarte en la Cruz”.John Henry Cardenal Newman, “Antología, selección de sus principales obras en prosa”, editorial Difusión, Buenos Aires 1946, págs. 181-192.
Stat Veritas
Santas Pascuas de Resurrección les desea Argentinidad.
Esteban Falcionelli
4/11/10
El hombre y su Creador

Nuestro espíritu infatigable en su curiosidad, procura siempre de un hecho en otro subir hasta el primero que ha sido causa de las impresiones que recibió: nuestras afecciones, por nuestro corazón inagotable en sus deseos, quiere necesariamente el bien, y aun su mayor bien; nuestros juicios, en fin, pues nuestro entendimiento se eleva por su tendencia natural a las ideas generales, y en nada halla lo bueno y lo bello, sino en las ideas de orden, de justicia o de verdad.
La Divinidad es el Dios oculto, como se llama asimismo, Deus absconditus, oculto en el mundo intelectual bajo el nombre verdad; oculto en el mundo físico bajo el nombre de causa; oculto también en el fondo de nuestros corazones, en la inmensidad de nuestros deseos, y en lo interminable de nuestras esperanzas. En Él vivimos, pues Él es el Padre de la vida; en Él nos movemos, pues es el primer Autor del movimiento; y en Él somos, pues es el manantial del ser, Supremo Hacedor de todo lo criado.
El pueblo, que ve a Dios en todo, y su acción mas inmediata y local hasta en las mas pequeñas cosas, asigna una causa general, sin intermedio alguno, a efectos particulares; y los materialistas, que ven en todo la materia hasta en la creación del mundo físico, asignan una causa particular a efectos generales, esto es...todo al revés.
La verdad exacta en física y verdadera al mismo tiempo en moral, asigna causas particulares a efectos particulares, y una causa universal a un efecto universal/Universo. La causa general no puede hallarse en una particular. Cuando la causa primera, quiso hacerse conocer de los hombres, se nombró a sí misma YO SOY EL QUE SOY: esto dijo Jesucristo. En cuya locución extraordinaria se eleva ella misma por esta multiplicación de su ser a la mas alta potencia, en lo cual la metafísica puede recibir, prestada de la geometría una locución de ser, que traduce, con tanta verdad como precisión, todo su pensamiento.
Cuando se nombra, la causa y los efectos, con solo esto se atestigua la existencia necesaria en independiente de Dios, y la existencia accidental y subordinada de todo lo que no es Dios. Los hechos generales y particulares constituyen el orden físico, la metafísica es la región de las verdades, en ella se buscan, y en la física hechos; LA CAUSA PRIMERA ES UNA VERDAD, Y NO UN HECHO.
Los hombres en sociedad serían felices, si en cuanto emprendiesen conociesen con tal precisión hasta donde alcanzaban sus facultades físicas y morales, y no dejasen de llegar a este punto, ni pasasen de él. Todas sus faltas y desgracias les vienen de esta ignorancia, lo cual les hace emprender lo que no pueden ejecutar, o desesperar de lo que no pueden hacer, fluctuando así entre el desaliento y la presunción de la razón.
EL ESPÍRITU DEL HOMBRE ES FINITO EN CIENCIA MORAL, PORQUE LLEGANDO A DIOS, NO PUEDE IR MAS ALLÁ; y será siempre imperfecto en ciencia física, porque, a par de lo que adelanta, va retirándose al término de sus indagaciones.
No hay que buscar en otra parte sino en nosotros mismos la razón de la inconsecuencia de nuestros juicios. Nosotros juzgamos de la física con nuestra razón y de la moral con nuestras pasiones. LA CAUSA DE LAS CREENCIAS EN LA FÍSICA ES PORQUE EL ESPÍRITU BUSCA MOTIVOS PARA CREER, Y LA CAUSA DE LA INCREDULIDAD EN LAS VERDADES MORALES, ES PORQUE EL CORAZÓN, SIN ADVERTIRLO, LOS BUSCA PARA NO CREER. He aquí la causa por qué las innovaciones y novedades hacen tantos entusiastas.
No es posible admitir relaciones entre los medios y los fines, sin creer en una inteligencia que, obrando con intención, creó las facultades y las ordenó para ciertas funciones y dispuso los medios para conducir a ciertos fines.
El hombre fue hecho con intención y por una INTELIGENCIA SUPREMA, cuando él con intención y por su inteligencia hace todas sus obras. El hombre inteligente nada puede hacer que no sea a su imagen, como él mismo fue hecho a imagen de Dios. El hombre es superior al Universo, como lo es el pensamiento al cuerpo; y el espíritu del hombre es mas grande que el Universo, porque puede pensar, nombrar y calcular un universo infinitamente mas grande que el que habitamos.
2/8/10
La educación legítima, esto es, la católica

La perfección de la voluntad es lo que mas honra al hombre y mas autenticamente denota su virilidad, por ser la voluntad, expresión de todo valor humano y de toda pujanza social. Y lo que perfecciona la voluntad del hombre es la obediencia del niño; en toda educación bien ordenada hay que practicar constante y generosamente esta fórmula: APRENDER Y OBEDECER.
La Obediencia, ley imperiosa de toda vida humana. Ésta, comunica a nuestra voluntad tres cosas de que nacen su grandeza y pujanza, a saber: LIBERTAD SOBERANA, RECTITUD INFLEXIBLE Y FUERZA FECUNDA, con la cual se predispone el hombre a grandes creaciones y victorias decisivas. Es la obediencia, escuela de fortaleza y aprendizaje de poderío, y engendra hombres fuertes porque no se impone brutalmente a la infancia, siendo de suyo libre y soberana.
Aprender a creer, para que se desarrolle la inteligencia; aprender a amar, para que se desarrolle el corazón, y aprender a obedecer, para que se desarrolle la voluntad; tales son los tres elementos primarios de toda educación legítima: esto es, LA CATÓLICA. POR EL CONTRARIO, LA ANTICATÓLICA, EMPIEZA A ENSEÑAR LA DUDA PARA QUE SE DESARROLLE LA INDIFERENCIA Y LA FANTASÍA DE LA DÉBIL CABEZA DEL HOMBRE, DE SU EFÍMERA INTELIGENCIA, Y SE PIERDA HASTA EL SENTIDO COMÚN, es decir, para que se desarrolle la voluntad de toda rebeldía contra toda clase de leyes y autoridades: la anarquía es su legítimo resultado. Ésta es la causa de la enseñanza atea, aunque disfrazada con la careta de la libertad de enseñanza, así como en nombre también de la ciencia, de la ilustración, cultura, progreso indefinido y civilización moderna ¡JA!. He aquí porque los revolucionarios, tratan por excelencia de APODERARSE DE TODA ENSEÑANZA: he aquí lo que conllevará: la muerte de la sociedad con todo lo existente.
El gran misterio de la educación legítima (la católica) es inculcar en los niños profundo acatamiento a aquella apacible majestad, donde tan confundidos andan respeto y amor. La escuela católica es la mayor escuela, la mas digna y sublime que existe en el mundo: ES LA ESCUELA DEL RESPETO, ES LA ESCUELA DE LA VERDAD. Cuando llega el desprecio a la educación cristiana y católica, entonces hiere al respeto en su raiz primordial, sube, por decirlo así, a matarle en el seno de Dios; después de este atentado, en razón directa de la altura a que ha tenido que elevarse, derrúmbase luego por la sociedad, echando por tierra todo cuanto en ella sobresale. NADA OBTIENE YA ENTONCES RESPETO LEGÍTIMO, NADA; NI LA MONARQUÍA, NI LA PATERNIDAD, NI LAS LEYES, NI LAS INSTITUCIONES, NI LOS HOMBRES, NI LAS COSAS.
El carácter distintivo de la falsa educación, es la degradación de la sociedad, el ultraje a la dignidad, el menosprecio a toda la altura que puede alcanzar en la tierra; el desprecio al hombre y del hombre a sí mismo; el desprecio al mismo Dios como prueba del gran vértigo del orgullo del hombre, de su soberbia, de su egoísmo, de su ingratitud.
LA NATURALEZA ES LA LEY DE NUESTRA EDUCACIÓN, PORQUE ES NECESARIA A NUESTRA VIDA; EL AMOR ES LA LEY DE LA EDUCACIÓN PORQUE NECESITAMOS AMAR; EL RESPETO ES LA LEY DE LA EDUCACIÓN, PORQUE NECESITAMOS RESPETAR. Sea pues la católica, la educación que mas eleva al hombre y su espíritu.
20/7/10
Encuentro de los titanes de la Fe

Aquél fue uno de aquellos encuentros que mereció la pena inmortalizar: San Francisco de Asís junto a Santo Domingo de Guzmán; sobran las palabras, la intensidad y el contenido de la imagen lo dicen todo.
“Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo” (Sto. Domingo)
"Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues escaso es, o poco, lo que hasta ahora hemos adelantado" (San Francisco)
12/3/10
Progreso y Catolicismo

Lo que hoy se llama progreso, es la sombra del verdadero progreso, es la negación de la ciencia, es la destrucción de la vida, es la extravagancia de la humanidad, es un vértigo de delirio, es una pura ilusión.
Lo primero que necesita toda filosofía que aspira a guiar a la humanidad por la vía del progreso intelectual, es presentar ante la inteligencia humana la verdad que ya se haya encontrado, no la que se trate de encontrar. LA INTELIGENCIA HUMANA NO PUEDE ENGRANDECERSE SINO DESENVOLVIÉNDOSE DENTRO DE LO VERDADERO. La filosofía del progreso debe consistir, no en la investigación, sino en la demostración, la exposición o el desarrollo de la verdad que ya posee.
La verdad no se crea, existe para que nos apoyemos en ella; no se ilumina, ella es la que ilumina; al sol no se le alumbra, él es el que nos alumbra con sus claridades, que no se crean, se buscan y se las ve, porque existen.
Hace ya tiempo que se encuentra consignada en la vida de la humanidad, la historia de la negación; se la reconoce por estas dos señales: FLAQUEZA DE INTELIGENCIA y COBARDÍA DE CORAZÓN. NO HAY EN EL MUNDO COSA MAS FÁCIL QUE NEGAR, NO HABIENDO, COMO NO HAY, NECESIDAD DE HACER NADA PARA SOSTENER SU NEGACIÓN.
LA DUDA, es menos insolente y tiene una diferencia con la negación: LA NEGACIÓN DESTRUYE EL PROGRESO EN SU RAIZ; LA DUDA SOLO DETIENE EL CARRO DEL PROGRESO.
Todos los sectarios se encuentran enervados por la duda y la negación, el orgullo y la ignorancia, con gran facilidad les hace creer que aquella misma duda y aquella misma negación son para ellos títulos de grandeza que los distingue del vulgo y sobre él los eleva; llegan a persuadirse de que el progreso verdadero del espíritu humano consiste en no creer firmemente en nada, y en no dejar que un dogma, una doctrina o un principio, encadenen su pensamiento. Todo aquel que niega, no ve, y solo en su humillación funda su orgullo. La negación deprime y humilla el entendimiento humano, y se halla respecto a la afirmación, en el mismo caso que el vicio respecto a la virtud.
Lo que hace que el CATOLICISMO sea progresivo para las inteligencias, es el ser CERTIDUMBRE Y AFIRMACIÓN, refiriéndose tanto ésta como la otra cualidad, no solo al dogma revelado y a las verdades sobrenaturales, sino también a las verdades esenciales del orden natural. El catolicismo sabe y enseña que el progreso solo puede consistir en el desarrollo de principios que estén ya conocidos y plenamente afirmados, y encomienda la guarda sagrada de los mismos a la conciencia humana, y en nombre del mismo Dios le encarga que los custodie con fe perpetua e inviolable.
EL CATOLICISMO ENTERO VIVE Y REPOSA EN LA FUERZA DE SU FE, Y EN EL PODER DE SUS AFIRMACIONES. LA FE GUÍA AL INGENIO Y EL INGENIO CORONA LA FE. LOS CATÓLICOS POSEEN RAICES PROFUNDAS, Y PORQUE LAS POSEEN SE VE QUE, A PESAR DE NUESTRA FLAQUEZA Y MEDIANÍA PERSONAL, SOMOS FUERTES; Y PORQUE SOMOS FUERTES, RESISTIMOS LOS ATAQUES QUE NOS DIRIJEN Y SOSTENEMOS A LOS QUE VACILAN, CONSIGUIENDO, CUANDO LLEGA LA HORA DE LAS GRANDES SACUDIDAS, AMPARAR CON EL ESCUDO DE NUESTRA FE A AQUELLAS INTELIGENCIAS INCIERTAS DE SÍ MISMAS, EN MEDIO DE LA OSCURIDAD UNIVERSAL.
PARA EL CATÓLICO VERDADERO, LO JUSTO ES SIEMPRE LO JUSTO; EL DERECHO SIEMPRE ES EL MISMO DERECHO; EL BIEN SIEMPRE ES EL MISMO BIEN; Y EL MAL ES EL MAL. EL CATÓLICO POSEE AL CATOLICISMO, LA UNIVERSALIDAD DE LO VERDADERO. El espíritu humano quiere y busca una doctrina que sea su alimento, no su diversión.
En el catolicismo nunca ha habido un virtud excepcional, ni una santidad heróica, ni un milagro de abnegación y sacrificio, que no haya sentado su raiz y no haya tomado su savia de la doctrina de Cristo. Esta doctrina es madre de sabios, fecundiza la inteligencia de los hombres ilustres y es la tierra fértil que produce los grandes hombres. Fencundiza el alma popular y desarrolla en ella ese talento del pueblo que se llama "el sentido común".
El catolicismo mata al egoísmo y crea la abnegación intelectual, que es la expansión del alma, y como el águila emprende su vuelo hacia las regiones de la luz, y consigue ver resplandecer ante sí, los horizontes de la verdad; en vez de buscarse a sí propio, huye de sí para ir a iluminarse con la luz de aquel sol. Tal es el pensador católico.
LA HUMANIDAD PUES, NO ESTÁ LLAMADA A VOLVER A COMENZAR CADA DÍA SU CAMINO Y A DEVORAR CONTINUAMENTE LAS DOCTRINAS, LAS OBRAS Y LOS PROGRESOS QUE HIZO EN LA VÍSPERA; PORQUE CON ESTE SISTEMA SOLO ALCANZARÍA OCUPARSE EN DEMOLICIONES COMO HACE LA FALSA FILOSOFÍA Y SU HIJA LA REVOLUCIÓN. ¡PEREZCAN, PUES, ESAS DOCTRINAS DE PROGRESO AL REVÉS, QUE DECLARAN QUE TODO, HASTA LA RELIGIÓN, SE ENCUENTRA SUJETO A LA FATALIDAD DEL CAMBIO!, NOSOTROS TENEMOS UNA DOCTRINA PROBADA YA EN PUNTO A SU DURACIÓN, Y NI SIQUIERA HAY NECESIDAD DE BUSCARLA: ¡VEDLA AQUÍ CENTELLEANDO CON SU ANTIGUO E INALTERABLE ESPLENDOR! DE 6.000 AÑOS ACÁ, TODO EN NUESTRO MUNDO SE ILUMINA CON LA LUZ DE ESE SOL, Y COMO EN ÉL HUBO AYER BASTANTE, COMO HOY HAY BASTANTE, MAÑANA LO HABRÁ TAMBIÉN; PORQUE ESTE SOLO DE LA DOCTRINA QUE NOS ALUMBRA, CALIENTA Y ATRAE, ES EL MISMO JESUCRISTO...
...Y JESUCRISTO ERA AYER, ES HOY y SERÁ MAÑANA, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.
10/3/10
CVII: El principio del fin

El cardenal Pallavicini dijo (siglo XVI): “…convocar un concilio general, a menos que la necesidad lo exija perentoriamente, es tentar a Dios.”
El Vaticano II se diferenció de los otros Concilios precedentes, por ser de naturaleza “pastoral” y no promulgar, por tanto, enseñanzas doctrinales o morales infalibles que habrían de ser mantenidas obligatoriamente por la Iglesia (ahí es dónde actuó el Espíritu Santo y no en su inspiración). Pablo VI dijo en su Audiencia General de 6 de agosto de 1975: “este Concilio no fue directamente dogmático, sino doctrinal y pastoral”. Cuando dirigió su discurso anual a los predicadores cuaresmales de Roma, en marzo de 1976, se acercó más que nunca a admitir que era en realidad el Concilio el que había iniciado el proceso de devastación de la viña del Señor. Pablo VI aludió dos tentaciones: marxismo y protestantismo, junto también con la del modernismo, que yacían en el subconsciente de muchos católicos, especialmente en los países que bordean el Rin, que en otros casos ya habían salido del subconsciente y sólo esperaban una oportunidad: y el Concilio creó las condiciones que permitieron que esas tendencias surgieran a la superficie; que fueran proclamadas con arrogancia; y codificadas como una nueva ortodoxia. La quintacolumna modernista, los “perniciosos adversarios” condenados por San Pío X en la encíclica Pascendi, los hombres infiltrados “en el seno mismo de la Iglesia, determinados a destruir su energía vital y a subvertir totalmente el mismo Reino de Cristo”.
El grupo de obispos de mentalidad liberal de los países del Rin fueron al Concilio con un plan definido para reformar la Iglesia de acuerdo con sus propias ideas... Uno de los objetivos clave de esa “vanguardia” era el de reemplazar el verdadero concepto de ecumenismo católico, expresado por Pío XI en Mortalium Animos por una política de unidad a cualquier precio. El cardenal Heenan explicaba lo desprevenidos que estaban los obispos británicos y norteamericanos sobre el grado de infección de muchos de sus colegas europeos: “No estábamos preparados para el descubrimiento de que muchos clérigos holandeses habían convertido el ecumenismo casi en una religión.”
Por otra parte, los propulsores del neomodernismo (al que vimos criticar a Pablo VI) se hallaban mayoritariamente entre los periti (“los expertos”) del Concilio, y no entre los propios obispos. Los documentos conciliares no fueron tanto obra de los obispos que los votaron, como de los “expertos” que los redactaron.Lo escandaloso es que algunos de esos “expertos” habían sido sospechosos de heterodoxia bajo el reinado de Pío XII, habiendo denunciado éste en su encíclica Humani Generis la creciente amenaza y fuerza de la quintacolumna neomodernista dentro de la Iglesia de entonces.
El grupo del Rin desbarata el procedimiento de elección establecido e inicia una campaña para asegurar la elección de sus propios candidatos para las influyentes comisiones conciliares. El cardenal Lienart (francmasón de alto grado) propuso que las distintas jerarquías nacionales consideraran qué candidatos valiosos podían ofrecer y luego pasaran a las otras jerarquías los nombres de los candidatos preferidos.
Comenzó así un periodo de intrigas, reuniones secretas, listas nuevas, etc…En palabras de Mons. Lefebvre: “Los que prepararon aquellas nuevas listas conocían muy bien a los candidatos que proponían; resulta obvio decir que todos ellos tenían la misma tendencia.” Dijo el cardenal Henaan: “Resultaba imposible conocer algo sobre los 16 (nuevos) obispos propuestos para cada una de las 10 comisiones. Por ello, no pudo evitarse que se acabara votando a candidatos casi desconocidos.”
El Rin había comenzado a desembocar en el Tiber. Este éxito se había obtenido gracias a que, a diferencia de otras jerarquías episcopales, “la alianza del Rin pudo operar eficazmente porque sabía de antemano lo que quería y lo que no quería.”
El cardenal Heenan atestigua que los “expertos” o “teólogos” (fuerzas de choque liberales) podían introducir fórmulas ambiguas en los documentos conciliares oficiales; temía lo que iba a suceder si obtenían el poder de interpretar el Concilio al mundo. Esos “teólogos” liberales se aferraron al Concilio como un medio para descatolizar la Iglesia católica, aparentando sólo querer “desromanizarla”. Distorsionando términos y tomando palabrería protestante crearon un embrollo con el que han confundido y alienado a todo católico de bien).
Los textos conciliares suelen estar redactados de modo que no se cierra ninguna puerta; para que no constituyeran un futuro obstáculo a discusiones al diálogo entre católicos y no-católicos. Todo es ambigüedad. El cardenal Heenan señalaba: “En el Concilio hubo un grupo de “ecumaníacos”, que veían el aspecto “ecuménico” en todo. No se presentaba ningún tema a discusión si no era examinado en su contenido ecuménico… utilizaban un contador Geiger teológico para detectar cualquier afirmación de fe católica que pudiera no ser del todo aceptable para los no-católicos.” El obispo Carli confirmaba esa opinión: “Ya no era posible hablar de la Virgen; ninguno podía ser llamado hereje; nadie podía usar la expresión “Iglesia militante”, ya no se podía hablar sobre los poderes inherentes a la Iglesia Católica.”
La vejatoria consideración dada a la figura de la Virgen durante el Concilio ilustra la magnitud de la influencia protestante. Los protestantes objetaron el título de “Mediadora de todas las Gracias”. Se llegó a un compromiso: se conservó “Mediadora” pero se suprimieron las palabras “de todas las gracias”. Los protestantes objetaron también el título de “Madre de la Iglesia”; y fue suprimido. Pablo VI declaró a Nuestra Señora como Madre de la Iglesia por su propia autoridad. Los protestantes y los padres liberales se enfurecieron.
La política del papa Pío XII de enfrentamiento con el comunismo fue reemplazada por una de “diálogo”.
“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso los hombres cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así, todo árbol bueno da frutos buenos y todo árbol malo da frutos malos” (Mt. 7, 16-19). Nadie puede negar que, hasta ahora, el Vaticano II no ha producido frutos buenos. Las reformas decretadas en su nombre, de acuerdo con el arzobispo M. Lefevbre, “han contribuido y siguen contribuyendo a la demolición de la iglesia, a la ruina del sacerdocio, a la destrucción de la Misa y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, así como al surgimiento de una doctrina naturalista y teilhardiana en universidades y seminarios y en la educación religiosa de los niños, una doctrina nacida del liberalismo y condenada muchas veces por el solemne magisterio de la Iglesia”.
Hasta el mismo Pablo VI habló posteriormente en términos muy diferentes a los de su discurso de apertura de la segunda sesión del Vaticano II. En 1968 ya había llegado al punto de lamentar el hecho de que la Iglesia se hallaba en un proceso de autodestrucción: En 1972 llegó a decir que, de algún modo, el propio Satanás había encontrado una abertura para entrar en la Iglesia por donde diseminaba dudas, inquietud e insatisfacción. “Creímos”, se lamentaba, “que después del Concilio llegaría un día de sol en la historia de la Iglesia; y en su lugar encontramos nuevas borrascas. Hay inseguridad; la gente busca abrir abismos en vez de puentes para cruzarlos. ¿Cómo sucedió esto? Os confiaremos una convicción: hay un poder adverso, el Demonio, al que el Evangelio llama el enemigo misterioso del hombre, …algo preternatural vino a sofocar los frutos del Vaticano II” (…) “Nos hemos destruido nosotros mismos”.
El profesor Van der Ploeg, distinguido erudito bíblico holandés declaraba: "El ascenso del neo-modernismo se vincula históricamente con el Vaticano II."
Así pues triunfó el falso ecumenismo: cuanto más tratan las autoridades católicas de acercar a la Iglesia al protestantismo más tienden a llevarla a un cristianismo irreligioso, al racionalismo. El diálogo ecuménico con los protestantes es inútil porque la lógica de su sistema implica que, en última instancia, un jefe protestante sólo puede hablar por sí mismo
La única verdadera base para el ecumenismo católico es invitar a los protestantes a volver a la única verdadera Iglesia fundada por Jesucristo.
3/3/10
Catolicismo y protestantismo

La obstinación del orgullo, la sola repugnancia en creer lo que enseña la Iglesia (que es la misma palabra de Dios), en rechazar la luz divina de la revelación, es un obstáculo para recibir la Gracia y la Verdad, y atrae sobre el hombre presuntuoso la ceguedad, que es su crimen y su condenación.
Desde el primer día vimos como la misma verdad católica fue anunciada en todas las lenguas. EL BUDISMO NO HABLA MAS QUE EN CHINO, EL BRAHMISMO NO HABLA MAS QUE EN SÁNSCRITO, EL MAHOMETISMO NO HABLA MAS QUE EN ÁRABE, EL LUTERANISMO EN ALEMÁN, EL ANGLICANISMO EN INGLÉS; SOLO EL CATOLICISMO HABLA TODOS LOS IDIOMAS DEL MUNDO. Lo dijo Rousseau: "Es una religión universal en su principio, que nada tiene de exclusivo, nada de local: el verdadero cristianismo es una institución social universal".
Diferente a todas las sectas heréticas, el Catolicismo es la única que no posee dos doctrinas, una pública y la otra oculta (una para los sabios, la otra para el pueblo); que no varía a cada instante como lo hace el error, la mentira y el engaño. EL CATOLICISMO REVELA TODO LO QUE HA APRENDIDO, ENSEÑA TODO LO QUE CREE Y DA TODO LO QUE HA RECIBIDO DE CRISTO, CON EL MISMO ESPÍRITU CON EL QUE ÉL COMUNICÓ A SUS APÓSTOLES. LA IGLESIA NO SOLAMENTE ENSEÑA TODO, SINO QUE LO ENSEÑA A TODOS.
Los sacerdotes del paganismo jamás pretendieron las predicaciones públicas para ilustrar al público, sino para alucinarle, embaucarle, corromperle y reducirle a la esclavitud de sus pasiones, de sus vicios y de su despotismo de puñal. Había abandonado los pueblos a la superstición, como hoy está entregado al goce, al egoísmo, a la indiferencia, al escepticismo, a la verdadera esclavitud del orden político de las insurreciones. La razón filosófica no ha sospechado jamás ni de lejos, este orden admirable que el Catolicismo ha sido el único en inspirar y cumplir: todo lo contrario, consideró siempre ignorancia la servidumbre, a la verdadera sabiduría, a la verdadera libertad. La razón filosófica consideró siempre como las condiciones y esencia de la existencia de la sociedad a las dos horribles plagas de la Humanidad: a la superstición de la idolatría, y al paganismo.
EL PROTESTANTISMO, mas franco y menos escrupuloso, consiste en la libertad de creer lo que se quiere y de vivir como se cree. El uso libre del juicio particular en materia de religión no es mas que el privilegio de un pequeño número: en cuanto al pueblo, se le dice que crea lo que ellos le enseñan, que ellos no son dignos de razonar y decidir, sino de someterse y obedece a los que en teoría proclaman el libre examen (hacen lo mismo que los políticos especuladores con las elecciones: de una farsa una tragedia).
Los jefes de las sectas tienen dos doctrinas, la una de arbitrio, la otra de oficio; la una para casa, la otra para el templo; la una para su comodidad, la otra para embaucar al pueblo y mantenerlo en la mas vergonzosa esclavitud: la esclavitud del error...siguiendo las huellas de Lutero y Calvino.
Hoy sus jefes y doctores, son racionalistas, dando a los otros como leyes inviolables sus opiniones y sus palabras, y reservándose para ellos solo la doctrina del libre examen, y obligando al pueblo a que reciba sin "examen" su decisión (feroz despotismo éste). LA RAZÓN PROTESTANTE CONSISTE EN ENCONTRAR EL ERROR EN LA ESCRITURA, QUE NO EXISTE, Y LES ES PROHIBIDO ENCONTRAR LA VERDAD. ESA RAZÓN ES TOLERANTE HACIA TODA ESPECIE DE ERROR Y SOLO CONTRA LA VERDAD ES INTOLERANTE, esto es, CONTRA EL CATOLICISMO; a los católicos los tratan como no lo harían los cafres; con la condición de no hacerse católico, se permite a todo el mundo hacerse todo lo que se quiera, incluso el hacerse ateo o masón.
La razón filosófica moderna, hija de la Herejía Protestante, marcha por la misma vía, por los mismos medios, con los mismos fines. A los instintos del bruto es a donde ha entregado el Protestantismo a un pueblo de instintos nobles y elevados, de espíriu profundamente religioso, de virtudes que la habían valido el sobrenombre de "PUEBLO DE ÁNGELES E ISLA DE LOS SANTOS". Esta herejía, fuera de la asutucia del oro para corromper y del apoyo de las bayonetas, las pasiones desbordadas, cañones y puñales, no puede conseguir mas que reclutas criminales y ateos: contando como uno de sus primeros auxiliares los ministros sin conciencia ni sentimientos humanitarios, calumniadores de oficio; y en público blasfemos y sacrílegos, sin mas Dios que el dinero, ni mas templos que las Bolsas, ni mas sacerdotes que los banqueros aunque éstos sean judíos o moros: ÉSTOS SON LOS PROTOTIPOS DE LOS LIBRES DEL SIGLO, MAL LLAMADOS LIBERALES, EN REALIDAD DÉSPOTAS Y VERDUGOS DEL HUMANO LINAJE QUE SON LAS COLUMNAS SOBRE QUE DESCANSA ESTA FARSA ESTÚPIDA, LLAMADA REFORMA, ESTA TRAGEDIA QUE HA HECHO DE EUROPA UN LAGO DE SANGRE.
2/3/10
Atributos de Dios

Si viésemos intuitivamente la esencia divina, veríamos en ella un ser simplicísimo, en el cual no distinguiríamos varios atributos, sino una perfección simple e infinita, donde se hallan todas las perfecciones sin mezcla de imperfección. Pero en esta vida no se nos concede esta visión y por ello hemos de formarnos una idea de Dios que nos permita nuestra flaca inteligencia.
Dios es un ser necesario; si pudiese ser y no ser, tendría en otro la razón de su existencia.
Siendo necesario es inmutable: no puede perder nada (cuanto tiene lo posee por intrínseca necesidad); no puede adquirir nada, porque no hay nada sino Él mismo, y lo que Él saca de la nada.
El ser necesario es infinito; pues teniendo en sí la razón de su existencia, tiene también la plenitud del ser. No ha podido ser limitado por sí propio, porque todo cuanto hay en Él es necesario; ni por otro, pues los demás seres no existen sino por Él. Esta infinidad no es por agregación; entonces Dios no sería un ser, sino un conjunto de seres: es una infinidad de esencia, en donde se hallan todas las perfecciones que no envuelven imperfección. Todo cuanto se puede pensar, está en Él.
Su inteligencia, a mas brillar en todas sus obras, la podemos demostrar con las razones anteriores. Si es infinito, no puede carecer de un atributo que no envuelve ninguna imperfección, cual es la inteligencia.
A la inteligencia se sigue la voluntad. El ser inteligente no es un indiferente espectador de su objeto; quiere o no quiere lo que entiende. El objeto primario y necesario de la voluntad de Dios, es su propia esencia, su perfección infinita, a la cual ama con amor infinito. La existencia de los objetos finitos la quiere libremente, pues que siendo finitos no pueden ser motivos que impriman necesidad a la voluntad infinita.
La acción de la PROVIDENCIA se descubre en todas partes: LA ARMONÍA QUE REINA EN EL UNIVERSO, LA CONSTANCIA CON QUE LAS CRIATURAS TODAS PERMANECEN SUJETAS A UN ORDEN ADMIRABLE, son elocuentes testimonios de que una inteligencia infinitamente sabia esta rigiendo el mundo, DESDE EL ASTRO MAYOR DEL FIRMAMENTO, HASTA EL ÁTOMO MAS IMPERCEPTIBLE; DESDE EL HOMBRE DESTINADO PARA EL CIELO, HASTA EL ÚLTIMO DE LOS GUSANOS QUE SE ARRASTRA POR LA TIERRA.
SUPONER QUE DIOS HA CRIADO AL MUNDO, ABANDONÁNDOLE LUEGO AL OCASO, ES UN ABSURDO INTOLERABLE: NEGAR LA PROVIDENCIA, ES NEGAR A DIOS.
El ser infinito es UNO. Si hubiese dos, el uno no tendría las perfecciones del otro; lo mismo que si existieran dioses inferiores (politeísmo): sería finitos y contingentes porque han recibido de Dios la existencia, y no serán dioses sino criaturas. He aquí lo absurdo del politeísmo.
11/1/10
El Dios católico y el dios de los ateos

Así como los grandes de la tierra tienen costumbre de poner sus armas en sus obras y en sus propiedades, así Dios, el gran Señor del cielo, con el fin de que se sepa que todas las criaturas le pertenecen, porque Él es quien las ha creado, ha grabado en ellas con su mano omnipotente sus armas, el sello de la unidad de su naturaleza y de la Trinidad de sus divinas personas.
Nuestra inteligencia es nuestro espíritu, nuestro pensamiento es nuestro espíritu, nuestra voluntad es nuestro espíritu; sin embargo no hay en nosotros tres espíritus, sino uno solo, reproduciéndose, puede decirse, casi todo entero en el pensamiento y en el amor.
El Padre engendrando al Verbo, y el Padre y el Verbo reproduciendo al Espíritu Santo, no se distinguen, no se gastan, no se envejecen; porque la naturaleza divina es incorruptible e inextinguible. Lo mismo sucede en nosotros. El cuerpo es quien engaña; los órganos corporales por los que pasan a la imaginación las palabras y los fantasmas de las cosas sensibles, son las que se debilitan; pero nuestro entendimiento engendrando la razón, y nuestra razón y nuestro entendimiento produciendo la voluntad, no se extinguen, no se gastan, no se envejecen, porque nuestra inteligencia es incorruptible e inextinguible.
En los seres vivos la generación, es mas que una mutación o tránsito del no ser al ser. Amar es querer. El querer de Dios es su propio ser, como su voluntad por vía de amor no es un ser accidental, como nosotros, sino un ser esencial; y por lo mismo, en tanto que Dios es considerado como existente en su voluntad, es verdadera y sustancialmente Dios y es considerado existente en su entendimiento.
El hombre odia al hombre, lo desprecia, lo tiraniza; pero Dios, su Señor natural, lo ama y lo respeta y le trata con la mayor reverencia. Un retrato, cuando se ignora el gran personaje que representa y el gran artista que lo ha trazado, no tiene ningún precio. Esto es lo que sucede al hombre cuando se olvida que es la imagen de Dios trazada por Dios mismo. Se hace despreciable. Por todas partes en que se ignora que el hombre ES IMAGEN DE LA TRINIDAD DE DIOS, se desconoce al hombre, se desprecia al hombre, se oprime al hombre con la esclavitud de las pasiones humanas: SI EN MEDIO DE LA FALSA CIVILIZACIÓN ENCONTRAMOS LA VERDADERA CIVILIZACIÓN, QUE NO ES OTRA QUE EL AMOR Y EL RESPETO DEL HOMBRE, ES POR EL CATOLICISMO Y POR SU ENSEÑANZA, ES POR LOS VERDADEROS CATÓLICOS, QUE SABEN Y CREEN QUE EL HOMBRE ES IMAGEN DE DIOS; Y DIOS, DIGNÁNDOSE ESTAR REPRESENTADO EN EL HOMBRE, ES QUIEN HACE NUESTRA GLORIA, NUESTRA DIGNIDAD, NUESTRA DICHA.
La razón no inventa lo que la razón no comprende; la razón rechaza todo lo que la humilla; la razón reconoce que el finito no puede contener ni comprender lo infinito, o el hombre sería Dios, o Dios no sería mas que hombre. Lo que es incomprensible al hombre no ha podido ser imaginado, inventado por el hombre, y por consiguiente es necesariamente incontestablemente revelado por Dios.
Un Dios que el hombre comprendiera en todo su ser, debería serle por lo mismo sospechoso; por esto los hombres sensatos se indignan al ver que LOS ATEOS FORJAN DIOSES A SU GUSTO COMO SUS MAESTROS LOS PAGANOS. Un Dios a quien el hombre comprendiera, no sería mas que un Dios que el hombre hubiera podido inventar; un Dios completamente aceptable por la razón y por todos los ateos, podría ser muy bien, obra de la razón. A fuerza de ser razonable, sería un Dios contrario a la misma razón.
La grandeza, la dignidad de la razón humana exige que ella no pliegue sus alas ante lo que es igual o inferior, que no adore lo que no es superior, lo que no comprende. Por lo mismo, pues, que EL MISTERIO DE LA TRINIDAD O DEL SER DIVINO SUPERA LOS ALCANCES DE LA RAZÓN. DELANTE DE TALES MISTERIOS ES DONDE SE PUEDE HUMILLAR LA RAZÓN SIN DEGRADARSE: SE DEGRADA HUMILLÁNDOSE ANTE EL ORGULLO DEL HOMBRE DELIRANTE, DEL HOMBRE ESTÚPIDO Y ATEO.



