23/5/13

Monarchia


Aun cuando sean muy complejas y variadas las relaciones del gobierno de los pueblos, el gobierno en sí mismo es uno. Porque la idea de gobierno conviene en la unidad. ¿Y qué forma es la que conviene a la unidad del gobierno? La etimología de las palabras es su mejor definición, y la etimología de la palabra monarquía, compuesta de dos griegas, que significan gobierno de uno solo, es la que contesta cumplidamente a nuestra pregunta.


¿Quiere decir la monarquía, que el poder sea absoluto, despótico y arbitrario? Si tal significara, no habría un corazón generoso que no se pronunciase contra la monarquía. Y cuando son tantos los corazones generosos que aman ardientemente la monarquía, cuando son y han sido tantos los pueblos que la han defendido y la defienden con entusiasmo inmenso, la idea monarquía, no significa ni puede significar despotismo, ni tiranía, ni arbitrariedad, porque la idea de una cosa no es el conocimiento de una relación sola y aislada, y la palabra monarquía no expresa el poder ciego e impetuoso, sino que representa el principio primordial de gobierno en sus relaciónes infinitas, pero derivándose siempre de la unidad, que es el carácter primitivo y general de todas las cosas.

El monarca es el depositario de los intereses permanentes de la sociedad. La idea moral y las ideas científicas son los límites naturales de la soberanía de los reyes y de los pueblos. Así es que, desde el instante en que ciertas leyes son reconocidas y aceptadas como verdades incontrovertibles, deben custodiarse solícitamente como el depósito sagrado del derecho, como el gran código de la verdadera libertad. Nadie puede desconocer si esto es cierto, la necesidad de una institución que se sobreponga a las pasiones y a los errores, de una institución que sin solución de continuidad ampare constantemente los grandes intereses humanos, de una institución que, sin fluctuar a merced de la fuerza y de la osadía, preste aliento al corazón, tranquilidad al espíritu y paz a la sociedad. Y esa institución, es la monarquía.

Los que batallan contra ella y pretenden fraccionar el poder, sin personificarlo en la unidad y prescindiendo de la enseñanza de naturaleza, desconocen que hay intereses permanentes, y desconocen también que hay ciertas verdades que no pueden someterse al caprichoso, inconsciente y apasionado tribunal de la muchedumbre. Por eso, en vez de divinizar la verdad, divinizan la opinión; por eso, en vez de respetar los fueros de la justicia, respetan los errores del versátil e indiscreto criterio del hombre; por eso, en vez de reconocer ciertos principios como la expresión legítima del derecho, no solo porque los promulga la conciencia, sino porque han sido, son y serán universalmente admitidos, para nada se fijan en esos principios y para todo atienden a la soberanía de la multitud.

Por eso es la monarquía aquélla que defiende ciertas verdades como inmutables, que nunca abandona el gobierno, que no transige con la anarquía porque comprende que es el mas tremendo de los despotismos y el enemigo mas encarnizado de la verdadera libertad. El poder del monarca tiene límites determinados, mas o menos naturales, mas o menos prudentes, mas o menos sabios, pero límites que garantizan el derecho y que se oponen al despotismo desenfrenado. ¿Pero qué límites tiene el poder de la muchedumbre, si en la muchedumbre se quiere hacer radicar la soberanía? No. La sociedad reclama un gobierno constante y paternal, y que si el gobierno debe ser uno, por mas que sus funciones sean múltiples, la forma de gobierno que mejor escuda tan sagrados intereses, es sin duda alguna la forma monárquica.

El País Vasconavarro, 1870

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