28/7/09

La gran victoria de Las Navas


El Rey Alfonso VIII, quiso acabar con los moros, y así le escribió al emperador de Marruecos esta carta:
"En el nombre de Dios, clemente y misericordioso, el Rey de los cristianos al Rey de los muslimes: Puesto que, según parece, no puedes venir contra mi ni enviar tus gentes, envíame barcos, que yo pasaré contra ti con mis cristianos donde tú estás, y pelearé contigo en tu misma tierra con esta condición: que si me vencieres seré tu cautivo, y tendrás grandes despojos, y tú serás quien de la ley; mas si yo salgo vencedor, entonces todo será mío, y seré yo quien de la ley al Islam."

A esta carta contestó Yacub con esta otra, que era un verso del Corán:
"Dijo Aláh omnipotente: revolveré contra ellos, y los haré polvo de podredumbre con ejércitos que no han visto, y que no podrán evitar ni huir de ellos, y los sumiré en profundidad y los desharé."

Vino a España Yacub y consiguió derrotar a los cristianos en Alarcos, pero esta derrota sirvió para que se unieran los príncipes de la Cristiandad, quienes formando un ejército formidable fueron a buscar a los musulmanes.

A la mitad del camino, muchos extranjeros se volvieron a sus países; siguió adelante el resto del ejército, y dió vista al enemigo en Las Navas de Tolosa: era el día 16 de Julio de 1212 (parece que julio es un mes providencial en la historia de nuestra Patria).

El miramamolín Muhamad tenía mas de 200.000 guerreros, de los cuales 10.000 estaban amarrados con cadenas para defender la tienda del jefe, que estaba en el centro.

La batalla fue espantosa, terrible, gigantesca. El Rey don Alfonso llegó a verse rodeado de enemigos feroces, al punto de que le dijo al arzobispo Ximénez de Rada, que se encontraba al lado luchando:
"- Arzobispo: ¡aquí morimos vos y yo!"
A lo que contestó el arzobispo:
"- No lo quiere Dios; tú triunfarás de los enemigos."
Y triunfó...160.000 almohades quedaron muertos en el campo de batalla.

Del rico botín recogido, don Alfonso no quiso nada para sí; la tienda de Muhamad le fue enviada al Papa Inocencio III, y las cadenas de los africanos, llevadas a la catedral de Pamplona, donde todavía cuelgan de sus muros.

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