7/4/10

Por qué el Todopoderoso bendijo a Alfonso VI


Moríase don Fernando I, alias el Grande o el Magno, el año de Nº Sr. de 1065. Temiendo no se peleasen sus hijos por el reino, quiso heredarlos a todos. Dejaba a Sancho su primogénito el reino de Castilla (convirtiéndose así en su primer rey); a Alfonso su segundo hijo el de León (nótese lo curioso de la decisión del Magno, pues era de mayor dignidad el feudo leonés, reino primigenio de Las Españas); a García, el tercero, Galicia y Portugal.

En esto que llegan las dos infantas doña Urraca y doña Elvira haciendo gran duelo y le dicen: "Padre y señor rey, ¿cómo repartiste vuestros reinos y a nosotras nos dejaste desamparadas?."

El rey suponía que les darían algo sus hermanos. Llámalos y les dice: "Hijos, vuestras hermanas quedan desamparadas. Si alguno de vosotros les quisiese dar algo con que viviesen, haría en ello gran bondad y tendría mi bendición."

Don Sancho y don García no respondieron palabra y mostraban que no les darían cosa. Movido don Alfonso a gran piedad y amor que tuvo a su padre y hermanas, díjole: "Señor, yo quiero darles de mis tierras en que vivan, y esto por cumplir vuestra voluntad." Y dióles luego, a doña Elvira la ciudad de Toro y la mitad del Infantazgo, y a doña Urraca la ciudad de Zamora.

El rey don Fernando quedó muy contento y díjole: "Hijo, Dios te dé su gracia y bendición, y ruego yo a Dios que, así como hoy son partidos mis reinos entre vosotros todos tres, que así los hayas tú todos tres juntos y seas de ellos señor y Dios te dé la mi bendición y seas bendito sobre todos tus hermanos. Y cualquier que quitare o intentare quitar a doña Urraca y a doña Elvira esto que tú les das, haya la mi maldición."

Oyó Dios las palabras del rey y se las cumplió, pues don Alfonso alcanzó a ser rey de todos tres reinos y además le concedió el que conquistase el Reino de Toledo.

Mas nunca se logran hijos
que al padre quiebran palabra
ni tampoco tuvo dicha
en cosa que se ocupaba,
nunca Dios le hizo merced
ni es razón que se le haga.

Así decía el romance, de cómo el rey Sancho desoyó el consejo del Cid de no quitar a sus hermanos lo suyo. Y encontró la indigna muerte en los muros de Zamora.

Habrá entendido el lector la moraleja, pues es cosa cierta que quien a padre honra, Dios no lo deja.

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