28/7/09

¡Machuca, Vargas!


El caballero toledano Diego Pérez de Vargas, era un hombre alto y recio que tenía los músculos de acero. Con una espada en la mano, no había pelotón que se le acercara en 10 metros a la redonda.

Durante el sitio de Sevilla luchó porfiadamente a las órdenes del Rey Fernando III el Santo. Donde estaba Vargas, estaba el terror.

En una ocaión difícil se le fueron encima mas de 200 moros. El valiente Vargas sacó su espada y, cubriéndose con el escudo, empezó a dar tajazos y segar cabezas, y se hubiera quedado solo si en uno de sus terribles golpes no se le hubiera roto la espada en dos pedazos.

Al verlo desarmado los moros, lanzaron alaridos de alegría. El audaz guerrero, sin armas, se consideró perdido; pero observando que a su lado había un olivo, cogió una gruesa rama, la desgajó, le arrancó los ramillos y empuñándola con ambas manos a guisa de maza, empezó a descargar tan formidables golpes sobre las cabezas moras, que cráneo que se le ponía delante, cráneo que quedaba machacado.

Al verle luchar los caballeros cristianos, le gritaban:
"- ¡Machuca, Vargas, machuca!"
Y Vargas, hecho un león, seguía haciendo polvo las cabezas enemigas.
"- ¡Machuca, Vargas, machuca!"
Y Machuca le quedó de mote, y desde entonces el heroico capitán se llamó Vargas Machuca.

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