30/4/09

Romance a San Valero (versos baturros)









Tuve yo, cuando era chico,

(¡Felices tiempos aquéllos!)

una niñera baturra

(bastante guapa por cierto),

que era un arsenal de historias,

de oraciones y de cuentos,

y cada vez que llegaba

el veintinueve de enero,

mientras mecía mi cuna

o me daba el alimento

consistente en unas cuantas

cucharadas de borregos,

me refería la historia

del glorioso San Valero.

Aquel romance ha quedado

esculpido en mi cerebro

y hoy, a falta de otra cosa,

viene como anillo al dedo.

Como obra de la ignorancia

y la inspiración del pueblo,

no hay que decir que contiene

disparates y conceptos

que las personas sensatas

no deben tomar en serio.

Si hay alguna irreverencia

que la perdonéis espero,

porque sé de buena tinta

que el que compuso los versos

fué, hasta el día de su muerte,

creyente y cristiano viejo

y a mi, al darlos a la imprenta,

no me guía mas objeto

que avivar en mi memoria

mis infantiles recuerdos.

Decía así mi niñera...

(con música, por supuesto)



¿Qué les pasa a las campanas

del Pilar y de la Seo

que repican con mas fuerza

que si se quemara el Ebro?

¿Por qué Jupiter, Saturnio,

Mercurio y demás luceros

tién mas brillo que otros días

y en la bóveda del cielo

detienen, por un instante,

sus noturnos movimientos?

¿Y por qué razón los peces

que hay en el río Gállego

asoman el morro juera

del agua que es su elemento?

Es porque ha venido al mundo

el bendito San Valero,

y no hay naide en Zaragoza

que no se halle satisfecho

al recibir la noticia

del mano acontecimiento.

Nuestra ceudá se encontraba

sin obispo hacía tiempo

por culpa de los romanos

que protestaban del clero,

y al que despuntaba un poco

lo ahorcaban u poco menos;

así es que al ver que llegaba

a realizarse el deseo

de que en la episcopal silla

un Santo tomara asiento,

no quedó en tó Zaragoza

hombre, mjer, gato u perro

que de júbilo y argullo

no hiciese mil aspavientos.

Se cebaron en las plazas

y prencipales paseos

luces de bengala y güetes

de cinco riales el ciento.

En la confección de tortas

y roscones, consumieron

las vendedoras y algunos

acreditaos confiteros,

diez tenajas de manteca

y ocho banastas de huevos.

Fue tan grande el rebullicio,

que hubo varios atropellos

y el gobernador despuso

que salieran al momento

cuatro u cinco batallones

de ceviles y lanceros

pa impedir que se le hiciera

negún prejuicio al comercio.

Mientras tanto, no cesaban

de predicar San Valero

y su diácono Vicente

por las ceudades y pueblos

pa convertir a los moros

y judíos de ambos sesos

que en aquella época aciaga

campaban por sus respetos

y robaban las verduras

y los higos de los güertos.

El emperador de Roma

Diocleciano, al saber esto,

se puso hecho una pantera,

pues tuvía mu mal genio

y estaba agriao por un voto

de censura que le dieron

un día en el Capitolio

por abandonar su puesto;

y publicó, pa vengase,

un bando, edito u decreto,

mandando que sus pretores

llevaran ataus y presos

al obispo y su diácono

pa aplicales el tormento

(que aún se usa en los hespitales)

de los botones de fuego.

El destenguido y célebre

jurisconsulto del reino

Marceliano, deseguida

se enterpuso de por medio

pa suavizar a unos y otros

y precurar un arreglo,

pero como ya el nigocio

había tomao mal sesgo

no tuvo, como otras veces,

el tato y el güen acierto

de impedir que desterraran

de su tierra a San Valero

y que el diácono Vicente,

atau a un poste de hierro,

le azotaran las espaldas

con unos zorros de cuero

untaus on sal y pimienta

pa mayor padecimiento.

Se marchó el obispo a Enape

que es, sigún dicen, un pueblo

que está cerca de Barbastro,

y el veitinueve de enero

del año trescientos trece,

día mas u día menos

murió, rodiau de los suyos,

dejando en el orbe entero

por sus cristianas vertudes

inolvidable ricuerdo.



Y aquí termina el romance

del glorioso San Valero

que es Patrón de Zaragoza

dende su fallecimiento.




Alberto Casañal

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