6/9/12

Legitimidad de origen y de ejercicio


El insaciable patrioterismo, que nunca se ve harto de pedir, y siempre juzga escaso cuanto se le otorga, exige siempre amplia libertad para el mal y el reconocimiento explícito de que la soberanía no es una merced que Dios concede a los Reyes, sino un derecho que el pueblo les presta. La soberanía por la Gracia de Dios, da paso a la soberanía "por la Constitución". El patrioterismo, se vio satisfecho por momentos, la autoridad soberana ya no venía de arriba, sino de abajo. Sus reyes se consideraban igualmente de los católicos, que de los enemigos de Dios y de los hombres: católicos para los católicos, liberales para los liberales: legítimos por Dios para aquéllos, legítimos por el pueblo para éstos.


Si alguien trata de reivindicar para el cetro la soberanía completa, ese alguien será considerado enemigo del Trono, y mas aun, como enemigo de la libertad ¿soberanía no compartida con los sarcasticamente llamados "representantes del pueblo"? Jamás.

Caerá el Trono, porque será justo que caiga, y todo hombre imparcial podrá decir: "Si era ilegítimo en su origen, ese Trono no se legitimó jamás por sus actos". Porque la legitimidad de origen, resulta del derecho puramente humano, y la de ejercicio resulta del derecho natural y divino.

Para ser legítimo el poder, debe apoyarse y descansar sobre otra cosa mas que sobre la ley humana, por respetable que ésta sea, y por fundamental que se la quiera suponer. Toda ley puramente humana está sujeta a cambios, y el derecho que confiere cesa de ser sagrado el día en que la misma ley cesa de ser verdaderamente útil, y de responder a las necesidades de la sociedad. El poder mas legítimo en su origen, el mas conforme con la ley fundamental que regula la transmisión de la autoridad, debe tener un carácter de legitimidad mas elevado, mas independiente de toda ley humana y de las vicisitudes de los tiempos. Ese carácter de legitimidad que aquel poder no recibe de nadie, pero que debe darse a sí mismo, resulta de la conformidad de sus actos con las prescripciones de la ley natural y divina. Este segundo carácter de legitimidad es muy superior al primero. Porque si interesa a la sociedad que el poder sea transmitido con regularidad, interésale todavía mas que con regularidad sea ejercido.

El derecho moderno ha constituido una legitimidad que no es tal, en cuanto se funda solo en la ley humana, que no es sino una simple legalidad. Por tanto hay que separar convenientemente legitimidad y legalidad: un soberano que posee legalmente la Corona de un reino, puede llegar a poseerla ilegitimamente. La Historia, siempre nos ha dado, da y dará lecciones sobre ello, aprendamos pues la lección.

¡Desgraciado poder aquél que no tiene mas título que su origen, desgraciados los pueblos que la Providencia, en su inescrutable justicia, ha entregado a tal poder hasta el día en que la misma Providencia se encargue de hacerlo pedazos!

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